Por: Pbro. Eduard Tamara Rojas.

La sociedad moderna, marcada por los grandes avances tec­nológicos y por el reclamo a la ecología, hace que la imagen del desierto resulte un tanto incomprendi­da. El desierto no equivale a un retiro temporal a un lugar armónico, solita­rio, donde se pueda estar en el silencio para entrar en una paz interior, robada por los afanes cotidianos; de hecho, el desierto es el espacio donde la vida resulta imposible, es el lugar donde se muestra claramente la tragedia del límite y de la muerte en relación con el milagro de la vida en todo su es­plendor.

En el Antiguo Testamento los vocablos hebreos son abundantes para referirse a este lugar, mibdar (desierto) y sus sinónimos: araba (estepa); eres siyya/ shama (tierra árida/sedienta); shema­ma (devastación); yeshimon (soledad) horeb/horba (desolación/sequía), este vocabulario, en general, hace una re­ferencia particular a la región árida en el sudeste de la Palestina. La escasez de agua en este territorio no permite los asentamientos rurales ni los cul­tivos, pero en algunos momentos del año puede albergar rebaños peque­ños. El desierto es un lugar donde no se puede transitar sin un guía que no conozca el trazado, eso genera horror y angustia, “…y pasamos por todo aquel vasto y terrible desierto que vis­teis” (Dt 1, 19); es comparada al caos primitivo (Gn 1, 2). A pesar de esa referencia geográfica, el desierto ha sido el ambiente donde han ocurrido algunos eventos teológicos importan­tes: la narración de Agar (Gn 16, 6-14) muestra como el desierto viene a ser el lugar donde Dios le revela su pre­sencia y misericordia, transformando así esta historia: Y el ángel del Señor la encontró junto a una fuente de agua en el desierto (Gn 16,7). Algunos au­tores ponen en afinidad este relato con la manifestación del Señor a Moisés a quien Dios revela su nombre y la mi­sión que transformará a su pueblo.

El tránsito de Israel por esta tierra in­hóspita marca el paso de la esclavitud en el país de Egipto a la tierra prome­tida, no solamente a nivel físico, im­plica una transformación social, psi­cológica y moral. Esto indica que no se puede entender el desierto si no está intrínsecamente unido a la esclavitud y a la tierra prometida. Salir de Egipto no significa alcanzar la libertad, por el contrario, muestra una profunda crisis de inseguridad, pobreza y sin los me­dios necesarios para la supervivencia cotidiana, pues nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud. (Ex 16, 3).

Estar en el desierto es experimentar todos los peligros, es volver simbó­licamente al caos de los orígenes del mundo, la tierra estaba sin orden y vacía (Gn 1, 2), pero luego se conver­tirá en el lugar donde vivirá la expe­riencia fundamental de su historia, la manifestación en el monte Sinaí. Este evento está situado en el centro de la peregrinación de Israel.

Desafortunadamente la respuesta de Israel es la resistencia y la murmura­ción a la obra de Dios y de sus me­diadores. De frente a la amenaza de la sed, del hambre, de los enemigos, peligros de serpientes y escorpio­nes, el pueblo reacciona: “Entonces toda la congregación levantó la voz y clamó, y el pueblo lloró aquella no­che. Y murmuraron contra Moisés y Aarón todos los hijos de Israel; y les dijo toda la congregación: ¡Oja­lá hubiéramos muerto en la tierra de Egipto! ¡Ojalá hubiéramos muerto en este desierto! ¿Y por qué nos trae el Señor a esta tierra para caer a espa­da? Nuestras mujeres y nuestros hijos vendrán a ser presa. ¿No sería mejor que nos volviéramos a Egipto?” (Nm 14, 1-3). La crisis de fe que provoca el desierto queda expresada en la fór­mula: “¿Está el Señor entre nosotros o no?” (Ex 17, 7). Pero a pesar de to­das las notas negativas, Dios permite que el pueblo sobreviva gracias a su intervención milagrosa en los mo­mentos más difíciles. No obstante, el castigo viene aplicado a los culpables de la rebelión, pero Israel vivirá y será purificado gracias a la disciplina del desierto. Las narraciones sobre esta etapa en la vida del pueblo, permiten reflexionar que ellos han sido una na­ción rebelde, a la que Dios ha educa­do como un Padre haciendo siempre el bien. En conclusión, la fidelidad de Dios permanece intacta por encima de las conductas de Israel, el pecado y el castigo abren paso a la misericor­dia de Dios, convocó Moisés a todo Israel y les dijo: “Habéis visto todo lo que el Señor hizo delante de vuestros ojos en la tierra de Egipto a Faraón, a todos sus siervos y a toda su tierra, las grandes pruebas que vieron vuestros ojos, aquellas grandes señales y mara­villas” (Dt 29, 2-3).

Los profetas, destacan la figura de Elías, personaje misterioso. Su peregrinaje por el desierto al monte Horeb y el encuentro con Dios en la monta­ña, vienen interpretados como un re­torno a los orígenes de la fe de Israel. “Se levantó, pues, y comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida ca­minó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios” (1Re 19, 8).

Los diversos puntos de contacto entre la historia de Elías y Moisés permiten definir que la experiencia del desier­to lleva implícitos dos elementos, la experiencia de la gracia de Dios y la constante rebelión de Israel. En todo caso, la realidad geofísica del desierto con sus características de desolación, aridez, en donde sólo pueden vivir los beduinos, llega a ser lugar del casti­go de Dios, pero también desde allí, experimentará la acción divina, única­mente por la gracia Dios salvará a su pueblo. “Por tanto, he aquí, la seduci­ré, la llevaré al desierto, y le hablaré al corazón” (Os 2, 14).

