Por: Luis Fernando Niño López. Doctor en Historia y Arte, de la Universidad de Granada (España). Docente investigador de la Universidad Simón Bolívar. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 El Templo del Congreso o Templo Histórico de Villa del Rosario, donde se instaló el Congreso de 1821, también llamado Congreso Constituyente de la Gran Colombia. Foto: Obando

El lugar donde todo comenzó

Durante más de tres siglos de conquista y colonia del Im­perio español, de horrores y violencia generalizada, además de la imposición de un sistema de go­bierno que no era el nuestro; negan­do así, la búsqueda de lo que somos en realidad. Fuentes primarias de identidad, ideas de distinta índole llegaban a suelo americano trayendo mensajes de libertad, de esperanza, autonomía, de poder avanzar con luz propia; el sentimiento independen­tista se extendió en América. En lo que era conocido como Nuevo Reino de Granada, el descontento se mani­festó de forma trascendental con su­cesos que iban hilando cada vez más, el preciso momento que desemboca­ra el encuentro con nuestras leyes y sobre todo con la búsqueda de la verdad como instrumento capaz de revelación, pero ¿cómo se dan esos primeros pasos? Con la rebelión de Los Comuneros en 1781, hom­bres y mujeres, cansados del ultraje económico y de vivir engañados fi­nanciando guerras ajenas a costa de nuestro trabajo y esfuerzo. Fuimos avanzando en la búsqueda de las po­sibilidades de independencia, pero una vez más, esa llama fue apagada por el uso de la violencia desmedida que termina en el descuartizamiento y exposición de los restos del me­morable José Antonio Galán. Este hecho tuvo como prólogo la traduc­ción y divulgación que hizo Antonio Nariño de los Derechos del Hombre, conforme admitió el acusado en su propio juicio, el texto fue traducido de la «Histoire de la Révolution de 1789, et de l’Etablissement d’une Constitution en France» Par Deux Amis de la Liberté, Tome Troisie­me (Paris: Clavelin Libraire, 1790), libro de circulación prohibida pro­veniente de la biblioteca del Virrey José de Ezpeleta y Galdeano (Barce­lona, 1742-Pamplona, 1823; Virrey, 1789-1796).

Es así como el conocimiento, el en­tendimiento de la revolución de las ideas, las capacidades racionales del hombre y la fe profunda en la cons­trucción de la patria iban armando la estructura de la Nación colombiana. Se acercaban entonces los hechos de 1810 del año del Señor en la era cristiana, hacia el famoso 20 de julio en donde alrededor de un acto sim­bólico del préstamo de un florero, llevó al levantamiento del pueblo de Santafé y lo que propició la campaña libertadora. Los criollos buscaban la independencia de la corona española y el 20 de julio de 1810 planearon inducir una revuelta popular en la que los pobladores elevaran sus des­contentos ante el mandato español.

Se cuenta que era viernes, día de mercado y de mayor concurrencia en la plaza mayor. Al mediodía, Luis de Rubio se acercó a la casa del es­pañol José González Llorente y le pidió prestado un florero para deco­rar la mesa de Antonio Villavicen­cio. La inminente negativa permitió la intervención de Francisco José de Caldas y Antonio Morales, que in­mediatamente alertaron al pueblo de la afrenta del “chapetón” (como eran llamados los españoles) al pueblo americano. Aun cuando Llorente negó lo acon­tecido y no hubo por su parte mayor ofensa, el pueblo heterogéneo que concurría la plaza ma­yor arremetió contra el virreinato, provocando una revolución que des­embocó en la inminente firma del Acta de Inde­pendencia de Santafé, dirigida por decisión de la Junta de Gobierno. Aunque no fue la úni­ca revolución ni la más certera, es considerada como la fecha oficial de la indepen­dencia porque abrió el sendero de intensas luchas libertarias contra la corona española. Fue la proclama­ción de una independencia total que se conseguiría bajo el mando de Si­món Bolívar tras una campaña que inició en mayo de 1818 en Venezue­la y terminó en la Batalla de Boyacá el 7 de agosto de 1819. Así se dio paso al Congreso de Angostura y al nacimiento de la Repú­blica de Colombia.

