Por: Pbro. Freddy Antonio Ochoa Villamizar, vicario de Pastoral

El mes de agosto tiene una gran significación para la vida diocesana en Cúcuta. En agosto de 1956 inició el recorrido de los senderos de la fe y la esperanza con la llegada del primer Obispo, Monseñor Luis Pérez Hernández. Después de vivir la experiencia de la “Misión Diocesana” para celebrar los 40 años de la Diócesis en 1996, en agosto se inició la experiencia de “Las Asambleas familiares” y con ellas empezó formalmente el Plan Pastoral Diocesano de Nueva Evangelización.

Hemos recorrido 64 años de vida diocesana y 24 en el Plan Pastoral, cada año en este mes hemos venido celebrando desde 1999 la “Fiesta Diocesana” que tiene como fin reconocer y proclamar que Jesucristo es el eje de nuestra vida y de nuestra historia; ayudar a todo el Pueblo de Dios a crecer en el sentido de pertenencia y renovar su amor a la Iglesia diocesana, y sentirse llamados a ser “discípulos misioneros del Señor Jesucristo”, caminado en comunidad.

En este año 2020, en el confinamiento a raíz del COVID 19, este mes es un tiempo de gracia para que, desde la familia, pensemos y repensemos la vida de fe en comunidad y renovemos la decisión de abrirnos totalmente al Evangelio.

El lema “Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo” (Mateo 5, 14). Adquiere en este contexto de fe, de comunión, de celebración, de vida comunitaria, un sentido profundo de nuestra identidad de bautizados.

Somos la “sal” porque el Bautismo que nos injertó en Cristo nos pide vivir de tal manera que como la sal da sabor y conserva, nuestra existencia en Cristo, le aporte sabor y gusto al mundo querido y pensado por Dios Padre Creador, puesto que por consecuencia del pecado personal y social del hombre, se ha vuelto un mundo que pierde su gusto; pero también, que la vida creyente en Jesucristo conserve como la sal la creación entera tal cual Dios mismo lo estableció.

Somos la “luz” porque los bautizados somos portadores de la “luz de Cristo”, pues Él es “La luz del mundo” (Juan 8, 12). Al vivir en comunión con Él y entre nosotros no sólo cumplimos su Palabra, sino que somos el instrumento para que Él esté presente en medio de las gentes y para que “el pueblo que caminaba en tinieblas vea una gran luz” (Isaías 9, 2).

En este momento de la historia de la humanidad, sí que se necesita que los creyentes sean “sal y luz” en cuento que viven y establecen las relaciones entre si desde la fe, la esperanza y la caridad.

Al celebrar en la Diócesis de Cúcuta, la fiesta diocesana, sintámonos un fuerte llamado a vivir la comunión eclesial en la familia, los Grupos Eclesiales, los sectores, las parroquias, los decanatos, las vicarías, a evidenciar por nuestro estilo de vida en comunidad que somos la sal y la tierra en esta zona de frontera, permitiendo que brille la luz de Cristo en medio de los corazones de los cucuteños tan abatidos por los problemas que nunca acaban.

Del 9 al 16 de agosto, icemos la bandera de la Iglesia, encomendemos nuestra diócesis a la intercesión y protección de Nuestra Señora de Cúcuta y de San José. Vivamos intensamente cada momento y cada celebración de la fiesta diocesana.

Por: Fray Guillermo Antero Urrego Beltrán, O.C.D.

El mes de julio para nosotros, cre­yentes católicos, personas de fe, se enmarca dentro del contexto de la festividad de Nuestra Señora del Car­men, advocación mariana conocida y muy querida por muchos fieles, cercana a nuestros pueblos; no es extraño que, en la mayoría de los templos, a lo largo de nuestras carreteras y en muchos de los medios de transporte nos encontremos con una imagen, una estampa o el esca­pulario de la Virgen del Carmen.

