Por: Monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid, Obispo de la Diócesis de Cúcuta.

Con especial amor y mo­vidos por la experiencia sencilla de la fe que dis­tingue a nuestro pueblo, cada año se celebran en la Iglesia dos mo­mentos singulares en los que se re­cuerda lo que litúrgicamente se vive de modo especial el Viernes Santo cuando se venera la Cruz de Jesús.

En la Solemne Acción Litúrgica, cuyo origen se remonta a los prime­ros siglos de la Iglesia en Jerusalén, la Iglesia canta a la Cruz como signo salvador y como trono glorioso en el que Jesús reina y vence el pecado y la muerte. Himnos, palabras inspira­das, apartes de la Sagrada Escritura le dan a aquel momento una nota de altísimo valor espiritual y teológico, admirablemente expresado en pala­bras y gestos llenos de belleza y de significado.

Sin embargo, la Iglesia quiere seguir manifestando su amor por la Cruz, a la que saluda: ‘ave spes única’ (sal­ve única esperanza) y retoma de las tradiciones orientales dos momentos que se celebran de diverso modo.

Un primer momento es la celebra­ción de la Invención de la Santa Cruz. La palabra latina ‘inventio’ se entiende aquí como el recuerdo de un momento lleno de piedad en el que se cuenta que las reliquias del Madero Santo fueron encontra­das por Santa Elena en Jerusalén. La tradición cuenta que en las cercanías del Santo Sepulcro, en las minas que habían hecho la provisión de las pie­dras para el templo, fue encontrada una cruz con el “Titulo” de Jesucris­to en la Cruz ‘Iesus Nazarenus Rex Iudeorum’ y que por los portentos y milagros que obró este leño santo, fue venerada con piedad desde ese tiempo.

Esta fiesta se relaciona con una cele­bración precristiana que izaba en el mes de mayo unos árboles adornados con guirnaldas como signos de vida. Esta costumbre alcanza sus más be­llas expresiones en la Cruz de Mayo en Andalucía, España. Todavía son muchas las cruces que se levantan en las montañas de la región andina, adornadas de flores y que presiden los campos. De allí llega hasta noso­tros aunque entre nosotros, se suma a la costumbre de adornar la Cruz una oración precedente en el tiempo: la invocación del Nombre de Jesús. Devoción que proviene de la cate­quesis y tarea apostólica de San Bernardino de Siena en el Mar Tirreno italiano, y que se difundió por todo Europa y llegó hasta noso­tros (se reza el nombre de Cristo, como lo hacían los musulmanes con el nom­bre de Alá, 33 veces, en una cuenta de 33 los nom­bres santos dados al Altísi­mo por los musulmanes).

Así, entonces, la tradición sencilla y expresiva del pueblo fiel, adquirió una altura litúrgica especial, día y fiesta, memoria y signos que com­binan tradiciones y nos ofrecen una fiesta litúrgica que estuvo en el Mi­sal Romano hasta antes del Concilio Vaticano y que luego se fundió con la que terminó prevaleciendo en la liturgia universal que se concretaba en una segunda fiesta, la Exaltación de la Santa Cruz que tiene lugar el 14 de septiembre, quedando esta última inscrita en el Calendario Uni­versal.

El Calendario Litúrgico de la Iglesia en Colombia ha querido conservar la tradición popular de la primera fies­ta, La Invención de la Santa Cruz. Bellísima fiesta, memoria entrañable que nos conec­ta con la misma tarde del Calvario pero revestida de la luz pascual. Por eso la Cruz, adornada con flores del campo, iluminada con amor, esta revestida con el blanco sudario que anun­cia que el Señor que en ella murió, ha resucitado, y rei­na glorioso.

Pero el pueblo fiel, siempre tan hon­do en sus sentimientos, quiso poner junto a la Cruz no solo los entraña­bles recuerdos de la Pasión de Je­sús: la lanza, la esponja, la escalera, sino también una especie de súplica humilde y confiada representada en algunas semillas de alimentos. Tra­dición que hace parte de nuestra pie­dad popular, profundamente enraiza­da. Es el anhelo inocente y puro de que no nos falten por bondad de Dios el pan de la esperanza y el pan ma­terial de cada día. Existe la certeza infalible de la fe de los humildes de que nunca faltará también algo para compartir y para volverlo caridad.

Anotemos algo también sobre la in­vocación del Nombre de Jesús con la que esta fiesta se enriquece de ma­nera tan especial, puesto que es una práctica cristiana oriental que se da en varias expresiones, una de ellas llamada la Oración del Corazón, practicada por los monjes y ermita­ños. Cuando se pronuncia el nombre de Jesús se hace memoria de lo que este nombre significa: Dios Salva. Es una plegaria simplísima y por lo tanto profunda y significativa que responde a la voluntad del Señor de “no usar muchas palabras” (Mateo 6, 7) y concreta en el Nombre del Señor pronunciado con insistente amor, dos deseos entrañables y sig­nificativos: el primero es reconocer que Jesús, Señor de la Gloria, se hizo cercano al dolor de la humanidad, lo vivió, lo asumió y lo cubrió de luz en su cruz gloriosa, exaltación del amor que salva, expresión decisiva y definitiva de misericordia y de es­peranza.

El segundo deseo lo proclama San Pablo al escribirle a los Filipenses: “al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo” (Filipenses 2, 10), indicán­donos que Él es el Señor y Salvador.

Este tres de mayo, cuando con fe a la vez sublime y humilde enarbole­mos la Cruz, pidámosle al que en ella nos dio la vida, que escuche nuestras súplicas, que acoja nuestras esperan­zas y que haga de su Cruz gloriosa la bandera de la paz, de la salud, de la alegría que tanto necesita el pueblo fiel que se postra a la sombra de este Árbol Hermoso.

Que mirando la cruz, obtengamos la salvación y que, con fe, ella nos pro­teja de todo mal.

¡Alabado sea Jesucristo!

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