Por: Pbro. Jesús Alberto Esteban Robles.

Foto: Centro de Comunicaciones Diócesis de Cúcuta

Seguramente una gran mayoría tenemos en nuestros recuer­dos de niños la experiencia de ser levantados el domingo para ir a Misa, y es que no era tan fácil des­pertarnos temprano el día en el que pensábamos que sería la oportuni­dad para dormir más, ir de paseo, a la casa de la nona para el almuerzo familiar, o simplemente inventarse alguna cosa para no salir de casa; en estas circunstancias, ir a Misa resultaba ser una obligación. Sin embargo, con el paso de los años comprendemos que existen razo­nes para asistir, especialmente el día del Señor (domingo). Cuando hablamos de razones queremos sa­ber qué beneficios nos trae y eso es lo que les quiero compartir.

Razones para ir a Misa 

  1. Hará posible el encuentro con el Señor, ¿para qué? Para re­cibir el perdón de nuestros peca­dos y tener paz en nuestro interior. Para escuchar su Palabra que nos orienta mejor la vida, porque un texto de las Sagradas Escrituras bien escuchado y una predicación por parte del sacerdote bien pre­parada, puede ayudarnos mucho en la toma de una buena decisión. Dios Padre a través de la Eucaristía nos da a su Hijo que nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre, prenda de salvación para la vida eterna, y nos da también su Espíritu que nos ilumina y aconseja. Al final de la Misa siempre hay una bendición para nosotros y también para los que quedaron en casa, porque lo que Dios nos regala es para que lo compartamos con los demás. 
  1. Nos libera de las tensiones, porque todos nuestros problemas y dificultades puestos en manos de Dios tienen solución. Bien sabemos que Él sí puede hacer lo que noso­tros no podemos y lo hace siempre mirando dos cosas: nuestra salva­ción y nuestra felicidad. Por lo tan­to, la confianza queda fortalecida y eso da mucha tranquilidad. 
  1. Nos da la oportunidad de encontrarnos con familiares y amigos. Si bien es cierto que al Templo no se va a “cuchichear”, no obstante, ver a las personas que amamos nos llena el alma de bue­nos sentimientos y por lo tanto, en nuestro comportamiento tendre­mos mejores actitudes. La alegría que da la experiencia de vernos, encontrarnos, darnos un saludo cargado de afecto, hablar un poco y pedir oraciones mutuas, proporcio­na a la vida fortaleza y esperanza. El Papa Francisco reitera siempre la necesidad de recibir y dar a todos la alegría que le es pro­pia a la vida cristiana, porque en el camino de la salvación no vamos solos, por el contrario, caminamos juntos. 
  1. Estimula la cari­dad. Al darnos cuenta de la historia de la salva­ción y de los esfuerzos que ha hecho Dios para acercarnos y participar­nos de su propio ser al haber enviado a su Hijo Jesucristo, quien ha sa­bido compadecerse del que sufre, del enfermo, del marginado y ex­cluido, necesariamente surgirán en nosotros sus mismos sentimientos. Constantemente aparecen personas que abogan por la defensa de la ecología, los migrantes, los niños y sin embargo, muchos de ellos no son cristianos. Por lo tanto, resulta­ría más obvio que los creyentes en Cristo que participan de su Palabra y que comulgan con su Cuerpo y su Sangre, estarían mejor dispuestos para esto, pero, bien sabemos que debemos seguir haciendo esfuerzos para dar un testimonio eficaz. 
  1. Nos ayuda a orar mejor. Los catequistas deben tener un conoci­miento de la fe y de la práctica de la oración en los niños y jóvenes, porque en las casas se ora poco o nada. Todos sacamos excusas a la hora de orar, incluso personalmen­te, porque necesitamos tiempo para trabajar, los quehaceres, estudiar o descansar. Por eso, cuando estos grupos se organizan cada año en las parro­quias para preparar los sacramentos de la Eucaristía o la Confir­mación, la Misa domi­nical, se convierte en el espacio privilegiado para conocer al Dios verdadero que disfruta de la compañía de los seres humanos y goza cuando se comunican con Él. La oración es una fuente que brota del creyente que asisti­do por el Espíritu Santo reconoce que su vida depende del saber amar y sentirse amado por Dios. En la Misa, los himnos, cantos y aclama­ciones expresan a Dios una perfec­ta alabanza, porque no son el fruto de un invento improvisado sino de la dedicación y el cuidado que ha tenido la Iglesia por mantener la comunión. El rito es el vehículo de esta alabanza de comunión y de él se hacen auténticas “católicas” to­das las demás expresiones de ora­ción personal y comunitaria. 
  1. Nos hace experimentar el gozo de la unión del cielo con la tierra. En ella oramos por nues­tros hermanos difuntos, los enco­mendamos al amor misericordio­so de Dios para que los perdone y los reciba en su casa. El amor que les tenemos se mantiene íntegro y fortalecido en la esperanza de no­sotros también llegar a compartir con ellos el cielo para siempre. Por esto, reflexionamos en la conme­moración de los santos, cómo hom­bres y mujeres que han alcanzado el gozo perfecto de la familia de Dios, nos estimulan con su ejemplo y nos ayudan con su intercesión. 
  1. Nos recuerda que tenemos una Madre, María. Ella, unida es­pecialmente al sacrificio de Cristo en la Cruz, nos sostiene a todos en nuestras dificultades con su inter­cesión y con su ejemplo, porque es la mujer valiente que ha dicho sí al proyecto de Dios, asumiendo con amor fiel todo lo que Él implica. La Santa Misa es la mesa servida para los hijos de los cuales ella es Ma­dre y así como en Pentecostés unió sus oraciones a las de los Apósto­les, se une a las nuestras y las pre­senta para que sean escuchadas y favorecidas por su Hijo que con­tinúa haciendo el milagro de Caná de Galilea, convirtiendo el agua en vino, asegurando de este modo la verdadera alegría para su Iglesia. 