La conmemoración del bicentenario 1821-2021 de la Constitución de Villa del Rosario de Cú­cuta, debe ser la excusa precisa que nos moti­ve, en primer lugar, a replantear la visión de la nueva República, de mirar las debilidades de estos 200 años, los problemas actuales y a la luz de los pensamien­tos de nuestros próceres podamos darle alguna solución. En segundo lugar, nos debe llevar a pro­fundizar en los lugares más recóndi­tos de la historia para determinar el antes, el durante y el después de lo que fue esta Carta Magna, que fue toda una epopeya para la época y que hoy en pleno siglo XXI sigue siendo ejemplo para toda América. En ter­cer lugar, es la oportunidad que tene­mos para conocer mucho más lo que somos, de lo que estamos hechos, de lo que somos capaces. A pesar de que en el panorama actual se vuelve complicado para soñar, guardar la esperanza de transformación, es el escenario perfecto para entre todos volver al lugar donde todo comenzó.

¿Qué fue lo que realmente ocurrió?

Muchos de quienes están leyendo, al igual que quienes nos escuchan en los diferentes medios se preguntan, pero ¿por qué otro bicentenario?, ¿Ya no lo habíamos conmemorado? Algunos historiadores narran en sus estudios científicos documentales sólo las batallas a las cuales se les debe una gran parte de haber logrado la victoria ante la Corona española que estaba en nuestros territorios; pero esta conmemoración es dife­rente porque es el resultado de la época de la Ilustración europea lle­gando a nuestras tierras, eran hom­bres y mujeres que habían visitado el viejo mundo, que habían bebido de las ideas de Rousseau, Voltaire, Montesquieu, Diderot y otros basa­dos en ellos comenzaron a escribir no sólo una carta legislativa sino las Leyes, el espíritu y la identidad de lo que sería Colombia.

Nuestra región denominada el “Va­lle de Cúcuta”, tenía en esta época del Siglo XIX una ubicación geo­gráfica privilegiada; estaba equidistante a Santa Fe, centro admi­nistrativo de la Nueva Granada y de Caracas centro de mando de la Capitanía General de Venezuela. Dentro de nuestras fortalezas estaba el gran apogeo para el comercio de cacao, textiles y demás productos agrícolas con la ciudad de Mara­caibo, que servía igual para tomar la vía ma­rítima a Europa y era el paso obligado para aquellos pasajeros que deseaban conocer el Mar Caribe y la ciudad heroica de Cartagena.

Francisco de Paula Santander

Otro aspecto importante de relevan­cia para el país es que en estas tie­rras de Villa del Rosario nace el 2 de abril de 1792 el hombre más impor­tante de nuestra nación, Francisco de Paula Santander, sólo por este hecho histórico ya debe ser reconocido como el lugar más importante de la República Colombia. De la misma manera, con todas estas cualidades mencionadas, la región se convirtió en centro de comunicaciones y de reuniones importantes para quienes dirigían las batallas y organizaban las gestas independentistas. Allí se ubica Villa del Rosario, un muni­cipio fundado en 1734 que fuera la capital y sede del gobierno gran co­lombiano y que hoy en día abre sus puertas para contar la historia políti­ca del país.

Después de la victoria de la Batalla de Bo­yacá el 7 de agosto de 1819 (el bicentenario que conmemoramos en el año 2019), las luchas continuaron, pero al mismo tiempo se debía pensar en un proyecto de carácter constitucio­nal que les diera forma a las ideas de orga­nización que estaban sobre la mesa de sus dirigentes de acuerdo a cada corriente filosó­fica que cada uno a su parecer creían conve­nientes para la nueva república. Así decidieron crear la Gran Colombia unificando a la Nueva Granada (Co­lombia y Panamá) con Venezuela, a la que luego se uniría Ecuador, para seguir el sueño del combate liberta­dor liderado por Simón Bolívar, ha­cia el sur de continente”.

Portada de la primera Constitución de la República de Colombia

Siempre hemos luchado por la bús­queda de la verdad que se convier­te en luz que disipa las tinieblas y permite abrir nuestra conciencia y espíritu a la revelación de verda­deras posibilidades de encuentro y construcción colectiva. Siempre que cada uno de nosotros tome el impul­so de hablar y actuar con la verdad inicia una poderosa fuerza a actuar y es la consecución de la libertad que rompe cualquier maldad, germen de violencia y nos ayuda a construir la verdadera paz. Sea este el momen­to para que como personas creyen­tes seguidoras de un mandato de fe y una misión, luchemos por renacer de las cenizas y valorar lo que hace 200 años estos hombres y mujeres nos dejaron como legado, creo que es posible, solo falta iniciar con más ánimo que antes.

