Por: Pbro. Juan Carlos Lemus, párroco de Nuestra Señora de Guadalupe.

Todos buscamos siempre re­ferentes para que nuestra vida sea aceptada, bien vis­ta por los demás, por eso hoy nos detendremos, al inicio de un mes dedicado a profundizar en la vir­gen María. Ella Madre de Dios, Esposa del Espíritu a quien reco­nocemos como un auténtico mo­delo de virtudes.

La fe

En María existió perfectamente la disposición en su alma para cono­cer la fe. Es mujer de esperanza y de mucha caridad, es decir en ella se engendra fecundamente las virtudes teologales. María se hizo disponible al Espíritu, como hu­milde sierva de Dios (Lc 1, 38).

María cree en Dios y le muestra fe absoluta: “Hágase en mí según tu palabra” Lc 1,38. A través de esta virtud, María reconoce que es Dios quien hablaba en su corazón. Ella atesoró en su Inmaculado Corazón las enseñanzas de su hijo Jesús, que eran buenas y ciertas porque venían de Dios.

María tiene fe y acepta la pala­bra de su Hijo Jesús, la entiende y confía en ella, conoce que su hijo es honesto y veraz, porque su palabra es verdad absoluta y reco­noce en su hijo la autoridad para decirla, “Hagan lo que él les diga” (Jn 2, 5).

Cuando María va a visitar a su prima Isabel, ella le responde a su saludo: ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las pro­mesas del Señor! (Lc 1,45). María cree y acepta con fidelidad a Dios, su vida un camino de fe donde mantuvo la unión con su hijo has­ta la cruz donde vive el misterio Pascual de su hijo Jesucristo. María no solo creyó, sino que supo distinguir cuál era la volun­tad de Dios. Por esta fe fue llama­da María dichosa por el ángel.

En este mes de María, es nues­tro compromiso cada día en vivir como Ella, escuchando la Palabra con fe, respondiendo con la con­versión y haciendo siempre lo que Él nos dice.

La esperanza

De la fe nace la esperanza. Dios nos ilumina con la fe para conocer su bondad y disfrutar de sus pro­mesas; María tuvo la esperanza en grado máximo, la cual le hacía proclamar con David: “Mas para mí, mi bien es estar junto a Dios. he puesto mi cobijo en el Señor” (Salmo 72, 28).

Esta virtud ha vivido en ella, sin­tiendo en sí, la posesión de Dios. María reconoce en la esperanza el deseo de la vida eterna. A través de su experiencia personal nos motiva a conocer la virtud de la esperanza, necesaria para nuestra salvación.

La Santísima Virgen María es una mujer de mucha esperanza que se nos muestra feliz de descubrir a Dios presente en la historia de sal­vación de los hombres, de ahí Ma­ría en su canto jubiloso proclama en el himno del Magníficat, “pro­clama mi alma la grandeza del Se­ñor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador” (Lc 1,46-47).

La Virgen María representa la es­peranza de sus hijos, aquellos que están sometidos a la injusticia, a la marginación; los humildes, y aquellos que en este tiempo de pandemia se sienten solos, des­consolados, afligidos por el temor a ser contagiados y contagiar a los demás. Es así como María, la Madre de Jesús, nos enseña que la esperanza es necesaria para alcan­zar la salvación.

En este mes alimentemos la es­peranza cristiana que es vivir la esperanza en la promesa de Aquel que nos ha amado hasta el extre­mo. Se trata de enfrentar los dolo­res y pruebas de cada día sabien­do que la cultura de la muerte, el mal, la injusticia y el sufrimien­to no tienen la última palabra ya que Cristo ha vencido al mundo. En efecto si crecemos en nuestro conocimiento y amor al Señor lo­graremos alcanzar en nuestra vida la gran consoladora virtud de la esperanza. Mantengamos, pues, nuestra mirada en el Cielo.

La fe y la esperanza no tienen ningún sentido si no desembocan en el amor sobrenatural o cari­dad cristiana. Por la fe tenemos el conocimiento de Dios, por la esperanza confiamos en el cum­plimiento de las promesas de Cristo y por la caridad obramos de acuerdo con las enseñanzas del Evangelio.

La caridad

En María encontramos un modelo de la caridad al mostrarse como una persona que ama a Dios so­bre todas las cosas y lo hace por sí mismo y sin ningún interés. María santísima vivió la caridad unida al misterio pascual de nuestro señor Jesucristo con un amor cada vez más caritativo.

María es para la Iglesia modelo de caridad, su disponibilidad hacia su prima Isabel donde visitándola no solo le llevó ayuda material, sino además le llevó a Jesús, quien ya vivía en su vientre. Llevar a Jesús en dicha casa significaba llevar la alegría, la alegría plena.

La Virgen María es nuestra gran motivación para abrirnos con el corazón a las virtudes que ella po­see, nos motiva con su ejemplo, a llevar en nuestras vidas, la caridad y el amor de Jesús.

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