Vayamos a Misa, Jesús nos espera.

Por: Wilkin Magdaniel Carvajalino, Psicólogo, Universidad de Pamplona.

“El dolor es intenso silencioso e inex­plicable sin causa real, pero con muchos efectos en la mente, que va liberando el dete­rioro de las ganas de vivir”. Si este es tu sentir, ¡BUSCA AYUDA DE INME­DIATO!

La depresión se encuentra en la lista de las primeras enfermeda­des en el mundo, se define como un trastorno del estado de áni­mo, donde prevalece la irritabi­lidad, síntomas físicos, emocio­nales y afectivos. Esta patología ha mostrado un gran crecimien­to en los últimos años, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), alrededor de 350 millones de personas viven con depresión, un padecimiento si­lencioso que puede convertirse en un problema de salud serio, especialmente cuando es de in­tensidad moderada a grave, y causante de gran sufrimiento y alterar las actividades labora­les, escolares y familiares. En Colombia aproximadamente el 5% de la población sufre algún tipo de depresión. Siendo esto una de las principales causas de suicidio a nivel mundial. Se cal­cula que para el 2020 esta será la enfermedad más frecuente en el mundo, superando las cifras de las enfermedades cardiovas­culares y el cáncer.

Expresiones como: ¡tengo la depre!

Comparado con la tristeza, que es una emoción que todos los se­res humanos sienten en alguna etapa de la vida, su duración es corta y puede ser el resultado de la vivencia de alguna situación difícil. Sin embargo, la tristeza es solo una pequeña muestra de lo que puede ser la depresión, ya que este sentimiento infelicidad o angustia se hace recurrente e interfiere en la vida cotidiana de las personas que padecen esta enfermedad mental, al punto que muchas de ellas manifiestan no tener dificultades en su vida personal o no suelen sentirse tristes en lo absoluto, “es un do­lor emocional inexplicable”, la depresión puede ser transitoria o permanente, lo cual genera incapacidad, logra causar un gran sufrimiento emocional, no solo a quien la padece sino tam­bién a su núcleo familiar y so­cial. Esta enfermedad puede ir acompañada de otros síntomas tales como: ansiedad y angus­tia, que afectan el sentir, pen­sar y coordinar las actividades diarias (dormir, comer o traba­jar), también causa irritabili­dad, desconsuelos persistentes, perdida de energía, deseos de aislamiento, perdida de las re­laciones sociales, sentimientos de culpabilidad (no sirvo para nada, soy un desastre), y en los casos más graves pensamientos o intentos suicidas.

Cabe resaltar que la depresión no distingue edad, sexo, raza, posición socioeconómica o cualquier clase de condición, puede presentarse en cualquier circunstancia, aunque prevalece un mayor porcentaje en muje­res, adultos mayores y adoles­centes; según los últimos estu­dios ha aumentado el inicio de esta enfermedad mental en eda­des más tempranas.