Como Carmelita Descalzo, me alegra poder compartir con ustedes mi expe­riencia personal de la mano de María unida al legado histórico que desde el Monte Carmelo en épocas del profeta Elías, en aquella visión de la nubecilla (1R 18, 41-46), ya se vislumbraba esa presencia de María, como aquella que trae para nosotros el agua fresca que re­anima nuestras fuerzas y calma nuestras angustias, que tendrá su concreción en el Nuevo testamento cuando el ángel anun­cia la llegada del Mesías (Lc 1, 30-33), el cual a su vez, en la cruz la entregará como regalo a toda la humanidad en las manos del apóstol Juan “Mujer, ahí tie­nes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27). Sin lugar a dudas, María es el regalo más grande dado desde la crea­ción del mundo, a la humanidad, ella es quien cuida de los hijos de Dios; es por eso que como carmelitas reconocemos a la madre de Jesús como “Reina y hermosura del Carmelo”.

Surge entonces la pregunta ¿qué es el Monte Carmelo?, ¿cuál es su impor­tancia para nosotros como católicos?, y ¿por qué los carmelitas? Siguiendo las enseñanzas de nuestro hermano Fray Bernardo Restrepo, O.C.D., historiador de nuestra Orden en Colombia, nos re­fiere al respecto lo siguiente: “La orden carmelitana, se llama así porque tuvo su origen en el Monte Carmelo, hermoso promontorio situado en las afueras de la ciudad de Haifa, al norte de Israel, con esplendida vista sobre el mar mediterrá­neo…”, la historia del Monte carmelo queda vinculada al conjunto de lugares conocidos como “La Tierra Santa”, don­de peregrinamos siempre, para conocer la tierra donde vivió, enseñó, predicó, murió y resucitó Nuestro Señor Jesucris­to.

Monte Carmelo

El Monte Carmelo ubicado en ese com­plejo de montañas y de grutas a lo largo del mar Mediterráneo, entre el azul del mar y el verde de dos llanuras, la canti­dad de flores que embellecen y dan color al hermoso paisaje, hacen de este lugar un espacio donde la contemplación y el silencio permiten un encuentro perso­nal con Dios; razón por la cual muchas personas buscan llegar a esta cima del Carmelo, para alejarse del ruido cotidia­no de las ciudades, del agite continuo del trabajo y el estrés de cada día, y encon­trar la paz y el silencio interior, así como el tranquilizar la mente al contemplar ese hermoso y bello “Jardín Florido”, como traduce el término Carmelo.

La orden del Carmelo, desde sus mismos orígenes, ha sido orientada por el Espí­ritu hacia dos vertientes principales: la vida de oración y trato de comunión con Dios y la vida mariana. Por ello pode­mos decir que un elemento distintivo de la vida y de la espiritualidad del Carmelo es el vital y profundo influjo ejercido por la presencia de la Santísima Virgen, has­ta tal punto que ha llegado a decirse que el Carmelo es “todo de María”; palabras que nos regala el padre Pedro Ortega en su Historia del Carmelo Teresiano.

Escapulario carmelita

Hablar del Carmelo y de la Virgen del Carmen nos lleva a preguntarnos de in­mediato por el escapulario, aquel signo que identifica tanto a nuestra comunidad como a dicha advocación, en nuestra consagración sabatina a la Virgen, con­tinuamente decimos: “llevamos sobre nuestro pecho, tu santo escapulario, sig­no de nuestra consagración a tu corazón inmaculado…”; precisamente nos re­cuerda esta bella oración, lo que signi­fica esta prenda sagrada, el escapulario es signo de consagración, quienes llevan en su pecho el signo de María, están con­tinuamente llamados a ser testigos del amor de Dios para toda la humanidad, tal como lo es la Santísima Virgen.

Es a partir del siglo XV cuando se co­mienza a difundir en la devoción car­melita, la consideración de la Virgen en relación con el escapulario; apoyados en una lupa que nos permite ver el pasado, viajando a esos inicios de esta bella de­voción, podemos percibir que María, en términos familiares, era el consuelo de los Carmelitas, y a quien profesan un gran amor; devoción que nace jus­tamente por la vivencia continua y el cumplimiento de aquella norma carme­litana de “meditar la ley del Señor día y noche, velando en oración”, es a través de la lectura continua de la Palabra de Dios, especialmente de los evangelios, como el carmelita se va familiarizando y enamorando de la Madre del Redentor; invitación que se hace extensiva a todo aquel que deseando vivir como María, necesita acercarse a su Hijo. Para ello, la Sagrada Escritura será siempre la luz en este camino.

