Por: Pbro. Jesús Alberto Esteban Robles.

Foto: Centro de Comunicaciones Diócesis de Cúcuta

Seguramente una gran mayoría tenemos en nuestros recuer­dos de niños la experiencia de ser levantados el domingo para ir a Misa, y es que no era tan fácil des­pertarnos temprano el día en el que pensábamos que sería la oportuni­dad para dormir más, ir de paseo, a la casa de la nona para el almuerzo familiar, o simplemente inventarse alguna cosa para no salir de casa; en estas circunstancias, ir a Misa resultaba ser una obligación. Sin embargo, con el paso de los años comprendemos que existen razo­nes para asistir, especialmente el día del Señor (domingo). Cuando hablamos de razones queremos sa­ber qué beneficios nos trae y eso es lo que les quiero compartir.

Razones para ir a Misa 

  1. Hará posible el encuentro con el Señor, ¿para qué? Para re­cibir el perdón de nuestros peca­dos y tener paz en nuestro interior. Para escuchar su Palabra que nos orienta mejor la vida, porque un texto de las Sagradas Escrituras bien escuchado y una predicación por parte del sacerdote bien pre­parada, puede ayudarnos mucho en la toma de una buena decisión. Dios Padre a través de la Eucaristía nos da a su Hijo que nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre, prenda de salvación para la vida eterna, y nos da también su Espíritu que nos ilumina y aconseja. Al final de la Misa siempre hay una bendición para nosotros y también para los que quedaron en casa, porque lo que Dios nos regala es para que lo compartamos con los demás. 
  1. Nos libera de las tensiones, porque todos nuestros problemas y dificultades puestos en manos de Dios tienen solución. Bien sabemos que Él sí puede hacer lo que noso­tros no podemos y lo hace siempre mirando dos cosas: nuestra salva­ción y nuestra felicidad. Por lo tan­to, la confianza queda fortalecida y eso da mucha tranquilidad. 
  1. Nos da la oportunidad de encontrarnos con familiares y amigos. Si bien es cierto que al Templo no se va a “cuchichear”, no obstante, ver a las personas que amamos nos llena el alma de bue­nos sentimientos y por lo tanto, en nuestro comportamiento tendre­mos mejores actitudes. La alegría que da la experiencia de vernos, encontrarnos, darnos un saludo cargado de afecto, hablar un poco y pedir oraciones mutuas, proporcio­na a la vida fortaleza y esperanza. El Papa Francisco reitera siempre la necesidad de recibir y dar a todos la alegría que le es pro­pia a la vida cristiana, porque en el camino de la salvación no vamos solos, por el contrario, caminamos juntos. 
  1. Estimula la cari­dad. Al darnos cuenta de la historia de la salva­ción y de los esfuerzos que ha hecho Dios para acercarnos y participar­nos de su propio ser al haber enviado a su Hijo Jesucristo, quien ha sa­bido compadecerse del que sufre, del enfermo, del marginado y ex­cluido, necesariamente surgirán en nosotros sus mismos sentimientos. Constantemente aparecen personas que abogan por la defensa de la ecología, los migrantes, los niños y sin embargo, muchos de ellos no son cristianos. Por lo tanto, resulta­ría más obvio que los creyentes en Cristo que participan de su Palabra y que comulgan con su Cuerpo y su Sangre, estarían mejor dispuestos para esto, pero, bien sabemos que debemos seguir haciendo esfuerzos para dar un testimonio eficaz. 
  1. Nos ayuda a orar mejor. Los catequistas deben tener un conoci­miento de la fe y de la práctica de la oración en los niños y jóvenes, porque en las casas se ora poco o nada. Todos sacamos excusas a la hora de orar, incluso personalmen­te, porque necesitamos tiempo para trabajar, los quehaceres, estudiar o descansar. Por eso, cuando estos grupos se organizan cada año en las parro­quias para preparar los sacramentos de la Eucaristía o la Confir­mación, la Misa domi­nical, se convierte en el espacio privilegiado para conocer al Dios verdadero que disfruta de la compañía de los seres humanos y goza cuando se comunican con Él. La oración es una fuente que brota del creyente que asisti­do por el Espíritu Santo reconoce que su vida depende del saber amar y sentirse amado por Dios. En la Misa, los himnos, cantos y aclama­ciones expresan a Dios una perfec­ta alabanza, porque no son el fruto de un invento improvisado sino de la dedicación y el cuidado que ha tenido la Iglesia por mantener la comunión. El rito es el vehículo de esta alabanza de comunión y de él se hacen auténticas “católicas” to­das las demás expresiones de ora­ción personal y comunitaria. 
  1. Nos hace experimentar el gozo de la unión del cielo con la tierra. En ella oramos por nues­tros hermanos difuntos, los enco­mendamos al amor misericordio­so de Dios para que los perdone y los reciba en su casa. El amor que les tenemos se mantiene íntegro y fortalecido en la esperanza de no­sotros también llegar a compartir con ellos el cielo para siempre. Por esto, reflexionamos en la conme­moración de los santos, cómo hom­bres y mujeres que han alcanzado el gozo perfecto de la familia de Dios, nos estimulan con su ejemplo y nos ayudan con su intercesión. 
  1. Nos recuerda que tenemos una Madre, María. Ella, unida es­pecialmente al sacrificio de Cristo en la Cruz, nos sostiene a todos en nuestras dificultades con su inter­cesión y con su ejemplo, porque es la mujer valiente que ha dicho sí al proyecto de Dios, asumiendo con amor fiel todo lo que Él implica. La Santa Misa es la mesa servida para los hijos de los cuales ella es Ma­dre y así como en Pentecostés unió sus oraciones a las de los Apósto­les, se une a las nuestras y las pre­senta para que sean escuchadas y favorecidas por su Hijo que con­tinúa haciendo el milagro de Caná de Galilea, convirtiendo el agua en vino, asegurando de este modo la verdadera alegría para su Iglesia. 

Vayamos a Misa, Jesús nos espera.

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