No se ha determinado aún con exactitud los factores causan­tes de la depresión, han consi­derado diversos elementos que inciden en el desarrollo de esta enfermedad mental, tales como factores hereditarios, esto por­que es más frecuente que una persona padezca una depresión si tiene algún familiar que haya presentado esta enfermedad mental; factores físicos, como el padecimiento de enferme­dades graves; factores exter­nos, como la pérdida de un ser querido, de un empleo (duelo), o el uso y abuso de sustancias psicoactivas (alcohol, drogas), también el haber sufrido situa­ciones traumáticas como abuso sexual, físico, psicológico vio­lencia; el bullying y matoneo en los colegios y redes sociales puede ser un factor desencade­nante en niños, niñas y adoles­centes.

Existen tratamientos eficaces para la depresión, aunque más de la mitad de los afectados a nivel mundial no los reciben. Entre los factores más rele­vantes está el alto costo de los medicamentos y la atención profesional (psiquiatría y psi­cológica), además, en la actua­lidad aún se estigmatiza a las personas que sufren algún tipo de enfermedad mental.

Si bien no existe un método de prevención definido para la depresión, hay diversas formas que ayudan a evitar esta enfer­medad: mantener un buen esti­lo de vida, relaciones positivas vínculos familiares, desarrollar actividades físicas proporcional a las condiciones de cada per­sona, evitar la soledad en ex­ceso, mantener buenos hábitos de lectura, meditación, ayuda espiritual, oración, mejorar la actitud ante el estrés, que puede ser agudo (un acontecimiento infortunado) o la situación de sobrecarga emocional (estrés crónico). En los niños, niñas y adolescentes también es impor­tante el promover un modelo de pensamiento positivo, aumentar la resiliencia y mejorar la auto­estima para ayudar a manejar los problemas cuando surjan, además de un seguimiento psi­cológico es una herramienta muy eficaz en la prevención de la depresión.

Por: Monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid, Obispo Diócesis de Cúcuta

«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado» (Jeremías 1, 5).

La vida humana es sagrada siempre, toda, en todas partes, para todos. Aparece nue­vamente en el horizonte de nuestra comu­nidad el delicado tema de la VIDA HU­MANA. En el mes de octubre de 2019 se presentó por parte del Ministerio de Salud y Protección Social, el proyecto de una re­solución sobre la “Interrupción Voluntaria del Embarazo” -que no es otra cosa que el aborto- en Colombia, mostrado antes de su firma a la comunidad. También en el Con­greso se ha expuesto y aprobado en primer debate, un proyecto de ley que reglamen­ta la eutanasia, que no es otra cosa que un atentado a la vida humana. Por su parte, la organización Profamilia, ha solicitado recientemente a la Corte Suprema de Jus­ticia, legalizar el aborto en Colombia. Se pone pues ante nuestros ojos un delicadísi­mo tema, el irrespeto y el ataque a la vida humana desde sus primeros momentos de existencia -la concepción- hasta su término natural con la muerte.

La humanidad, sobre todo en las últimas décadas, tiene una rara tendencia al des­precio de la vida. Esta es una constante que ha ido creciendo progresivamente. También entre nosotros, se ha abierto esta puerta con algunas sentencias de la Corte Constitucional, despenalizando el aborto y abriendo la puerta para su realización. Jus­tamente cuando los adelantos de la ciencia han descubierto la admirable maravilla de la vida humana en todas sus facetas, se ge­nera un movimiento que ataca y destruye la grandeza de la existencia humana, que nie­ga el derecho natural a la vida, que atenta contra los que empiezan o contra los que, por una u otra razón, están ante el drama de la muerte, pretendiendo legislar y nor­mativizar acerca de un derecho inalienable e indeclinable como es el de la existencia.

Es oportuno que nosotros, como católicos, reflexionemos profundamente sobre este tema, que es fundamental y toca lo más sagrado de la existencia humana. Todos, tendríamos que entrar profundamente en el misterio de la vida, de sus fundamentos y realidades, en la dimensión de profundo valor que posee y, sobre todo, entrar cla­ramente en su defensa. Se está tocando lo más fundamental de cuanto el hombre tie­ne, como regalo del Creador.

