San José: el sueño de la vocación, es el título con el que el Papa Francisco ha enviado su mensaje para la 58.° Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, el cual fue publicado en la fiesta dedicada a San José, el pasado viernes 19 de marzo.

El Papa recuerda la figura de San José, el sueño de la vocación, la cual definide como la “llamada divina siempre impulsa a salir, a entregarse, a ir más allá. No hay fe sin riesgo. Sólo abandonándose confiadamente a la gracia, dejando de lado los propios planes y comodidades, se dice verdaderamente “sí” a Dios”.

Las vocaciones: Regeneran la vida cada día

El Papa Francisco recuerda que “Dios ve el corazón y en san José reconoció un corazón de padre, capaz de dar y generar vida en lo cotidiano”. Las vocaciones tien­den a esto: a generar y regenerar la vida cada día. Y hoy día, en tiempos marcados por “la fragilidad y los su­frimientos causados también por la pandemia, donde nos invade la in­certidumbre y el miedo al futuro, lo que necesita el sacerdocio y la vida consagrada es a San José que viene a su “encuentro con su mansedumbre, como santo de la puerta de al lado; al mismo tiempo, su fuerte testimonio puede orientarnos en el camino”.

Tres palabras clave para la vocación

  1. Sueño: A través de los sueños que Dios le inspiró, san José hizo de su existencia un don. En el mensaje, el Pontífice explica que los Evangelios narran cuatro sueños. Eran llamadas divinas, “pero no fueron fáciles de acoger”. Después de cada sueño, José tuvo que cambiar sus planes y arries­garse, sacrificando sus propios pro­yectos para secundar los proyectos misteriosos de Dios. Él confió total­mente. Y el Papa nos pregunta: “¿Qué era un sueño nocturno para depositar en él tanta confianza? A pesar de todo, “san José se dejó guiar por los sueños sin vacilar”, porque confirma el Papa, “su corazón estaba orientado hacia Dios, ya estaba predispuesto hacia Él. A su vigilante “oído interno” sólo le era suficiente una pequeña señal para reconocer su voz. Esto también se aplica a nuestras llamadas”.
  2. Servicio: La segunda palabra que marca el itinerario de san José y de su vocación es servicio, escribe el Papa, y explica que se desprende de los Evangelios que vivió enteramente para los demás y nunca para sí mis­mo. “El santo Pueblo de Dios lo llama esposo castísimo, revelando así su ca­pacidad de amar sin retener nada para sí. Liberando el amor de su afán de posesión, se abrió a un servicio aún más fecundo, su cuidado amoroso se ha extendido a lo largo de las gene­raciones y su protección solícita lo ha convertido en patrono de la Igle­sia. También es patrono de la buena muerte, él que supo encarnar el sen­tido oblativo de la vida. Sin embargo, su servicio y sus sacrificios sólo fue­ron posibles porque estaban sosteni­dos por un amor más grande: “Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio”.
  3. Fidelidad: La fidelidad, afirma el Papa Francisco, se alimenta “a la luz de la fidelidad de Dios”. Las pri­meras palabras que san José escuchó en sueños fueron una invitación a no tener miedo, porque Dios es fiel a sus promesas: «José, hijo de David, no temas» (Mt 1, 20). y a continuación el Pontífice se dirige a cada uno de nuestros hermanos que desean seguir su vocación: “No temas: son las pa­labras que el Señor te dirige también a ti, querida hermana, y a ti, querido hermano, cuando, aun en medio de incertidumbres y vacilaciones, sientes que ya no puedes postergar el deseo de entregarle tu vida. Son las palabras que te repite cuando, allí donde te en­cuentres, quizás en medio de pruebas e incomprensiones, luchas cada día por cumplir su voluntad. Son las pa­labras que redescubres cuando, a lo largo del camino de la llamada, vuel­ves a tu primer amor. Son las palabras que, como un estribillo, acompañan a quien dice sí a Dios con su vida como san José, en la fidelidad de cada día”.

La vocación: La llamada divina que impulsa a entregarse

Los sueños condujeron a José a aven­turas que nunca habría imaginado. El primero, afirma en su mensaje, deses­tabilizó su noviazgo, pero lo convirtió en padre del Mesías; el segundo, lo hizo huir a Egipto, pero salvó la vida de su familia; el tercero, anunciaba el regreso a su patria y el cuarto, le hizo cambiar nuevamente sus planes llevándolo a Nazaret, el mismo lugar donde Jesús iba a comenzar la pro­clamación del Reino de Dios. “En to­das estas vicisitudes, afirma el Papa, la valentía de seguir la voluntad de Dios resultó victoriosa. Así pasa en la vocación: la llamada divina siempre impulsa a salir, a entregarse, a ir más allá. No hay fe sin riesgo. Sólo aban­donándose confiadamente a la gracia, dejando de lado los propios planes y comodidades se dice verdaderamente “sí” a Dios. Y cada “sí” da frutos, por­que se adhiere a un plan más grande, del que sólo vislumbramos detalles, pero que el Artista divino conoce y lleva adelante, para hacer de cada vida una obra maestra. En este sentido, san José representa un icono ejemplar de la acogida de los proyectos de Dios”.

San José, custodio de Jesús, de la Iglesia y de las vocaciones

Su Santidad, expresó que le gusta pensar en san José, el custodio de Jesús y de la Iglesia, como custodio de las vocaciones. “Su atención en la vigilancia procede, en efecto, de su disponibilidad para servir. «Se le­vantó, tomó de noche al niño y a su madre» (Mt 2, 14), dice el Evangelio, señalando su premura y dedicación a la familia. No perdió tiempo en ana­lizar lo que no funcionaba bien, para no quitárselo a quien tenía a su cargo. Este cuidado atento y solícito es el signo de una vocación realizada, es el testimonio de una vida tocada por el amor de Dios. ¡Qué hermoso ejemplo de vida cristiana damos cuando no perseguimos obstinadamente nuestras propias ambiciones y no nos dejamos paralizar por nuestras nostalgias, sino que nos ocupamos de lo que el Señor nos confía por medio de la Iglesia! Así, Dios derrama sobre nosotros su Espíritu, su creatividad; y hace mara­villas, como en José”.

Conclusión

En la casa de Nazaret, había «una ale­gría límpida». Era la alegría cotidiana y transparente de la sencillez, la ale­gría que siente quien custodia lo que es importante: la cercanía fiel a Dios y al prójimo. Y exclama su esperanza; qué hermoso sería si la misma atmósfera sencilla y radiante, sobria y esperanza­dora, impregnara los seminarios, insti­tutos religiosos y casas parroquiales. Y es la alegría que desea a todos los que “generosamente han hecho de Dios el sueño de sus vidas, para servirlo en los hermanos y en las hermanas que les han sido confiados, mediante una fidelidad que es ya en sí misma un testimonio, en una época marcada por opciones pasajeras y emociones que se desvanecen sin dejar alegría”.

Tomado de: vaticannews.va

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