Un joven de una familia cristiana tiene muchas dudas sobre la religión.  Por la influencia de un amigo, toma la decisión de no creer más en Dios. El joven es un gran deportista, le gusta, sobretodo, la natación. Una noche de verano se mete en la piscina de la universidad, todas las luces están apagadas. La noche es clara y la luna alumbra primorosamente en el horizonte. Hay por tanto, luz suficiente para practicar. Se sube al trampolín más alto, va hasta el borde y se gira para lanzarse de espalda a la piscina. Levanta los brazos en forma de cruz, en ese momento abre bien los ojos y mirando al frente ve su propia sombra dibujada en la pared. La silueta de su cuerpo da exactamente la forma de una gran cruz. Luego, sin saber muy bien porqué, se baja del trampolín, se arrodilla y pide a Dios que vuelva a entrar en su corazón. Mientras el joven permanece quieto, el personal de limpieza entra al local y enciende las luces para trabajar en la piscina que habían vaciado unas horas antes. Nos cae como anillo al dedo, al haber escalado el trampolín del año 2020. Inmensa es la laguna y muchas las dificultades de la frontera. Mirar la sombra de nuestra cruz significa reencontrarse a sí mismo.  Es preciso aceptarse, reconocerse y quererse a lo lindo a pesar de las metidas de pata. Hay que afrontar los problemas, de lo contrario, permanecen ahí y se hunde más y más que nuestro vecino petrolero.

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