Por: Pbro. Fredy Ramírez Peñaranda, delegado de la Comisión Diocesana de Catequesis

“Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en pedregal, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó, y por no tener raíz se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento” (Mc 4,3-8).

Este Evangelio en particular ofrece una panorámica de la evangelización en este mundo moderno, con grandes realidades y desafíos. Cada uno de los terrenos recibe la semilla que el sembrador esparce con fe y esperanza. El campo del mundo siempre espera estos sembradores que miran al corazón y realizan su tarea de catequesis con esperanza y amor, pero sobre todo con la confianza puesta en el Señor.

Por ello, el 25 de junio del año en curso, se presentó el nuevo Directorio para catequesis después de un tiempo providencial. Ya que el primer directorio data de 1971 en pleno apogeo del Concilio Vaticano II y sus grandes reformas que planteaban una nueva manera de anunciar a Jesucristo. En 1997, después de 26 años sale la segunda edición del directorio de la catequesis enriquecido precisamente por toda la práctica y el magisterio de grandes Papas que le inyectaron vitalidad. Hoy 23 años después, era necesario realizar nuevamente una lectura de la realidad en estos tiempos modernos cargados de una cultura globalizada y digital, en donde el anuncio de Jesucristo debe permear todas las estructuras y llegar a todos en cada una de las etapas de la vida. Este directorio aparte de tener las directrices del proceso de catequesis quiere iluminar y proponer que el anuncio de Jesucristo debe ser Kerigmático, directo, alegre y que acompañe y transforme la vida.

El nuevo directorio en sus cinco partes propone los principios teológicos-pastorales, los cuales iluminan todo el desarrollo de la actividad catequética de la Iglesia. Veamos algunos puntos importantes y ejes fundantes que propone, para que la catequesis no sea simplemente un producto de consumo, sino una experiencia de fe en Jesucristo. Es decir, frente a un mundo digital y una globalización de la cultura, este nuevo directorio propone una cultura del encuentro mediante el testimonio, la misericordia y el diálogo.

El primer punto importante, es el anuncio Kerigmático, que es el eje trasversal de toda lo propuesta catequética. Un Kerigma, que es el mismo, el anuncio de Cristo muerto y resucitado, pero con la alegría de experimentar su presencia renovadora y salvadora en cada una de nuestras vidas. Es decir, este anuncio gozoso tiene que ir impregnado de vida, de un testimonio que supera los conceptos religiosos, que sale de corazón y se comunica con el corazón del otro. Un Kerigma, que no es simplemente una fórmula de fe, sino que es la vida del cristiano, es la salvación, es la alegría y la felicidad. Por eso, la catequesis más que un espacio para enseñar conceptos, debe convertirse en un caminar en la fe en donde la alegría del Evangelio llene la vida de cada uno. Donde esta experiencia acompañe cada una de las etapas de la vida y no sea un momento para recibir un Sacramento solamente, sino que proyecte la vida del cristiano para que en cada paso que dé, la huella que marque, siempre este impregnada del amor que Jesucristo manifiesta. No es que no se esté haciendo, sino que hoy más que nunca debe resonar este anuncio gozoso del Kerigma en medio de esta sociedad relativista y consumista.

En segundo lugar, nos permite ver que las fuentes de la Catequesis son: La Sagrada Escritura, el Magisterio, la Teología y la Liturgia. Pero en esta presentación profundiza y explicita, por ejemplo, la vida de los santos y de los mártires en el camino de la fe. Por una sencilla razón, y es dar a conocer el testimonio de la fe que ellos encarnaron y anunciaron con su vida hasta el final.

Más allá, de dar a conocer la biografía de un santo, es anunciar una vida llena de amor y esperanza. No simplemente dar a conocer datos históricos, sino reconocer que en esa historia siempre existe algo novedoso que convirtió su vida en la alegría del Evangelio. Es decir, personas de carne y hueso con pecados, en algún momento conducidos por Dios convirtieron su vida en una catequesis permanente, donde el gozo de servir, perdonar y sacrificarse cobra pleno sentido en el anuncio del Reino. Cabe recordar que cada una de las palabras de los santos iluminan también la vida del creyente, porque son fruto del encuentro con Dios.

Y, en tercer lugar, el desafío de la cultura digital que plantea esta sociedad moderna, en donde la catequesis debe llegar sin perder su esencia centrada en le persona humana. No se puede desvirtuar en medio de la virtualidad la libertad y la verdad.

