San Antonio de Padua es el santo de los milagros, de acuerdo con la devoción popular, pues encuentra buen marido a la joven casadera que no lo halla y descubre las cosas perdidas a sus devotos; pero mil veces mas importante que todo esto es el testimonio que, durante su vi-da, brindó a los fieles, un testimonio de plena entrega a' servicio del Evangelio.

Fernando tal era su nombre de bautismo nació en la ciudad de Lisboa, en Portugal. Apenas cumplidos los quince años, resolvió seguir a Cristo en la orden de los Canónigos de San Agustín, con quienes se inició en la vida religiosa, hizo sus votos y finalmente se ordenó sacerdote.

SAN ANTONIO DE PADUA, fraile franciscano, Doctor de la Iglesia, 1195-1231El año de 1220 pasaron por su monasterio de Coimbra algunos franciscanos que llevaban consigo las reliquias de sus primeros mártires, sacrificados para el Señor en Marruecos. Fernando se sintió electrizado al contemplar aquellos sangrientos restos. Pidió y obtuvo pasar a la orden recién fundada (1209-10) por Francisco de Asís. Logró asimismo ir desde luego a misio-nar al norte de África. Más apenas llegada a las costas africanas, enfermó gravemente. Se vio forzado a emprender el viaje de regreso a su patria; pero la nave que lo llevaba a Portugal, sor-prendida por furiosa tempestad, fue a dar a las costas de Sicilia. El buen' clima de la isla devolvió la salud al fraile Antonio, que tal era el nombre que había recibido al revestir el sayal franciscano.

Pronto pudo emprender el viaje hasta Asís, donde Francisco, el Pobrecillo de Cristo, celebraba capítulo general.

Antonio fue entonces destinado a morar en el eremitorio de Montepaolo, cerca de Forli. Allí vivió en retiro, entregado a la contemplación y al estudio, hasta que un buen día predicó de repente, por obediencia, sin previa preparación, un sermón tan rico en doctrina y tan con-movedor que al punto los superiores lo destinaron a la predicación.

Antonio, desde entonces (1224), recorrió la Italia central y septentrional, así como parte de Francia, provocando numerosas conversiones. Antonio no vivía para si, sino para socorrer con la palabra viva del Evangelio a toda clase de cristianos. Su palabra, como la de san Pablo, no era según la humana sabiduría, sino que se fundaba sobre el poder de Dios (1 Cor 2, 5), quien confirmaba sus discursos con espléndidos milagros. El pueblo se agolpaba en tomo a su púlpito en dondequiera que predicaba.

Los demás predicadores le rogaron que pusiera por escrito sus sermones en provecho propio y del pueblo. Antonio no pudo negarse a prestar este servicio y, robando el tiempo al sueño y al necesario descanso, compuso dos gruesos volúmenes de sermones saturados de la palabra de Dios. El papa Gregorio IX, al oírlo predicar, exclamó: "Antonio es el arca del Viejo y del Nuevo Testamento".

El predicador brillaba, además, por su admirable prudencia, por lo que fue elegido provincial de los franciscanos de la Italia septentrional; él aceptó ese puesto para imbuir más y más a sus hermanos en el santo Evangelio, trabajando en ello sin darse punto de reposo.

La frágil salud de Antonio no pudo resistir tan abrumadoras fatigas y, el 13 de junio de 1231, cuando apenas contaba unos 36 anos de edad, rindió su espíritu al Señor.

Un año más tarde el ya citado Gregorio IX lo canonizó solemnemente en vista de los continuos milagros que después de su muerte el Señor obraba por su intercesión. Su fama continuó creciendo a lo largo de los siglos y el año de 1946, el papa Pío XII le concedió el título de Doctor Evangélico, que resume la vida del gran taumaturgo: vivir y enseñar el Evangelio.

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