La esencia misma de la fe, la misma na­turaleza humana nos pide defender la vida en su totalidad. En la Sagrada Escritura encontramos claramente el precepto de Dios: “No matarás” (Éxodo 20, 13). El Ca­tecismo de la Iglesia Católica nos enseña: “La vida humana ha de ser tenida como sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permane­ce siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de ma­tar de modo directo a un ser humano inocente” (Número 2258).

Los primeros cristianos, des­de los primeros años, entra­ron claramente a defender la vida humana, respetando este don de Dios. Incluso, en la primera litera­tura cristiana, al comenzar la predicación del Evangelio, se nos ofrecen ejemplos de esta defensa autorizada de la vida en su origen mismo. En los dos primeros siglos encontramos esta enseñanza: «No matarás el embrión mediante el aborto, no darás muerte al recién nacido» (Didajé, 2, 2; cf. Epistula Pseudo Barnabae, 19, 5; Epistula ad Diognetum 5, 5; Tertuliano, Apologeti­cum, 9, 8). Estas referencias no son única­mente una erudición, nos muestran que la lucha por la vida y su defensa hacen parte de la doctrina misma de los Santos Padres.

Nos extraña profundamente que el mis­mo Estado, en sus autoridades del poder ejecutivo y del legislativo, tome estas de­cisiones que atentan contra la persona hu­mana. Es claro que nuestra Constitución, respeta claramente la vida (Artículo 11 de la Constitución) el mismo que argumenta ampliamente la defensa de la vida, que en muchísimos apartes de la Constitución se defiende la existencia humana. Es do­loroso, y creo que contra el espíritu de la misma y de los constituyentes, que se vaya abriendo la puerta a un ver­dadero crimen agravado por la plena convicción que dicen tener quienes pro­ponen la destrucción de la vida, argumentando que la vida puede ser interrumpida, tanto en el momento mismo del nacimiento, como ter­minarla antes de su término natural.

La gravedad del deseo de reglamentar lo que en mala hora fue aprobado por per­sonas que, sobrepasando los límites de la autoridad, permitieron la práctica del aborto, instruyendo sin cansancio sobre la necesidad de generar leyes en las que se termina abusando de la propia libertad, de la libertad de los demás, de la libertad de la criatura que se está formando y que está en estado absoluto de indefensión.

La Iglesia, Madre solícita, tiene el deber y la obligación de enseñar y actuar, por lo que nos enseña en la ‘Instrucción Donum Vitae’: “Cuando una ley positiva priva a una categoría de seres humanos de la protección que el ordenamiento civil les debe, el Estado niega la igualdad de todos ante la ley. Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los derechos de todo ciudadano, y particularmente de quien es más débil, se quebrantan los fundamentos mismos del Estado de derecho El respeto y la protección que se han de garantizar, desde su misma concepción, a quien debe nacer, exige que la ley prevea sanciones penales apropiadas para toda delibera­da violación de sus derechos” (Congre­gación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum Vitae 3).

Por ello, los estados no pueden, por princi­pio, negar el común criterio de defensa de la vida, legislando acerca de cómo supri­mirla, extinguirla, suspenderla, negarla. Las leyes emanadas en tal sentido, incluso las propuestas que permitirían el aborto, son intrínsecamente lesivas de la dignidad humana, ya que no pueden destruir lo que dicen defender, ni negar el derecho a vivir especialmente a los más vulnerables.

El ABORTO, incluso si le cambian el nombre o definición a esta acción inhu­mana, es un homicidio en toda su reali­dad, agravado porque se comete contra quien no se puede defender y porque una legislación que va contra el principio fun­damental de la vida, contra la vida misma, no es humana y pierde todo el sentido de su autoridad al propiciar la muerte, el do­lor y la negación de la vida misma.

La EUTANASIA, el suicidio asistido, es un atentado a la vida humana, una nega­ción del derecho fundamental a la vida, que tiene cada persona y que es inviola­ble.

Con estas decisiones se está destruyen­do y atacando algo que es fundamental para los derechos de la persona humana, su derecho fundamental a la vida y a la existencia.

No dejemos de pensar en la belleza de la persona humana, en la ternura de un niño, en la bondad y alta carga ética de valor de la vida humana. Somos hoy muy sensi­bles a los derechos de la persona humana, decimos todos defenderlos y promover­los. Empeñémonos todos en la defensa de la vida humana en todos los momentos de su existencia. 