San Simón Stock

Nos cuenta la historia que, en uno de los instantes más difíciles de la orden del Carmen, cuando asechaban fuertes tempestades, incluso una amenaza en la subsistencia, San Simón Stock, padre ge­neral de la orden, pedía con lágrimas a su Patrona (la Virgen del Carmen), que se hiciera sentir con alguna señal del cielo para que los sacara adelante. Ella no fue sorda a las súplicas de su hijo. Dice la tradición que el 16 de julio de 1251 se le apareció la Virgen Santísima en Aysles­ford, Inglaterra, y entregándole el esca­pulario de la Orden del Carmen, le dijo estas palabras: “Recibe hijo mío, muy amado, este es­capulario de tu Orden, señal de mi con­fraternidad. Será un privilegio para ti y para todos los Carmelitas. El que muera con él no padecerá el fuego eterno. Es signo de salud, salvación en los peligros, alianza de paz y pacto sempiterno”.

El uso piadoso del escapulario ha sido reconocido a lo largo de años por mu­chos sumos pontífices, incluso han llega­do a concederle indulgencias especiales, la fe con la que los fieles católicos llevan este signo mariano, que les hace sentir y experimentar la protección de la Virgen del Carmen, queda también resumido en uno de los gozos que cantamos durante la novena en su honor: “Vuestro Escapulario santo escudo es tan verdadero, que no hay plomo ni hay acero de quien reciba quebranto. Puede, aunque es de lana, tanto, que vence al fuego y al hielo”.

Podemos entonces reconocer que el esca­pulario se convierte, para quien lo porta, como medio que le acerca continuamen­te al amor de María, ella es el fin hacia el cual se dirige quien lleva este signo en su pecho; es por ello que en algún mo­mento de la historia llega a hablarse del escapulario como “sacramento”, o sea, como signo emblemático de la ternura de María.

Más que sacramento, podríamos decir que, habría que incluirlo en la categoría de sacramental, es decir, de esos medios tangibles instituidos por la Iglesia, que permite a los files participar, en mayor o menor grado, de la savia vital del Cuerpo místico de Cristo (sacrosanctum Con­cilium, 60); sin embargo, en estos mo­mentos el escapulario, es un signo que identifica nuestra fe y el amor que profe­samos a la Madre de Dios. Quien lo lleva devotamente se compromete con ella a portarse como buen hijo, seguro de que ella no dejar de ser buena madre, porque como decía al inicio, ese encargo lo reci­bió de Cristo en la Cruz, y nos protegerá en la vida, nos asistirá en la muerte, y ob­tendrá para nosotros eternidad feliz.

En cuanto a signo y signo convencio­nal, el escapulario indica o significa tres componentes íntimamente unidos: en primer lugar, la incorporación a una fa­milia religiosa especialmente devota de María y singularmente amada por María, como es la Orden del Carmen; en segun­do lugar, la consagración a María y la entrega a su corazón inmaculado; y en tercer lugar, el estímulo y el incentivo a parecerse a María por la imitación de sus virtudes, sobre todo la humildad, la cas­tidad y el espíritu de oración; puntos que nos recuerda el Padre Pedro Ortega ocd, en la Historia del Carmelo Teresiano.

Unido al escapulario, vale la pena recor­dar el privilegio sabatino, que es confe­rido por la Iglesia y expresado en la bula papal de Juan XXII, el cual refiere a una Visión de la Virgen en la que ella le ma­nifiesta: “Yo, su Madre, bajaré graciosa­mente el sábado después de su muerte, y a cuantos hallare en el purgatorio los libraré y los llevaré al Monte santo de la vida eterna”.

Cabe reflexionar que, in­dependientemente de lo histórico de la visión y de la manifestación de la Virgen, en el privilegio sa­batino se nos recuerda, el interés de la Santísima Vir­gen María, por cada uno de nosotros como sus hijos, y de manera especial reco­nocer en ella que, como buena madre siempre está dispuesta a evitar en sus hijos todo sufrimiento y angustia, es un gran recuerdo de su intercesión amorosa, frente a la cual el Hijo nada le negará.