Además, coloca el camino de la belleza, como una manera de descubrir la bondad de Dios. Dios es fuente de todo esplendor y de toda belleza en el Antiguo Testamento. Ya en el Nuevo Testamento está referido a la persona de Jesucristo. Tomando esta realidad la catequesis debe partir de la premisa que toda belleza puede ser un sendero que ayuda al encuentro con Dios, reconociendo que el criterio de autenticidad no solo puede ser estético. Es decir, hoy todo nos parece bonito y eso crea unos sentimientos, pero en el fondo todo es vacío sin contenido ni fe. Ni muchos menos con una conexión hacia lo espiritual o trascendente.  Por ello en criterio paulino es el que marca la pauta “tomen en cuenta todo cuanto hay de verdadero, noble, justo, puro, amable, honorable, virtuoso y digno de elogio” (Flp 4,8).

Este directorio de catequesis quiere que todos entremos en un proceso de fe, en donde se acompañe la vida de la persona no solo para recibir un sacramento sino para que realmente dé frutos abundantes en su vida cristiana. Es decir, que se requiere de una conversión pastoral donde la catequesis no solo sea un instrumento de formación sino un camino de evangelización en donde todos tengan la posibilidad de ir creciendo en la vivencia del Kerigma, que no es otra cosa, que la presencia de Jesucristo en nuestras vidas. “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gál 2,20).

Por: Pbro. Fredy Ramírez Peñaranda, párroco Inmaculada Concepción de María

Foto: cathopic.com

En estos momentos de crisis los pi­lares de la humanidad tambalean, están inmersos en la incertidumbre al reconocer que esta realidad afecta di­rectamente nuestro desarrollo en medio de la sociedad. Después de estos tres meses que llevamos del confinamiento obligatorio por causa de la COVID-19, el cansancio se ve reflejado en nuestra existencia, empezamos a sentir que no sabemos para dónde vamos y la espe­ranza corre el peligro de convertirse en una incertidumbre que opaca nuestra fe creando un panorama un poco desolador y lleno de miedo.

Es aquí, en este término de la cuarentena donde nos podemos preguntar si nuestra relación con Dios se ha fortalecido en la intimidad de la oración o por el contrario han pasado los días sin pena ni gloria, sin aprovechar cada instante para agradecer, para fortalecer la vida familiar, para con­fiar siempre en la providencia Divina que jamás abandona y que siempre está pre­sente en la vida para animar y fortalecer.

Por ello quisiera, que observemos unos puntos importantes que nos ayudan a re­visar nuestra relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos, y así poder examinar con detalle, si nuestra espiritua­lidad está fortalecida o, por el contrario, como está sucediendo en esta sociedad, está en crisis y la estamos perdiendo.

  1. La espiritualidad es algo fundamental para el hombre, ya que mantiene la espe­ranza y da la paz necesaria para vivir la vida conforme al querer de Dios. En ella, la comunicación con Dios es de confianza ya que nos aferramos a su amor que todo lo transforma y renueva. Reconocemos que, desde la fe, no caminamos hacia la incertidumbre, sino que nuestro ca­minar es hacia Dios. Aunque el mundo se halla detenido por la pandemia nuestra vida espiritual sigue su curso, porque el destino de nuestra historia está en las ma­nos de Dios, quien siempre nos cuida y protege. ¿Se siente fortalecido en su fe? ¿Ha crecido en su oración? ¿Su familia, después de este tiempo ha mejorado al­gunas actitudes? ¿Se siente escuchado por Dios en medio de sus plegarias? Y la más importante, ¿ha sentido la presen­cia de Dios en medio de su vida, ya que Él no abandona a sus hijos? Al hacernos estas preguntas, quisiera que desde la fe y la esperanza y viviendo en el amor de Dios, seamos capaces de resignificar esta realidad para fortalecer nuestra vida, para crecer en nuestra fe, para animar en la es­peranza, para hablar con Dios y escuchar en su Palabra el amor que nos manifiesta siempre.
  2. Hemos tenido tiempo de sobra, a ve­ces, no sabemos qué hacer, pero, si no convertimos nuestra oración en nuestra vida, corremos el riesgo de tener unos minutos con Dios y unas horas dedicadas tantas realidades que pueden ser impor­tantes, pero no salvadoras. Es decir, tener siempre la presencia de Dios a lo largo del día, es fundamental para que nuestra fe se mantenga y sea capaz de transfor­mar esta realidad llena de incertidumbre y pánico colectivo. Mi oración, más allá de las palabras, es la vida que coloco en las manos de Dios, sabiendo que me ama y que siempre a mi lado me custodia, para que el miedo no se apodere de mi corazón. Es reconocer que, aunque cami­ne por el valle oscuro, no temo, porque Dios está conmigo (Sal 23).
  3. A estas alturas de la situación, estamos hablando de todo, de los tratamientos, buscando la vacuna, comprando elemen­tos médicos necesarios, realizando pla­nes de contingencia, buscando recursos, todos importantes, pero se corre el ries­go de no mirar nuestra fe, nuestra es­piritualidad. Es la única que nos ayuda a encontrar la paz ante la incertidumbre, la esperanza ante el pánico colectivo, la fortaleza ante el cansancio de los días, la alegría frente a la tristeza que nos rodea y la vida frente a esta amenaza de muerte.
  4. Este es el momento de nuestra con­versión, es decir, de dejarnos encontrar por Dios, es el momento de la miseri­cordia. De vivir nuestra vida en clave pascual, de vivir renovados y llenos del Espíritu de Dios.

