Una señora se acerca a un niño harapiento y descalzo.  El niño entretenido, mira unos zapatos en el vitrinal de un lujoso almacén del centro. Quiere que el Niño Jesús se los regale en Navidad. La dama lo observa detenidamente y luego le toma de un brazo y lo entra al negocio. Le compra tres pares de zapatos y calcetines. Busca un platón con agua y una toalla. Ella misma le lava y le seca los cansados pies. Además de esto, le compra un pantalón y una camisa. Luego despide al niño con un beso y un abrazo. El muchacho más contento que cerdito estrenando lazo, pregunta a la señora: ¿Acaso usted es la mamá del niño Dios? Ojalá que en la frontera se repitiera esta escena. Son muchos los niños pobres que esperan el regalo del Niño Dios. Cuántos papás del Divino Niño pueden sentirse como tales en esta Navidad. Es la manera de vivir el misterio del Señor que llega por los buenos corazones a los necesitados. No nos quedemos con el solo canto de los ángeles o mirando la estrella del Belén. Tampoco nos vamos a contentar con los reyes magos y los príncipes que visitan al niño, con los pastores, ovejas y las pajas del pesebre.  Navidad es algo más. Nos pide una obra y esa acción de Navidad es encontrar al perdido y curar al herido. Navidad nos pide alimento para los pobres y vestido para el necesitado. Una tarea navideña es visitar los enfermos y las cárceles. Ser mensajeros de paz entre los hermanos para que cese la violencia y la corrupción. Obra de Navidad es alegrar los corazones con el canto y la música. Trabajar todos a una por la nación buscando caminos de paz.

La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan 1, 14)

Estos días nos llevan a todos a vivir el espíritu de la NAVIDAD. Es un momento particular en el cual nos encontramos en familia y compartimos momentos de especial alegría y familiaridad. No olvidemos que la Navidad es encontrar a Jesucristo, que nació para nuestra salvación. Celebrar la Navidad es permitirle al corazón la inmensa alegría de recibir la visita de la Vida, la esperanza, la alegría, la luz y la verdad que el Señor nos regala con abundancia.

Es muy humano añorar tiempos de fiesta y de regocijo. En nuestra realidad cultural, este tiempo es de fiesta y, a veces de excesos. Los dolores de cada día deben encontrar, sobre todo en este tiempo, el alivio de la alegría y el ambiente gozoso que produce el encuentro de las familias, la vivencia espontánea y reconfortante de las tradiciones que en estos días nos animan y fortalecen. Compartimos muchas cosas, alimentos, regalos, momentos de encuentro, a veces con demasiado ruido que no nos permite escuchar y vivir el sentido de este tiempo de gracia.

Nuestras tradiciones navideñas evidencian la fuerza y la hondura de los procesos de evangelización que han grabado en el alma de la cultura la presencia del Señor en su nacimiento, el reencuentro de los hogares, la experiencia maravillosa de orar alegremente delante del Portal de Belén, “admirable signo” como lo llama el Papa Francisco en su última Carta Apostólica, porque nos presenta la bondad de Dios y la cercanía de su amor en la persona de su Hijo, Señor nuestro y Dios de todo consuelo, que llega al corazón de quienes lo aguardan con fe. Este tiempo tiene que ser espacio de profunda vida espiritual.

Debemos retornar a la identidad cristiana de estas fiestas, a la alegría que cada mañana nos proporciona acudir a la Novena de Navidad llenando la alborada de cada día con el canto de la esperanza de un pueblo que sigue diciéndole al Señor: ven, no tardes tanto.   Las celebraciones de la Novena, en las primeras horas del alba, conservan ese profundo sentido espiritual de la Navidad.

Volvamos a Dios, volvamos a Belén, abramos la puerta del corazón al Señor. Oremos juntos en las casas, en el trabajo, en la vida pública que, por fortuna, aún conserva la dicha de recordar con tantos signos la encarnación y el nacimiento del Salvador.