Cumpliendo de esta manera sus prome­sas: “en la vida protejo, en la muerte asisto, del infierno libro y en el purga­torio salvo”.

Finalmente reconocer que, desde la ex­periencia del Monte Carmelo, es reco­nocida también María como la estrella del mar, “Stella Maris”, aquella que guía y orienta el camino de todo navegante, haciendo alusión precisamente al faro que en tiempos antiguos guiaba a los na­vegantes para indicarles la ruta hacia el puerto al que debían dirigirse.

Fue de esta manera como se convirtió en la patrona de los navegantes y marinos, ella es la estrella del mar, que guía en todo momento, pero principalmente en la noche de nuestras vidas el camino que debemos seguir.

Poco a poco reconociendo esa protec­ción continua de la Virgen; son muchos los testimonios que se encuentran al respecto, varios son los relatos que en­contramos sobre la constante protección que experimentan los devotos de María en esta advocación del Carmen, recono­cida así entonces por todos aquellos que continuamente se enfrentan a realidades expuestas al peligro: conductores, avia­dores, militares, marineros, y quienes caminamos en fe, ella sale a nuestro ca­mino y nos protege.

Siempre que encuentro una imagen de la Virgen del Carmen escucho una historia de salvación y conversión, descubro en cada fiel el amor y la ternura con la que se mira a la madre del Salvador y el amor que se profesa al escapulario como el signo constante de la presencia de Nues­tra Madre, que nos acompaña a cada paso que damos, ella está siempre presente; es im­portante que hoy recuperemos el verdadero sentido que tiene en nuestra vida la presencia de María, ella es la Madre que cuida y protege, es el refugio constante de quienes experi­mentamos la debilidad y el pecado y es la luz que guía nuestro camino.

Esta próxima celebración en honor a la Virgen del Carmen, vivámosla unidos en oración, pidiendo a la Reina del Car­melo que cuide de toda la humanidad y que con su escapulario nos proteja, pues enfrentamos tiempos difíci­les, nos vemos invadidos por la enferme­dad y necesitamos que ella interceda por todos nosotros, para que podamos seguir adelante como Iglesia construyendo de su mano el Reino de Dios aquí en la tie­rra; recordando que por el escapulario to­dos somos carmelitas, acudamos a María orando aquellas palabras de nuestra con­sagración sabatina:

“Santa María, Abogada y

Mediadora de los hombres, no

podrimos vivir nuestra

consagración con olvido de

quienes son tus hijos y nuestros hermanos,

Por eso, nos atrevemos a consagrarte la Iglesia y el

mundo, nuestras familias y

nuestra patria…”

Reina y Hermosura del Carmelo,

¡ruega por nosotros!

Por: Pbro. Israel Bravo Cortés, párroco Basílica Menor Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, Cúcuta.

Basílica Menor Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, Cúcuta. Foto: Centro de Comunicaciones Diócesis de Cúcuta

“Tú, quienquiera que seas y te sientas arrastrado por la co­rriente de este mundo, náufra­go de la galerna y la tormenta, sin estribo en tierra firme, no apartes tu vista del resplandor de esta estrella si no quieres sumergirte bajo las aguas. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si te ves arrastrado contra las rocas del abatimiento, mira a la estrella, invoca a Ma­ría. Si eres batido por las olas de la soberbia, de la ambición, de la detracción o la envidia, mira a la estrella, invoca a María. Si la ira o la avaricia o la seducción carnal sacuden con furia la navecilla de tu espíritu, vuelve los ojos a María. Si angustiado por la enormidad de tus crímenes, o aturdido por la defor­midad de tu conciencia, o aterrado por el pavor del juicio, comienza a engullirte el abismo de la tristeza o el infierno de la desesperación, piensa en María. Si te asalta el peligro, la angustia o la duda, recu­rre a María, invoca a María. Que nunca se cierre tu boca al nombre de María, que no se ausente de tu corazón, que no olvides el ejemplo de su vida; así podrás contar con el sufragio de su intercesión”. San Bernardo (siglo VIII).

