Según los estudiosos del comportamiento humano, todos los seres humanos tenemos impulsos buenos e impulsos malos. La maña o astucia no consiste en destruir el impulso malo, sino someterlo a la dirección del bueno. Las emociones catalogadas socialmente como negativas: el miedo, la rabia, la ira, son útiles en un momento dado porque dan agilidad emocional y capacitan para sufrir el dolor y seguir caminando hacia una meta más segura. Es algo fundamental en la educación.

Un ejemplo es la comparación de nuestra naturaleza humana con el proceder de un buey fortísimo, pero aún no domesticado, que se unce al yugo junto a otro buey, pero, éste si bien domado. Entonces, hace las veces de guía y permite que la fuerza del buey malo no se pierda sino que se aprovecha en tareas benéficas.

Esto nos lleva a pensar que todos nuestros impulsos como la ira, la “arrechera” a lo cucuteño, la negatividad e infelicidad, si los controlamos en la dirección correcta; si buscamos su lado provechoso, pueden servirnos de combustible que potencie nuestro vivir. Pero es claro que debe haber buenos bueyes. El lado bueno de nuestro ser debe nutrirse muy bien si se quiere que gobierne nuestro destino.

Es una tarea de los padres de familia hacer crecer seres humanos, no ángeles ni demonios. Pensar que las imperfecciones tienen su lado beneficioso y que no todo es malo. Así se le saca ventaja a los defectos y se abren caminos de paz y reconciliación.

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