Recojamos la herencia de dulzura, de esperanza, de bondad gozosa que se vuelve caridad, fraternidad, alegría iluminada por el Señor que comparte nuestra historia, que la llena de vida y de paz, justamente cuando cruzamos diariamente la mirada y la vida con tantos sufrimientos, con tantas expresiones de soledad, de desarraigo, de desesperación. Recordemos en estos días a los que sufren, a los enfermos, a los tristes, a los que están en la cárcel.

No perdamos de vista el ejercicio gozoso de la misericordia que nos permite compartir con los necesitados, ayudar a los que necesitan una voz de aliento en estos días en los que se añora la patria, la familia, la paz que el mundo aguarda y que tenemos que seguir construyendo con la fuerza de la justicia y de la fraternidad.

Sintamos que es preciso saber que la Navidad con sus luces, colores, alegrías, debe ser el reflejo de una comunidad que crece en humanidad, que hace suyo el camino que Jesús también recorrió al poner su vida, su amor, su tienda entre nosotros.

En Belén, encontramos la LUZ de los pueblos, a Cristo que viene a iluminar a los pueblos que caminan en oscuridad. El humilde y alegre hogar de Jesús, de María y de José, nos ayude a celebrar la esperanza y a vivir estas fiestas con sinceridad, con misericordia, con generosidad.

No olvidemos que no sólo debemos pedir, hay que dar gracias por tantas bondades, por ser Iglesia viva que camina con todos y que a todos anuncia el amor y la esperanza. No dejemos que empiece el año nuevo 2020 sin pedirle al Señor que nos asista con su amor, que nos regale la fe de María, la bondad de San José, la paz que irradia el Niño que, por nosotros bajó del cielo y se hizo hermano de quienes le acogen con sencillez y alegría.

Feliz Navidad para todos los queridos lectores de LA VERDAD, los mejores deseos y bendiciones de Dios para el año 2020.

¡Alabado sea Jesucristo!

Un joven discípulo del sabio filósofo Holdim llega a casa de  éste y le dice: “Vea, gran maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti muchas barbaridades, cosas muy feas. Vengo con mucha rabia a contarte”. Espera un momento joven, le dice el sabio. ¿Ya has hecho pasar por las tres rejas lo que me vas a contar? -¿Cuáles tres rejas? La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que me quieres decir es absolutamente cierto? - Pues no, lo oí comentar a unos vecinos más chismosos y peligrosos que bizco con rifle. Replica el sabio: “o al menos lo que vas a decir, ¿lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad? ¿Eso que deseas decirme es bueno para alguien? -No señor, en realidad es malo y más peligroso que peluquero con hipo.  A lo que concluye Holdim: “Ah, vaya, la última reja es la necesidad.  ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto de inquieta?” -Pues no, maestro. No es ni pizca de necesario.  “Entonces mi querido joven”, dice el sabio sonriente y festivo, “si no es verdadero, ni bueno, ni necesario vaya con ese cuento más allá de la frontera. Enterremos todo aquello que huela a chisme y librémonos de  las lenguas viperinas. No olvides que más vale hueso roto que velorio con tamales”.

La bondad del Papa Francisco y su constante cuidado por la Iglesia que peregrina en Cúcuta, puerto de la esperanza para tantos hermanos, y casa de comunión y de evangelización, nos ofrece ahora un signo de especial afecto: El Título de Basílica Menor para una Iglesia muy nuestra, la Casa de la Virgen de Chiquinquirá, la Kacika, fue proclamado el 7 de octubre de 2019, con una Carta Apostólica, el Breve Pontificio, firmado por el Cardenal Robert Sarah en nombre del Santo Padre.

La palabra “basílica” proviene del latín basílica, que deriva del griego basiliké que significa “casa real”. En los tiempos del Imperio Romano, las basílicas eran edificios desde donde se ejercía la justicia o se administraba la sociedad en nombre del Emperador. Cuando cesaron las persecuciones, cuando la libertad religiosa, primero, y luego las distintas concesiones imperiales abrieron al culto cristiano algunos espléndidos espacios, el título de Basílica le fue dado no solo al lugar sino a la experiencia de reconocer que el Señor resucitado, glorificado y reinante es el verdadero Señor, al que celebran los creyentes reuniéndose en su nombre, escuchando su Palabra, viviendo la comunión.