Los templos cerrados y los centros co­merciales abiertos, el reflejo de nuestra sociedad sumergida en el consumo, en las cosas que llenan la casa, pero no la vida.

¿De qué nos sirve, ganar el mundo si es­tamos perdiendo nuestra vida? (Mt 16, 26). Hoy más que nuca, reconocemos que la espiritualidad, nuestra oración, nuestra esperanza llena de amor de Dios, son las únicas que nos sostendrán y ha­rán de nuestra vida un espacio lleno de alegría y confianza. Porque Dios, en la vida del ser humano, es roca fuerte, que, aunque vengan los vendavales o las situaciones difíciles, seremos victorio­sos no por nuestras fuerzas o por nuestra creatividad sino por su Gracia que todo lo puede (Mt 7, 24).

 

Por: Pbro. Carlos Julio Moreno, p.s.s. Formador Seminario Mayor San José de Cúcuta.

Foto: Cortesía

Con este título, que es una esta sentencia bíblica, que aparece en el libro del Deuteronomio 10; 19 y que corresponde al paralelo del libro del Éxodo 22; 21, se quiere iluminar el fenómeno de la migración en esta zona de frontera, a la luz de la experiencia vivida por el  pueblo de Israel. Estos dos pasajes recuerdan al verdadero israelita, que no debe olvidar una realidad, que ha marcado la existencia, ser forastero. El problema del ser humano, es precisamente que se olvida de las maravillas que Dios hace en su favor y lo más triste, olvidando su origen. Ya el gran pensador Lao Set, decía: El agradecimiento  es la memoria del corazón; alguien podrá preguntar, ¿acaso el corazón tiene memoria? No se puede olvidar que en la concepción bíblica el corazón, es el centro del ser humano, ya lo dijo Jesús: del corazón de los  hombres salen las intenciones malas (Mc 7, 21).

El ser humano creado a imagen y semejanza de Dios ha sido dotado de una capacidad especial, que a diferencia de los demás seres vivientes y sintientes, puede recordar y rememorar las acciones, las palabras y hasta los acontecimientos, que le han permitido desarrollar todo su potencial humano. Así perder la memoria es prácticamente perder su identidad y convertirse en un ser que se priva de la  oportunidad de relacionarse con su Creador, para mantener esa comunión que lo llevará al gozo, del encuentro definitivo con su creador; pues como dijo el  santo de Hipona: “Nos creaste para ti, Señor, y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti” (San Agustín, Confesiones I, 1).

En el libro del Deuteronomio encontramos de una forma muy bella lo que se considera una profesión de fe “Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto y residió allí como inmigrante siendo pocos aún, pero se hizo una nación grande, fuerte y numerosa.” (Dt 26; 5), lo cual deberán repetir de generación a generación, de tal manera, que puedan recordar no sólo su origen, sino que nunca olvidarán todas las obras maravillosas que Dios, ha hecho por cada uno de ellos. Hay en la Santa Biblia toda una corriente sapiencial en donde encontramos normas y principios para el buen vivir y para actuar con sabiduría.

