Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve, Obispo de la Diócesis de Cúcuta

Nos encontramos próximos a iniciar el Tiempo de Cuares­ma con el Miércoles de Ceni­za (2 de marzo), que es una invitación concreta a transformar nuestra vida en Cristo, con el llamado del Señor en su Palabra: “Conviértete y cree en el Evangelio” (Mc 1, 15), que con­siste en reorientar la vida hacia Dios y renovar la fe en la Buena Noticia del Reino de Dios, recordándonos la necesidad de conversión y peniten­cia que en el Tiempo de Cuaresma tenemos que reforzar para purificar nuestra conciencia del mal y el peca­do; y totalmente purificados, recibir la gracia de Dios que nos perdona y nos reconstruye interiormente porque “donde abundó el pecado sobrea­bundó la gracia” (Rom 5, 20).

En el bautismo hemos recibido la gracia de Dios que nos ha hecho sus hijos, sin embargo, el pecado siempre presente en la vida del ser humano, debilita y destruye esa gracia y por eso se hace necesario el sacramen­to de la confesión, que nos devuel­ve la gracia perdida por el pecado. Para reconocer el pecado personal es necesario estar muy cerca de Dios, para poder sentir el dolor del rechazo a Él, por el mal que hace nido en el corazón, descubriendo con el peca­do la gran pérdida de la gracia. Así lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica: “La realidad del pecado, y más particularmente del pecado de los orígenes, sólo se esclarece a la luz de la Revelación Divina. Sin el conocimiento que esta nos da de Dios, no se puede reconocer claramente el pecado… Solo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente” (CCE 387).

Cuanto más cerca estamos de Dios más podemos sentir el desastre y las heridas que causa el pecado en la vida del creyente, sin embargo, tenemos la posibilidad en Jesucristo Nuestro Señor de recuperarnos, recibiendo su perdón misericordioso tal como lo hizo con la mujer adúltera cuan­do le dijo: “Tampoco yo te conde­no. Puedes irte, pero no vuelvas a pecar” (Jn 8, 11), indicando con ello que el ser humano pecador no quedó abandonado por Dios, al contrario, como Padre misericordioso siempre va en busca de la oveja perdida. Así lo expresa el Catecismo de la Igle­sia Católica: “Tras la caída, el hombre no fue abandonado por Dios. Al contrario, Dios lo llama (Cf. Gn 3, 9) y le anuncia de modo mis­terioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída (Cf. Gn 3, 15). Este pasaje del Génesis ha sido llamado ‘protoevangelio’, por ser el primer anuncio del Mesías Redentor, anuncio de un combate entre la serpiente y la Mujer, y de la victoria final de un descendiente de ésta” (CCE 410).

Desde la caída de Adán y Eva, en el mundo siempre ha abundado el peca­do. Todos nacimos siendo pecadores y en nuestra vida abunda el pecado. Sin embargo, tenemos que saber, que ahí donde abunda el pecado, sobrea­bunda la gracia (Cf. Rom 5, 20). Es la gracia salvadora, eterna, infinita e in­merecida de Dios para con toda la hu­manidad que se nos ha ofrecido desde el madero de la Cruz, donde Jesús en­tregó su vida en rescate por todos. De tal manera que en Jesucristo no todo está perdido, tenemos la esperanza de ser perdonados, que es la certeza que la gracia de Dios sobreabunda en nuestras vidas, de eso somos testigos y tenemos la misión de anunciarlo a los demás, siendo instrumentos de la misericordia del Padre.

El mundo, nuestra región y también muchas de nuestras familias se están destruyendo por causa del pecado. Muchos desesperados en las angus­tias y tragedias que causa el mal, si­guen buscando una salida sin Dios. Desde la fe damos testimonio que sin Dios es imposible una solución, por eso es hora de volver al Señor, ha­ciendo resonar en el corazón las pa­labras que escucha­remos el Miércoles de Ceniza y durante toda la Cuaresma: “Conviértete y cree en el Evangelio” (Mc 1, 15), toman­do conciencia que: “La victoria sobre el pecado obtenida por Cristo nos ha dado bienes mejo­res que los que nos quitó el pecado: ‘Donde abundó el pecado, sobrea­bundó la gracia’” (Rom 5, 20) (CCE 420), porque Cristo murió para que nosotros fuéramos perdonados y que en nuestra vida sobreabundara la gra­cia.

Para comprender este itinerario espi­ritual que nos propone la Iglesia en el tiempo cuaresmal, es necesario es­tar abiertos a la conversión, que sig­nifica reforzar la fe en el Evangelio de Jesucristo y en profunda oración arrodillarnos frente al Santísimo Sa­cramento y con humildad pedir per­dón a Dios por nuestros pecados y Él, con su amor misericordioso desde la Cruz nos perdona, para que volvamos a Dios. Pero también es tiempo para perdonar a nuestros hermanos por las ofensas que nos han hecho, “per­dónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6, 12), re­petimos con frecuencia en la oración del Padre Nuestro, sabiendo que el perdón es un beneficio para quien lo recibe, pero es sobre todo una gracia para quien lo ofrece, pues el perdón nos purifica de odios, resentimien­tos, rencores y venganzas, que son veneno para nuestra alma, siendo el perdón, la mejor medicina, gracia de Dios y paz para nosotros, que sobrea­bundan en el corazón del creyente convertido al Señor.

Que esta Cuaresma que estamos prontos a iniciar sea un tiempo donde dejemos que sobreabunde la gracia de Dios en nuestras vidas, para reafirmar nuestra respuesta de fe, esperanza y caridad a la llamada que Dios nos hace a la conversión y a la santidad, escuchando y leyendo el mensaje del Señor, meditándolo y creyendo en su Palabra y con ello convertir nues­tra vida, siguiendo las palabras del Evangelio y comunicando esa buena noticia a los hermanos, transmitiendo su mensaje con nuestras palabras y con las obras de caridad.

En este proceso contamos con la protección maternal de la Santísima Virgen María y del glorioso Patriar­ca san José, nuestro patrono, quienes escucharon la Palabra de Dios y en­tregaron su vida para hacer su volun­tad. Con María y san José, queremos renovar nuestro deseo de conversión para transformar nuestra vida en Cristo, para que: “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20).

En unión de oraciones, sigamos adelante. Para todos, mi oración y mi bendición.

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