Por: Monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid, Obispo Diócesis de Cúcuta

«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado» (Jeremías 1, 5).

La vida humana es sagrada siempre, toda, en todas partes, para todos. Aparece nue­vamente en el horizonte de nuestra comu­nidad el delicado tema de la VIDA HU­MANA. En el mes de octubre de 2019 se presentó por parte del Ministerio de Salud y Protección Social, el proyecto de una re­solución sobre la “Interrupción Voluntaria del Embarazo” -que no es otra cosa que el aborto- en Colombia, mostrado antes de su firma a la comunidad. También en el Con­greso se ha expuesto y aprobado en primer debate, un proyecto de ley que reglamen­ta la eutanasia, que no es otra cosa que un atentado a la vida humana. Por su parte, la organización Profamilia, ha solicitado recientemente a la Corte Suprema de Jus­ticia, legalizar el aborto en Colombia. Se pone pues ante nuestros ojos un delicadísi­mo tema, el irrespeto y el ataque a la vida humana desde sus primeros momentos de existencia -la concepción- hasta su término natural con la muerte.

La humanidad, sobre todo en las últimas décadas, tiene una rara tendencia al des­precio de la vida. Esta es una constante que ha ido creciendo progresivamente. También entre nosotros, se ha abierto esta puerta con algunas sentencias de la Corte Constitucional, despenalizando el aborto y abriendo la puerta para su realización. Jus­tamente cuando los adelantos de la ciencia han descubierto la admirable maravilla de la vida humana en todas sus facetas, se ge­nera un movimiento que ataca y destruye la grandeza de la existencia humana, que nie­ga el derecho natural a la vida, que atenta contra los que empiezan o contra los que, por una u otra razón, están ante el drama de la muerte, pretendiendo legislar y nor­mativizar acerca de un derecho inalienable e indeclinable como es el de la existencia.

Es oportuno que nosotros, como católicos, reflexionemos profundamente sobre este tema, que es fundamental y toca lo más sagrado de la existencia humana. Todos, tendríamos que entrar profundamente en el misterio de la vida, de sus fundamentos y realidades, en la dimensión de profundo valor que posee y, sobre todo, entrar cla­ramente en su defensa. Se está tocando lo más fundamental de cuanto el hombre tie­ne, como regalo del Creador.

La esencia misma de la fe, la misma na­turaleza humana nos pide defender la vida en su totalidad. En la Sagrada Escritura encontramos claramente el precepto de Dios: “No matarás” (Éxodo 20, 13). El Ca­tecismo de la Iglesia Católica nos enseña: “La vida humana ha de ser tenida como sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permane­ce siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de ma­tar de modo directo a un ser humano inocente” (Número 2258).

Los primeros cristianos, des­de los primeros años, entra­ron claramente a defender la vida humana, respetando este don de Dios. Incluso, en la primera litera­tura cristiana, al comenzar la predicación del Evangelio, se nos ofrecen ejemplos de esta defensa autorizada de la vida en su origen mismo. En los dos primeros siglos encontramos esta enseñanza: «No matarás el embrión mediante el aborto, no darás muerte al recién nacido» (Didajé, 2, 2; cf. Epistula Pseudo Barnabae, 19, 5; Epistula ad Diognetum 5, 5; Tertuliano, Apologeti­cum, 9, 8). Estas referencias no son única­mente una erudición, nos muestran que la lucha por la vida y su defensa hacen parte de la doctrina misma de los Santos Padres.

Nos extraña profundamente que el mis­mo Estado, en sus autoridades del poder ejecutivo y del legislativo, tome estas de­cisiones que atentan contra la persona hu­mana. Es claro que nuestra Constitución, respeta claramente la vida (Artículo 11 de la Constitución) el mismo que argumenta ampliamente la defensa de la vida, que en muchísimos apartes de la Constitución se defiende la existencia humana. Es do­loroso, y creo que contra el espíritu de la misma y de los constituyentes, que se vaya abriendo la puerta a un ver­dadero crimen agravado por la plena convicción que dicen tener quienes pro­ponen la destrucción de la vida, argumentando que la vida puede ser interrumpida, tanto en el momento mismo del nacimiento, como ter­minarla antes de su término natural.

La gravedad del deseo de reglamentar lo que en mala hora fue aprobado por per­sonas que, sobrepasando los límites de la autoridad, permitieron la práctica del aborto, instruyendo sin cansancio sobre la necesidad de generar leyes en las que se termina abusando de la propia libertad, de la libertad de los demás, de la libertad de la criatura que se está formando y que está en estado absoluto de indefensión.

La Iglesia, Madre solícita, tiene el deber y la obligación de enseñar y actuar, por lo que nos enseña en la ‘Instrucción Donum Vitae’: “Cuando una ley positiva priva a una categoría de seres humanos de la protección que el ordenamiento civil les debe, el Estado niega la igualdad de todos ante la ley. Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los derechos de todo ciudadano, y particularmente de quien es más débil, se quebrantan los fundamentos mismos del Estado de derecho El respeto y la protección que se han de garantizar, desde su misma concepción, a quien debe nacer, exige que la ley prevea sanciones penales apropiadas para toda delibera­da violación de sus derechos” (Congre­gación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum Vitae 3).

Por ello, los estados no pueden, por princi­pio, negar el común criterio de defensa de la vida, legislando acerca de cómo supri­mirla, extinguirla, suspenderla, negarla. Las leyes emanadas en tal sentido, incluso las propuestas que permitirían el aborto, son intrínsecamente lesivas de la dignidad humana, ya que no pueden destruir lo que dicen defender, ni negar el derecho a vivir especialmente a los más vulnerables.

El ABORTO, incluso si le cambian el nombre o definición a esta acción inhu­mana, es un homicidio en toda su reali­dad, agravado porque se comete contra quien no se puede defender y porque una legislación que va contra el principio fun­damental de la vida, contra la vida misma, no es humana y pierde todo el sentido de su autoridad al propiciar la muerte, el do­lor y la negación de la vida misma.

La EUTANASIA, el suicidio asistido, es un atentado a la vida humana, una nega­ción del derecho fundamental a la vida, que tiene cada persona y que es inviola­ble.

Con estas decisiones se está destruyen­do y atacando algo que es fundamental para los derechos de la persona humana, su derecho fundamental a la vida y a la existencia.

No dejemos de pensar en la belleza de la persona humana, en la ternura de un niño, en la bondad y alta carga ética de valor de la vida humana. Somos hoy muy sensi­bles a los derechos de la persona humana, decimos todos defenderlos y promover­los. Empeñémonos todos en la defensa de la vida humana en todos los momentos de su existencia. 

Gritemos y manifestemos claramen­te nuestra posición, con un ¡SÍ A LA VIDA!

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