Por: Pbro. Carlos Julio Moreno, p.s.s. Formador Seminario Mayor San José de Cúcuta.

Foto: Cortesía

Con este título, que es una esta sentencia bíblica, que aparece en el libro del Deuteronomio 10; 19 y que corresponde al paralelo del libro del Éxodo 22; 21, se quiere iluminar el fenómeno de la migración en esta zona de frontera, a la luz de la experiencia vivida por el  pueblo de Israel. Estos dos pasajes recuerdan al verdadero israelita, que no debe olvidar una realidad, que ha marcado la existencia, ser forastero. El problema del ser humano, es precisamente que se olvida de las maravillas que Dios hace en su favor y lo más triste, olvidando su origen. Ya el gran pensador Lao Set, decía: El agradecimiento  es la memoria del corazón; alguien podrá preguntar, ¿acaso el corazón tiene memoria? No se puede olvidar que en la concepción bíblica el corazón, es el centro del ser humano, ya lo dijo Jesús: del corazón de los  hombres salen las intenciones malas (Mc 7, 21).

El ser humano creado a imagen y semejanza de Dios ha sido dotado de una capacidad especial, que a diferencia de los demás seres vivientes y sintientes, puede recordar y rememorar las acciones, las palabras y hasta los acontecimientos, que le han permitido desarrollar todo su potencial humano. Así perder la memoria es prácticamente perder su identidad y convertirse en un ser que se priva de la  oportunidad de relacionarse con su Creador, para mantener esa comunión que lo llevará al gozo, del encuentro definitivo con su creador; pues como dijo el  santo de Hipona: “Nos creaste para ti, Señor, y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti” (San Agustín, Confesiones I, 1).

En el libro del Deuteronomio encontramos de una forma muy bella lo que se considera una profesión de fe “Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto y residió allí como inmigrante siendo pocos aún, pero se hizo una nación grande, fuerte y numerosa.” (Dt 26; 5), lo cual deberán repetir de generación a generación, de tal manera, que puedan recordar no sólo su origen, sino que nunca olvidarán todas las obras maravillosas que Dios, ha hecho por cada uno de ellos. Hay en la Santa Biblia toda una corriente sapiencial en donde encontramos normas y principios para el buen vivir y para actuar con sabiduría.

El hombre justo es aquel que acepta a Dios, como soberano y dueño de todo; por tanto el ser humano al haber salido de las manos de Él, no puede por ningún motivo creerse igual al Todopoderoso; si lo hace, daña la armonía establecida desde los orígenes y se hace un necio. Bástele a cada ser humano mantenerse en total dependencia del Señor, no viendo esto como un ataque a su libertad, sino estableciendo desde su libre albedrio, una relación de amor con quién es su origen y su término. El mejor ejemplo lo tenemos en el mismo Jesucristo, quien pasó por el mundo haciendo el bien y enseñándonos a ser verdaderamente felices. Mediante su vida nos dio el ejemplo de vivir como peregrinos, ligeros de equipaje, para mantener una total dependencia del Padre. El ser religioso imitando ese estado de paz en el que vivió Jesús, sabe bien que Dios es su seguridad.

Al fijar nuestra mirada en la experiencia del éxodo, descubrimos tres elementos que mantuvieron viva la esperanza de cada israelita. 1. La conciencia del origen. 2. La conciencia de la presencia de Dios y 3. La conciencia de que Dios, es fiel y cumplirá su promesa.

Es así como el  pueblo de Israel no sólo pudo conocer al verdadero Dios, ya que mediante Moisés, Dios se manifiesta, sino, que el éxodo, es el escenario en el que Dios manifestó con gran poder y gloria su amor por su pueblo. Así surge la liturgia pascual, que no hace otra cosa, más  que rememorar y actualizar aquellos signos maravillosos que el Señor hizo en favor de su pueblo.

También nosotros al tener esta misma conciencia, podemos fijar nuestra mirada de fe, en esta situación concreta que  se vive en nuestra frontera.

Se trata de iluminar esta realidad, sin olvidar el contexto social, político y hasta económico; se percibe que el ser humano ha cambiado el orden establecido por Dios; pero aun así el creyente sabe que la promesa de Dios es para siempre y que los proyectos humanos son insustanciales, el creyente revestido de las armas de Dios, ante todo ayuda al forastero mediante la solidaridad, que es fruto del amor que hay en su corazón; pues descubre en cada uno de ellos a un hermano, pero además abroga por un cambio en las estructuras y se esfuerza por restablecer la armonía y la paz en la frontera. No lo hace al estilo de los violentos, que como dice el papa Francisco, instrumentalizan al ser humano.

No hay espacio para la resignación  y la pasividad; los cristianos debemos instaurar el Reino establecido por el Señor Resucitado, que quiere echar fuera todo tipo de violencia armamentista. Sólo mediante la no violencia y la fuerza del amor, se podrán destruir las estructuras totalizantes que esclavizan y deshumanizan a las personas.

La Santa Madre Iglesia, siempre ha levantado la voz para defender a los más débiles, nos convendría asumir más en serio nuestra dimensión profética que nos lleve a denunciar la injusticia y promulgar un nuevo orden social, en donde reine una paz estable y duradera.

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