Por: Elkin Ardila. Seminarista

Padre Teófilo: ¡Hola, queridos amigos! Con esperanza anunciamos a Jesucristo, por eso les invito a que en este mes de noviembre meditemos en esta hermosa virtud, pues como nos lo dice el Papa Francisco: “Vivir en esperanza es caminar hacia un premio, hacia la felicidad que no tenemos aquí pero que la tendremos allí, en el cielo. Es una virtud difícil de entender. Es una virtud humilde, muy humilde. Es una virtud que nunca decepciona: si tú esperas, nunca serás decepcionado. Nunca, nunca”. Recuerden amigos, el que espera en el Señor, nunca será defraudado.

Liturgia

XXXI Domingo del Tiempo Ordinario

Hoy el Señor nos llena de esperanza a través del mensaje ofrecido en la liturgia de la Palabra, el encuentro íntimo con Cristo transforma la vida de las personas y despertando su conciencia les hace ver sus faltas, levantándose así del fango del pecado, para vivir en la justicia y la verdad. Es el caso de Zaqueo, el personaje que encontramos en el Evangelio de San Lucas, quien al querer ver a Jesús busca los medios que están a su disposición, siendo así que al verse ante la dificultad del gentío y su baja estatura  no se da por vencido y subiendo a un árbol le guarda, recibiendo como respuesta su mirada salvadora y posteriormente la invitación a bajar para que pudiera quedarse en su casa; hecho que dividiría en dos la vida de aquel jefe de publicanos. Hoy muchos de nosotros que tenemos fe, anhelamos un cambio definitivo en nuestra vida, pero muchas veces no estamos dispuestos ni a esperar pacientemente, ni a dar nuestra parte; nos desanimamos fácilmente al no encontrar respuestas de parte del Señor y casi siempre nos desesperamos al no conseguir lo que queremos. El Señor nos invita a quitar tantas distracciones e ídolos que nos impiden recibir la gracias que Él en su misericordia está dispuesto a darnos, nos pide insistencia y constancia sobre todo en la oración, creyendo a las palabras del Evangelio que nos dice: “el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido” Lc 19,10.

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario

La alegría y la esperanza de ser constantes en nuestra vida espiritual radica en saber que nosotros no somos ni estamos para este mundo terrenal, sino que gracias a la obra salvífica de Cristo estamos llamados a la vida eterna, en la cual estaremos con el Señor gozando de su gloria; de esta manera, nuestro Dios no es un Dios de muertos sino de vivos; la muerte aunque aparentemente pareciese que tiene la última palabra, en realidad no puede determinar nuestro fin, pues ésta ha sido ya vencida en la Cruz por nuestro salvador Jesucristo, el cual nos ha dado ejemplo y nos ha mostrado lo que es realmente importante para el ser humano, es decir: la salvación, el Reino de los cielos.

La Resurrección es entonces nuestra esperanza, por ello el Señor nos pide el no tener miedo de aceptar los sacrificios que esta vida humana nos presente, debemos más bien tener espanto y repulsión hacia el pecado, el cual es como un veneno que puede llegar a provocar nuestra muerte eterna. La primera lectura es puntual cuando nos dice: “vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará” Ma 7,14; y Santo Domingo Savio por su parte siempre repetía como jaculatoria: “prefiero morir antes que pecar”. Que nuestra meta sea siempre la vida en Cristo, renunciando cada día a las seducciones que el mundo engañosamente nos presenta.

#AprendoLiturgia

La Liturgia de la Eucaristía

En la Misa, a la liturgia de la Palabra – en el Ambón - le sigue la Liturgia de la Eucaristía – en el Altar- . La Misa arranca de la Última Cena de Jesús con sus discípulos. De entre las cosas preparadas para aquella Cena, Cristo tomó en sus manos el pan y el cáliz con vino, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed… y luego bebed… De ahí que la Iglesia haya ordenado la celebración de la Liturgia Eucarística de la Misa siguiendo las mismas palabras y gestos de Jesús.

Ahora la Comunidad cristiana que participa en la Misa:

  • En la “Presentación de ofrendas” prepara el pan y el vino.
  • En la Plegaria da gracias al Señor, el cual se hace verdaderamente presente en su Cuerpo y Sangre.
  • Parte el pan.

Se invita a la Comunión.

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