La Kacika, título tan popular, define la presencia y el amor de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá por sus hijos aquí en esta tierra bendita en la que, la protección de nuestra Señora recibe como respuesta el amor fervoroso de sus hijos que la han engalanado con detalles de fe y de piedad y le han edificado una casa que ahora se llama Basílica no sólo porque allí es honrado el único Señor y Rey, sino porque el pueblo santo, pueblo de reyes, puede encontrarse con su Reina, La Señora de Casa, la Madre bondadosa que desde remotos tiempos es faro de luz y de esperanza para su gozosos hijos.

Ahora la Basílica debe ser un centro de evangelización en el que se siga proclamando la fe, en la que el Magisterio del Papa sea luz para el camino espiritual, en la que los distintos servicios apostólicos nos recuerden que somos una Iglesia dinámica, una familia que,  aún en medio de las no pocas contingencias de la historia, sigue caminando en la fe y en la esperanza, sigue proclamando el Reino de Jesucristo, la gloria de la Trinidad, la amorosa intercesión de la Madre del Salvador.

Las Basílicas Menores se distinguen con unos signos: Un escudo de que pende una campanita, recordándonos que el Sello del Papa, las llaves que Jesús le confió a San Pedro, siguen abriendo no sólo las puertas del Reino, sino también las puertas del corazón solidario y fraterno en el que todos encuentren paz y alegría.

También se pone en las Basílicas una ‘Umbrela’, una especie de gran quitasol, que en sus colores oro y rojo indica la unión de gloria y caridad con las que la Iglesia cubre amorosamente la vida de sus hijos y la protege y cobija con la amorosa bendición de Dios.

En las Basílicas ha de celebrase siempre el culto con especial dignidad, es decir, se ha de vivir la liturgia como expresión de la fe y revelación armoniosa de la vida eclesial que congrega, evangeliza, glorifica y sirve con amor fecundo y con gozosa alegría todo el amor de Dios.

En Norte de Santander es la primera Iglesia que recibe este título, pero el título no sólo dice que la Iglesia de san Luis es la Casa del Rey sino que todo el Pueblo de Reyes que allí se congrega, es una familia de hermanos que tiene en La Reina Chiquinquireña de Cúcuta, la dulce madre que lidera y acompaña el camino de todos.

¡Alabado sea Jesucristo!

Viene bien la anécdota del gran Abraham Lincon a propósito de la contienda electoral que terminó.  La contó a ciertos postulantes para cargos públicos.  Un rey que deseaba salir de casería preguntó a su primer ministro si iba a llover.  El ministro le dijo que no, pues el tiempo era bueno.   Salió el rey con su partida de caza y en el camino halló un campesino que montaba su burro.  Este le advirtió al rey que pronto llovería a cántaros.  El rey río de la ocurrencia de su vasallo, pues contaba con erudita opinión de su meteorólogo ministro.  A poco, sin embargo, se desató el aguacero y el rey y su comitiva se empaparon.  Al llegar al palacio, el rey  destituyó al primer ministro  y en su lugar nombró al campesino.  ¿Dime como supiste que iba a llover? Preguntó el monarca al nuevo ministro y éste le respondió: el burro me lo dijo: levanta las orejas cada vez que se avecina una tormenta.  El rey despidió al campesino y nombró en sus funciones ministeriales al burro. Aquí fue donde el rey cometió un error, dijo Lincon.  ¿Por qué? Preguntan los que iban en busca de nuevos cargos.  Porque desde ese momento, concluyó el libertador de los esclavos negros, los burros se sienten capaces de desempeñar altos cargos públicos.  Sobra comentar que los aspirantes salieron con las orejas gachas y más aburridos que banqueros contando plata.

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