Gritemos y manifestemos claramen­te nuestra posición, con un ¡SÍ A LA VIDA!

Por: Pbro. Miguel Ángel Fuentes, sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado (IVE)

A esta pregunta debo responde con un “sí” y un “no”. “No” en el sentido que le quieren dar las personas que han armado ese pretendido “juego”; ¡cuidado!, el único que calcula el precio de un alma en dinero o en cosas peores es el diablo. Él comercia con los hombres, vendiéndolos al pecado, o comprándolos por pecado.

Pero, desde otro ángulo, hay que decir que “sí”: toda alma tiene un valor, y un precio. Y esto lo reconoce el mismo demonio. Si leemos el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto veremos que en la tercera tentación el diablo ofrece al Señor todos los reinos del mundo a cambio de una postración (Mt 4,8-10): Entonces le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: “Todo esto te daré si postrándote me adoras”. El demonio piensa que ofrece un buen precio por el alma de Cristo. Pero el Señor le responde haciéndole entender que el alma vale infinitamente más que todo el mundo: Jesús entonces le respondió: “Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto”.

Tal vez este juego tonto en que los jóvenes buscan “tasar” su alma no sea más que una reacción (equivocada indudablemente) al ateísmo, al materialismo y el descreimiento de los valores espirituales propios de nuestra época, que conllevan el olvido del alma, o el desinterés por ella, la burla de los que creen en el alma, e incluso la necedad de aceptar la realidad del alma inmortal pero ¡arriesgarse a condenarla eternamente!

El olvido de la primacía del alma es una tara que está reprendida en los mismos Evangelios. Jesús proponiendo la parábola del rico que nunca pensaba en su alma le hace escuchar a su personaje aquellas duras palabras: Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma (Lc 12,20).

Tenemos un alma espiritual e inmortal. Incluso los paganos llegaron a intuirlo y algunos a afirmarlo. La fe nos lo confirma. E incluso sin usar de la fe, nos lo dice la inteligencia. El mismo afán de eternidad que sentimos en nuestro interior, en la apertura a la verdad y a la belleza, en el sentido del bien moral, en la experiencia de nuestra libertad y en la voz de nuestra conciencia, que nos hace aspirar al infinito y a la dicha, percibimos, signos de nuestra alma espiritual. La “semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia” su alma, no puede tener origen más que en Dios.

Si hablamos de precio, debemos decir que el alma hecha por Dios “para” Dios vale más que el universo entero. Si las cosas se valúan por lo que cuestan, recordemos que mientras el universo costó a Dios una sola palabra (pues como dice el Salmo 148: Habló Dios y todo fue creado), en cambio el alma del hombre costó el precio de la Sangre y de la Vida del Hijo de Dios, quien murió por nuestra alma en la Cruz.

 El valor de un alma, incluso la del último de los miserables, lo vemos reflejado si oponemos dos cuadros evangélicos asombrosos. El primero es la tercera tentación de Cristo, que mencionábamos más arriba; el segundo es la última cena. En la primera escena el diablo ofrece el mundo, del cual es príncipe en cierto sentido, a cambio de una sola postración de Jesús (Si cadens adoraveris me). En la segunda escena, cuando, como dice San Lucas, el diablo ya se había apoderado del corazón de Judas (Lc 23,3), Jesucristo mismo se pone de rodillas, humillándose, para lavarle los pies. Él, que despreció el mundo entero que le ofrecía el diablo, ¡se postra por ganar el alma de un traidor!

Ni siquiera comprenden con exactitud el valor de su alma quienes la cuidan sólo por miedo de verse condenados eternamente. No alcanzan a ver el valor en sí; tan solo temen una consecuencia. Se cuenta que en una ocasión Dios mostró a Santa María Magdalena de Pazzis un alma; y cuenta su biógrafo que quedó ocho días fuera de sí, arrebatada del asombro y admiración que le había producido aquella vista. Debemos valorar justamente nuestra alma. Entre tantos motivos, al menos: (a) por su origen divino, por su inmortalidad, por la encarnación del Hijo de Dios que para salvarla se hizo hombre, por haberle sido asignado un ángel custodio para guardarla, por las inspiraciones divinas, etc.; dicho de otro modo: por la estimación que le tiene el mismo Dios. (b) También por el aprecio que le tiene el demonio que por ganarla para sí hace tantos malabarismos; cuando alguien hace tantas cosas para comprar algo y está dispuesto a tantos sacrificios por conseguirlo, ¡al menos nos tendría que venir la sospecha de que se trata de algo valioso! (c) Y por la estimación que le tienen los santos quienes no dudan en sacrificarse enteramente antes que ensuciarla con la más pequeña arruga, por la constancia de los mártires que prefirieron perder la vida antes que perder el alma, por los trabajos de los misioneros que por salvar almas dejaron todo.