El silencio de Dios

Suele pasar que mientras esta pande­mia avanza, surja en nosotros el inte­rrogante ¿Dónde está Dios? ¿Dónde están la Virgen o los Santos de nues­tra devoción? quisiéramos que todo esto pase y seguir la vida en la “nor­malidad” que teníamos, quisiéramos no quedar tan expuestos a nuestra fragilidad y miseria, pero eso es lo que ha mostrado este momento de la historia, somos frágiles, somos vul­nerables y más aún, un gran número de personas están extremadamente necesitadas; la pandemia ha dejado en evidencia todas nuestras flaque­zas, en los gobiernos, los sistemas de salud, educación, nuestros niños están haciendo esfuerzos inimagi­nables para poder seguir sus clases, pues en muchos rinco­nes de nuestro país, el internet es todavía un sueño. Los anuncios y los esfuerzos por parte de todos para superar el virus pareciera que no dan los resultados espe­rados. Un panorama así puede llevarnos al ne­gativismo, a renegar de muchas cosas que no se han hecho, e incluso a quienes creemos dudar de Dios y su eficacia. Pero es aquí donde tal vez conviene no olvidar las palabras del Papa Francisco: “No se dejen robar la esperanza”.

Este tiempo puede ser como dice san Pablo “¡el tiempo favorable!, aho­ra es día de Salvación (2 Cor 6, 2), tiempo para descubrir al Dios que nunca se ausenta, que nos llama al silencio y a repensar nuestra historia. Ahora es el tiempo de quienes han aprendido a vivir en la adversidad, en el silencio de quien se atreve a hacer nuevas todas las cosas (Ap 21, 5), vale la pena entonces preguntar­nos: ¿Qué es lo que hoy nos quiere decir este suceso? ¿Qué provoco esta situación que parece absurda? Y en­tonces descubriremos que aturdidos por nuestras soberbias, engullidos en nuestros egos y desconectados de las periferias sociales y existenciales, quizás construimos proyec­tos o sueños sobre arena, tal vez nos olvidamos de edifi­car sobre la sólida roca que es Dios. Cómo no recordar entonces las palabras del Papa Benedicto XVI en su visita a los campos de con­centración de Auschwitz… Nos vienen a la mente las palabras del salmo 44, la lamentación del Israel do­liente: “Tú nos arrojaste a un lugar de chacales y nos cubriste de tinie­blas. (...) Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Despierta, Señor, ¿por qué duermes? Levántate, no nos re­chaces más. ¿Por qué nos escondes tu rostro y olvidas nuestra desgracia y nuestra opresión? Nuestro aliento se hunde en el polvo, nuestro vien­tre está pegado al suelo. Levántate a socorrernos, redímenos por tu mise­ricordia” (Sal 44, 20. 23-27).

Este grito de angustia que el Israel doliente eleva a Dios en tiempos de suma angustia es a la vez el grito de ayuda de todos los que a lo largo de la historia —ayer, hoy y mañana— han sufrido por amor a Dios, por amor a la verdad y al bien; y hay muchos también hoy” (mayo 28 de 2006).

Los gritos que afloran en el silencio de la vida nos llaman a mantener la esperanza y contribuir con humildad y sencillez en la construcción de una nueva humanidad. Aquí es donde vale la pena peregrinar con María. El pueblo creyente es un pueblo, que camina, que peregrina y alienta sus pasos con quienes nos enseñan a caminar con la confianza puesta en Dios. Las peregrinaciones no son solamente ir a un sitio por devoción, a esos lugares vamos porque quere­mos caminar con quienes han hecho camino y han vencido las más oscu­ras adversidades. Todo lugar de pe­regrinación y veneración es un lugar de liberación, un lugar para acontez­ca el milagro de nuestra conversión y nos haga más solidarios y frater­nos, más dispuestos al perdón y a la construcción de la justicia y la paz. Peregrinar es desear una nueva vida, una nueva humanidad.