De otra parte, el profeta Isaías dice cómo después del castigo, el desierto se transformará en fuentes de aguas abundantes que darán vida a una ve­getación parecida al jardín del Edén, en otras palabras, el desierto volverá a ser el paraíso donde Dios y el hombre se encuentran en íntima comunión. “Abriré ríos en las alturas desoladas, y manantiales en medio de los valles; transformaré el desierto en estanque de aguas, y la tierra seca en manantia­les. Pondré en los desiertos el cedro, la acacia, el mirto y el olivo; pondré en el yermo el ciprés, junto con el olmo, para que vean y entiendan, consideren y comprendan a una que la mano del Señor ha hecho esto, que el Santo de Israel lo ha creado” (Is 41, 18-20).

En el Nuevo Testamento, se hace una referencia en particular al desierto de Judea y a toda la región oriental des­de la zona montañosa hasta el mar Muerto. El término griego eremos, (solitario) distingue un lugar ausente de persona, abandonado, devastado, separado, una región privada de agua, utilizado como zona de pastoreo. Sin embargo, tiene una connotación teoló­gico-espiritual. La figura de Juan Bau­tista va unida a la imagen del desierto, además la de Jesús y sus discípulos que se retiran en lugares solitarios. Juan Bautista se pone en el nivel de lo que señalaba el Antiguo Testamento, como lugar de la purificación, voz del que clama en el desierto: “preparad el camino del señor, haced derechas sus sendas”. Juan el Bautista apareció en el desierto predicando el bautismo de arrepentimiento para el perdón de pe­cados (Mc 1, 3-4).

El ministerio público de Jesús inicia en el Jordán donde es bautizado por Juan el Bautista, en “aquellos días lle­gó Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea” (Mt 3, 1) lugar de la epifanía de su identidad y su rela­ción con el Padre; e inmediatamente se dirige al desierto de Judea para ser tentado por satanás, “enseguida el Es­píritu le impulsó a ir al desierto” (Mc 1, 12). Marcos y Mateo resaltan que Jesús fue conducido, llevado por el Espíritu Santo al desierto. Como ocu­rrió con el pueblo de Israel, se con­centra en Jesús el elemento caracterís­tico del antiguo Israel; es el lugar de la tentación que se extiende por cuarenta días, siendo tentado por el diablo (Lc 4, 2). Además de este episodio tan im­portante en su ministerio público, los evangelistas señalan otros momentos de Jesús en lugares desiertos, mos­trando cómo estos espacios permiten una relación con el Padre.

Se puede deducir que todas las expe­riencias de desierto de Jesús, se con­vierten en espacios para afrontar el auténtico carácter de su misión, como sucederá en el Getsemaní, donde la tentación y el demonio serán destrui­dos totalmente por la respuesta obe­diente de Jesús a la voluntad del Pa­dre. “Cuando llegó al lugar, les dijo: Orad para que no entréis en tentación. Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra, y poniéndose de rodillas, oraba, diciendo: Padre, si es tu volun­tad, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 40-42).

En los otros escritos del Nuevo Testa­mento se hace una interpretación del desierto a partir de la crucifixión; la cruz ilumina toda la experiencia del desierto de ayer y de hoy, en Juan 3, 14 se afirma que la gracia manifestada en el desierto prefiguraba la de Cristo, y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea le­vantado el Hijo del Hombre, para que todo aquel que cree, tenga en Él vida eterna. También señala Juan: de Jesús viene la verdadera gracia, de la cual, el maná solo era una aproximación simbólica: “En verdad, en verdad os digo: no es Moisés el que os ha dado el pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo, y da vida al mundo” (Jn 6, 32-33). Así pues, toda la dinámica del vete­rotestamentaria viene al co­razón del creyente a través de la aceptación de Cristo, como el auténtico don de Dios: “Porque la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo” (Jn 1, 17).

Toda la reflexión sobre el desierto a partir de la Sagrada Escritura lleva a comprender la imagen de un Dios esencialmente de vida, plenitud, alegría y fecundidad por encima de todas las condiciones marcadas por la ten­tación y la prueba, que es un estado constante en la vida del creyente y de la Iglesia. Retomar en esta cuaresma la imagen del desierto es volver la mi­rada a la condición de peregrinos, que caminando por los avatares de este mundo se enfrentan a la tentación, ya señalada por Jesús, del poder, placer y poseer.

Las circunstancias históricas que vive el mundo deben plantear en el creyen­te en quien poner su confianza para atra­vesar las sendas tortuosas de este desierto. El cris­tiano encuentra en Jesús aquel quien puede garantizar la entrada en la tierra prometi­da, hacia la cual la Iglesia va en camino, él es el verdadero maná, el pan vivo bajado del cielo y él contiene el agua que sacia la sed, que en algún momento el pue­blo rechazó en el desierto, ahora de la cruz brota el agua, que se convierte en manantial que satisface la sed del que busca sentido a su existencia, como lo pudo comprobar la mujer samaritana: “El agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna. La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga sed ni venga hasta aquí a sacarla” (Jn 4, 14-15).

Sólo Jesús, que se ha encarnado en esta humanidad, es el único que goza de las ga­rantías necesarias para ayu­dar al creyente a caminar sin desfallecer en medio de las pruebas del desierto de su existen­cia: Su palabra, su entrega voluntaria al sacrificio, su muerte y resurrección son esperanza para poder llegar a la tierra prometida, donde todo será nue­vo: el que está sentado en el trono dijo: “voy a hacer nuevas todas las cosas… al que tenga sed, yo le daré a beber gratis agua del manantial de la vida” (Ap 21, 5-6).

Bibliografía: G. Strola, Deserto, en Temi Teologici della Bibbia, Milano 2010.

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