El hombre justo es aquel que acepta a Dios, como soberano y dueño de todo; por tanto el ser humano al haber salido de las manos de Él, no puede por ningún motivo creerse igual al Todopoderoso; si lo hace, daña la armonía establecida desde los orígenes y se hace un necio. Bástele a cada ser humano mantenerse en total dependencia del Señor, no viendo esto como un ataque a su libertad, sino estableciendo desde su libre albedrio, una relación de amor con quién es su origen y su término. El mejor ejemplo lo tenemos en el mismo Jesucristo, quien pasó por el mundo haciendo el bien y enseñándonos a ser verdaderamente felices. Mediante su vida nos dio el ejemplo de vivir como peregrinos, ligeros de equipaje, para mantener una total dependencia del Padre. El ser religioso imitando ese estado de paz en el que vivió Jesús, sabe bien que Dios es su seguridad.

Al fijar nuestra mirada en la experiencia del éxodo, descubrimos tres elementos que mantuvieron viva la esperanza de cada israelita. 1. La conciencia del origen. 2. La conciencia de la presencia de Dios y 3. La conciencia de que Dios, es fiel y cumplirá su promesa.

Es así como el  pueblo de Israel no sólo pudo conocer al verdadero Dios, ya que mediante Moisés, Dios se manifiesta, sino, que el éxodo, es el escenario en el que Dios manifestó con gran poder y gloria su amor por su pueblo. Así surge la liturgia pascual, que no hace otra cosa, más  que rememorar y actualizar aquellos signos maravillosos que el Señor hizo en favor de su pueblo.

También nosotros al tener esta misma conciencia, podemos fijar nuestra mirada de fe, en esta situación concreta que  se vive en nuestra frontera.

Se trata de iluminar esta realidad, sin olvidar el contexto social, político y hasta económico; se percibe que el ser humano ha cambiado el orden establecido por Dios; pero aun así el creyente sabe que la promesa de Dios es para siempre y que los proyectos humanos son insustanciales, el creyente revestido de las armas de Dios, ante todo ayuda al forastero mediante la solidaridad, que es fruto del amor que hay en su corazón; pues descubre en cada uno de ellos a un hermano, pero además abroga por un cambio en las estructuras y se esfuerza por restablecer la armonía y la paz en la frontera. No lo hace al estilo de los violentos, que como dice el papa Francisco, instrumentalizan al ser humano.

No hay espacio para la resignación  y la pasividad; los cristianos debemos instaurar el Reino establecido por el Señor Resucitado, que quiere echar fuera todo tipo de violencia armamentista. Sólo mediante la no violencia y la fuerza del amor, se podrán destruir las estructuras totalizantes que esclavizan y deshumanizan a las personas.

La Santa Madre Iglesia, siempre ha levantado la voz para defender a los más débiles, nos convendría asumir más en serio nuestra dimensión profética que nos lleve a denunciar la injusticia y promulgar un nuevo orden social, en donde reine una paz estable y duradera.

Por: Pbro. Jesús Alberto Esteban Robles.

Foto: Centro de Comunicaciones Diócesis de Cúcuta

Seguramente una gran mayoría tenemos en nuestros recuer­dos de niños la experiencia de ser levantados el domingo para ir a Misa, y es que no era tan fácil des­pertarnos temprano el día en el que pensábamos que sería la oportuni­dad para dormir más, ir de paseo, a la casa de la nona para el almuerzo familiar, o simplemente inventarse alguna cosa para no salir de casa; en estas circunstancias, ir a Misa resultaba ser una obligación. Sin embargo, con el paso de los años comprendemos que existen razo­nes para asistir, especialmente el día del Señor (domingo). Cuando hablamos de razones queremos sa­ber qué beneficios nos trae y eso es lo que les quiero compartir.