Como lo hizo María

Los creyentes tienen una predilec­ción especial por mirar a la llena de Gracia, a la Santísima virgen María, y como decía san Bernando, ya en el siglo VIII “Si te ves arrastrado contra las rocas del abatimiento, mira a la estrella, invoca a María”. Así el cristiano pone su mirada en los santos y peregrina con frecuencia a los lugares donde se conserva un signo de su presencia, o construye santuarios, basílicas o bellas obras de arte para rendir homenaje, a quie­nes nos animan a caminar en la fe y a mantener la esperanza.

El mundo cristiano siempre ha acu­dido a la Virgen María, la ha encon­trado siempre atenta para ayudar­nos como en las bodas de Caná de Galilea (Juan 2, 1-11), en todos los rincones del mundo, Ella ha apare­cido para brindarnos su compañía y amparo maternal. En Colombia, el cuadro de la Virgen de Chiquinquirá sirvió como lugar de romerías y pe­regrinaciones cuando las epidemias coloniales devastaron la población indígena del Nuevo Reino de Grana­da en 1587 y 1633. Después se fue afianzando la devoción mariana en el periodo colonial y republicano(1) llegando a cada rincón de nuestro país. Cúcuta, más precisamente, en el Barrio San Luis, no fue la excep­ción y ha contado también con la presencia de nuestra Madre la vir­gen María, plasmada en un hermo­so Lienzo con características espe­ciales(2), llamada con afecto de sus hijos e hijas como la Kacika de Cú­cuta, su presencia nos ha permitido sortear muchas situaciones difíciles, las divisiones entre colonos e indíge­nas razón por la cual llegó el lienzo a estas tierras, el terremoto de Cúcuta, inundaciones y demás. Alrededor de esta devoción mariana se construyó el actual templo neogótico, que se erige como signo de fe y devoción de un pueblo que siempre con sen­cillez acude a María, la madre de Dios para aprender de ella a confiar en Dios y vivir en un proceso perma­nente de conversión.

Con María, nuestra madre del Cielo podemos decir que nos sentimos en la misma barca enfrentando las ale­grías, la penas y las pandemias que el mundo y sus circunstancias nos presentan.

En la misma Barca, con la grata compañía de María, nuestra Madre

El pasado 27 marzo, el Papa Francis­co nos invitó a orar desde el atrio de la Basílica de San Pedro, con el texto de Marcos 4, 35-41 y nos dijo: «Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas pare­ce que todo se ha oscurecido. Den­sas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenan­do todo de un silencio que ensorde­ce y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos.

Al igual que a los discí­pulos del Evangelio, nos sorprendió una tormen­ta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, impor­tantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una úni­ca voz y con angustia dicen: “­pere­cemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.

Las palabras del Papa nos pueden servir para ver, que si bien la Vir­gen María no aparece en la barca del Evangelio de Marcos, si va en la barca de la Iglesia afrontando con nosotros todas las tempestades, por­que es la primera que sabe que hacer cuando en la barca nos encontramos asustados y perdidos, ella es como la estrella de la mañana, porque marca el fin de toda tempestad y las tinie­blas del pecado al tiempo que nos anuncia la serenidad y la calma, era de la gracia que nos da el Rey de la Vida, Jesucristo, Nuestro Señor.

Toda la vida de María está marcada por la fuerte tem­pestad, ver crecer y partir a su hijo Jesús, acompa­ñarlo en su Pasión, verlo crucificado; pero en todas esas circunstancias difíci­les ella siempre confió en el Padre, en su Hijo y se dejó guiar y llenar del Es­píritu Santo, por eso leyó su historia con la confianza puesta en Dios, tuvo la fuerza de salir a servir a su prima Isabel, acompañó a los discípulos a la espera del Espíritu Santo, asumió con responsabilidad, valentía y deci­sión cada paso que dio, fortalecida por la oración.

Conviene hoy peregrinar, remar en la misma barca con María, saber que buscarla a ella es buscar a la que hace posible que el corazón de su Hijo, Jesucristo, nos transforme y nos renueve. Si Cristo tuvo a bien elegirla por Madre, acudimos a ella para decirle que mire la balsa ame­nazada de nuestras vidas, de nuestra Iglesia que con fragilidad se mueve más al ritmo de los temores que de la fe. Ella intercede al Padre por el Hijo para que nos concedan el Espí­ritu que hace que hombres y mujeres sepan decir sí, como ella lo hizo, y confían aun en medio de las situacio­nes más adversas.