 Por tanto, pensemos en nuestra alma; pensemos en los pobres locos que la venden por una moneda. Pensemos también con cuánta ligereza la arriesgamos. Y sobre todo deberíamos meditar aquellas palabras del Señor: ¿De qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo pierde su alma? (Lc 9:25). Y lo que añade en otro lugar: ¿Qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? (Mt 16,26). Es decir, una vez perdida el alma (o sea, ya condenada en el infierno), ya no se puede volver a comprar.

Recordemos siempre las palabras con que Don Bosco despedía a los jóvenes que por su mala conducta debía expulsar del Oratorio; con duras penas y lágrimas les decía como último recuerdo: “No tienes nada más que una alma: si la salvas, has salvado todo: si la pierdes, has perdido todo para siempre”. 

Bibliografía: A. Bea, Anima, en: Enciclopedia Cattolica, I, Ciudad del Vaticano 1948, 1307 ss.; J. Campos, “Anima” y “animus” en el N. T.: su desarrollo semántico, “Salmanticensis”, 4 (1957), pp. 585-601; A. Fernández, La inmortalidad del alma en el A. T., “Razón y Fe” (1913), 316-333; A. Willwoll, Alma y espíritu, Madrid 1953; E. Rohde, Psique. Idea del alma y la inmortalidad entre los griegos, México 1948; B. Echeverría, El problema del alma humana en la Edad Media, Buenos Aires 1941; C. Fabro, L’anima, Edivi, Segni 2005.

Foto: formacionenlafe.com

“La oración es la elevación de la mente a Dios para alabarle y pedirle cosas convenientes a la eterna salvación” – San Juan Damasceno

Toda persona que quiera llegar al cielo, porque su único anhelo es estar junto al Padre que le ha creado, debe orar, y orar bien. Existen muchas prácticas católicas o devociones a los santos, o demás cosas con las que se tenga más afinidad. Pero la oración, no es una opción para la vida de un cristiano.

Jesús enseñó siempre la importancia de la oración, y lo realizó en los momentos más importantes en su vida: Cuando el Padre dio testimonio de su bautismo, su Transfiguración, antes de entregar su vida por la humanidad, antes de elegir y llamar a los doce apóstoles, y demás hechos relevantes. Esto para comprender que sin informarle a Dios el plan que se va a realizar, no se puede continuar. Es su voluntad, más no la del hombre.

“El que ora se salva ciertamente, el que no ora, ciertamente se condena”, así lo decía constante san Alfonso María de Ligorio. Por lo tanto, se debe tener en cuenta los frutos que trae la oración:

  1. Saca del pecado: Ya que restablece con su Padre que está en el cielo.
  2. Acrecienta el amor: Al hablar más con Él, las personas comprenden lo importante que es no dejarle de contar todo, al que lo puede hacer todo.
  3. Da a conocer la voluntad de Dios: Enseña a comprender “hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10).
  4. Da fuerza en la tentación: Ayuda a dar un No al Sí (No a la tentación en la que el maligno Sí quiere que caiga).

Para poder tener aquel diálogo con la Santísima Trinidad se es recomendable acomodar el tiempo para no realizar todo con afanes, estar en un lugar cómodo donde nada interrumpa, y mantener una postura adecuada ya que hay que disponer el cuerpo y el alma.

Para una buena oración sigue este método que ayudará a mantener el orden correcto de cómo dirigirse al que tanto les ama:

  • Acción de gracias: por todo aquellos por lo que el Señor bendice su vida.
  • Petición de perdón: por las veces que se le ha ofendido a causa del pecado.
  • Alabanza y adoración
  • Petición por los demás: orar ante el Padre por todas aquellas personas que lo necesitan.
  • Petición por las propias necesidades.
  • Escuchar la voz de Dios, y tener un propósito de cambio.

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