Razones para ir a Misa 

  1. Hará posible el encuentro con el Señor, ¿para qué? Para re­cibir el perdón de nuestros peca­dos y tener paz en nuestro interior. Para escuchar su Palabra que nos orienta mejor la vida, porque un texto de las Sagradas Escrituras bien escuchado y una predicación por parte del sacerdote bien pre­parada, puede ayudarnos mucho en la toma de una buena decisión. Dios Padre a través de la Eucaristía nos da a su Hijo que nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre, prenda de salvación para la vida eterna, y nos da también su Espíritu que nos ilumina y aconseja. Al final de la Misa siempre hay una bendición para nosotros y también para los que quedaron en casa, porque lo que Dios nos regala es para que lo compartamos con los demás. 
  1. Nos libera de las tensiones, porque todos nuestros problemas y dificultades puestos en manos de Dios tienen solución. Bien sabemos que Él sí puede hacer lo que noso­tros no podemos y lo hace siempre mirando dos cosas: nuestra salva­ción y nuestra felicidad. Por lo tan­to, la confianza queda fortalecida y eso da mucha tranquilidad. 
  1. Nos da la oportunidad de encontrarnos con familiares y amigos. Si bien es cierto que al Templo no se va a “cuchichear”, no obstante, ver a las personas que amamos nos llena el alma de bue­nos sentimientos y por lo tanto, en nuestro comportamiento tendre­mos mejores actitudes. La alegría que da la experiencia de vernos, encontrarnos, darnos un saludo cargado de afecto, hablar un poco y pedir oraciones mutuas, proporcio­na a la vida fortaleza y esperanza. El Papa Francisco reitera siempre la necesidad de recibir y dar a todos la alegría que le es pro­pia a la vida cristiana, porque en el camino de la salvación no vamos solos, por el contrario, caminamos juntos. 
  1. Estimula la cari­dad. Al darnos cuenta de la historia de la salva­ción y de los esfuerzos que ha hecho Dios para acercarnos y participar­nos de su propio ser al haber enviado a su Hijo Jesucristo, quien ha sa­bido compadecerse del que sufre, del enfermo, del marginado y ex­cluido, necesariamente surgirán en nosotros sus mismos sentimientos. Constantemente aparecen personas que abogan por la defensa de la ecología, los migrantes, los niños y sin embargo, muchos de ellos no son cristianos. Por lo tanto, resulta­ría más obvio que los creyentes en Cristo que participan de su Palabra y que comulgan con su Cuerpo y su Sangre, estarían mejor dispuestos para esto, pero, bien sabemos que debemos seguir haciendo esfuerzos para dar un testimonio eficaz. 
  1. Nos ayuda a orar mejor. Los catequistas deben tener un conoci­miento de la fe y de la práctica de la oración en los niños y jóvenes, porque en las casas se ora poco o nada. Todos sacamos excusas a la hora de orar, incluso personalmen­te, porque necesitamos tiempo para trabajar, los quehaceres, estudiar o descansar. Por eso, cuando estos grupos se organizan cada año en las parro­quias para preparar los sacramentos de la Eucaristía o la Confir­mación, la Misa domi­nical, se convierte en el espacio privilegiado para conocer al Dios verdadero que disfruta de la compañía de los seres humanos y goza cuando se comunican con Él. La oración es una fuente que brota del creyente que asisti­do por el Espíritu Santo reconoce que su vida depende del saber amar y sentirse amado por Dios. En la Misa, los himnos, cantos y aclama­ciones expresan a Dios una perfec­ta alabanza, porque no son el fruto de un invento improvisado sino de la dedicación y el cuidado que ha tenido la Iglesia por mantener la comunión. El rito es el vehículo de esta alabanza de comunión y de él se hacen auténticas “católicas” to­das las demás expresiones de ora­ción personal y comunitaria. 
  1. Nos hace experimentar el gozo de la unión del cielo con la tierra. En ella oramos por nues­tros hermanos difuntos, los enco­mendamos al amor misericordio­so de Dios para que los perdone y los reciba en su casa. El amor que les tenemos se mantiene íntegro y fortalecido en la esperanza de no­sotros también llegar a compartir con ellos el cielo para siempre. Por esto, reflexionamos en la conme­moración de los santos, cómo hom­bres y mujeres que han alcanzado el gozo perfecto de la familia de Dios, nos estimulan con su ejemplo y nos ayudan con su intercesión. 
  1. Nos recuerda que tenemos una Madre, María. Ella, unida es­pecialmente al sacrificio de Cristo en la Cruz, nos sostiene a todos en nuestras dificultades con su inter­cesión y con su ejemplo, porque es la mujer valiente que ha dicho sí al proyecto de Dios, asumiendo con amor fiel todo lo que Él implica. La Santa Misa es la mesa servida para los hijos de los cuales ella es Ma­dre y así como en Pentecostés unió sus oraciones a las de los Apósto­les, se une a las nuestras y las pre­senta para que sean escuchadas y favorecidas por su Hijo que con­tinúa haciendo el milagro de Caná de Galilea, convirtiendo el agua en vino, asegurando de este modo la verdadera alegría para su Iglesia. 

Vayamos a Misa, Jesús nos espera.

Columnas de hoy