Invitarlos a la Basílica Menor de Nuestra Señora del Rosario de Chi­quinquirá, Kacika de Cúcuta, en el barrio San Luis, es invitarlos a ca­minar con quien sabe vencer las ad­versidades, con el silencio que hace nuevas todas las cosas, es avanzar con la Madre que no abandona nun­ca, sirve con alegría, y nos enseña a afrontar las tempestades que ven­gan, incluidas las pandemias, por­que sabe en quien ha puesto su con­fianza. Por eso a ella decimos… ¡Oh Madre! Clemente y Pía, ¡escucha nuestros clamores!

(1) La revista ecuatoriana de historia Procesos en su, n.º 50 (julio-diciembre 2019), presenta un interesante artículo ti­tulado: Una celestial medicina. La Virgen de Chiquinquirá y las pestes de 1587 y 1633 en Tunja, escrito por Abel Fernan­do Martínez Martín, de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia y Andrés Ricardo Otálora Cascante de la Universidad Nacional de Colombia, que bien vale la pena leer.  

(2) El lienzo es de extraordinaria belle­za. El autor era ciertamente un artista y estaba inspirado. Sobre una manta de fibra de algodón, pintada con diversas tierras, aceite de linaza, colorantes de flores y pinceles ordinarios, pintó la Vir­gen del Rosario en colores naturales. La amplia túnica talar es escarlata; con un real manto azul, tachonado de estrellas. La Virgen está de pie sobre la luna y con el niño sostenido sobre el brazo izquier­do de donde pende el rosario. Todo sobre un fondo de nubes y arreboles, en donde emergen querubines y ángeles. Al lado derecho esta San Antonio con un libro de oraciones sobre el cual está el niño Jesús, y una vara florecida de azucenas en el brazo derecho. A la izquierda, el apóstol San Andrés, sosteniendo la inmensa cruz de su martirio en forma de equis; tiene un pez en la mano derecha, que muchos aso­cian a los Panches, un pez que abundo, en otrora tiempo, en el rio Pamplonita.

El sacerdote diocesano Roberto Al­fonso Garzón Guillén fue ordenado el 26 de noviembre de 2016. En el año 2017 ini­ció estu­dios pro­fesionales en Roma, Italia.

Monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid, Obispo de la Diócesis de Cúcuta le propuso estudiar Comunicación Social Institucional en la Pontifica Universidad de la Santa Cruz. Re­cientemente obtuvo su título pro­fesional y se está preparando para regresar al país, con la intención de responder a las necesidades pasto­rales de esta Iglesia Particular.

A su regreso a Cúcuta, pondrá en práctica todas las teorías y técnicas de la Comunicación Institucional al servicio de la Iglesia, teniendo en cuenta la realidad de esta porción del pueblo de Dios.

La Diócesis de Cúcuta invita a los fieles bautizados a elevar sus ora­ciones por el padre Roberto, para que el Espíritu Santo lo ilumine ante los nuevos retos. De igual forma, seguir orando por los sa­cerdotes y seminaristas que aún se encuentran en formación, que sus esfuerzos se vean reflejados en el fruto de sus servicios.

Imagen: Centro de Comunicaciones Diócesis de Cúcuta

Acompañando la difícil situación en medio de la pandemia por la COVID-19, la Diócesis de Cúcuta ha brindado desde el inicio del Aislamiento a la fecha, más de 90.689 mercados completos y 13.185 paquetes con elementos de aseo, y 92 toneladas de alimento a instituciones de caridad.

Siguiendo las orientaciones del señor Obispo de la Diócesis de Cúcuta, Monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid, se han realizado acciones como Iglesia diocesana teniendo en cuenta los principios del Sumo Pontífice, el Papa Francisco, que son: acoger, proteger, integrar y promover.

Una obra que ha sido posible gracias a tantos benefactores que han recibido en su interior el mensaje de vivir la caridad de Cristo.

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