Por: Luis Fernando Niño López. Doctor en Historia y Arte, de la Universidad de Granada (España). Docente investigador de la Universidad Simón Bolívar. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 El Templo del Congreso o Templo Histórico de Villa del Rosario, donde se instaló el Congreso de 1821, también llamado Congreso Constituyente de la Gran Colombia. Foto: Obando

El lugar donde todo comenzó

Durante más de tres siglos de conquista y colonia del Im­perio español, de horrores y violencia generalizada, además de la imposición de un sistema de go­bierno que no era el nuestro; negan­do así, la búsqueda de lo que somos en realidad. Fuentes primarias de identidad, ideas de distinta índole llegaban a suelo americano trayendo mensajes de libertad, de esperanza, autonomía, de poder avanzar con luz propia; el sentimiento independen­tista se extendió en América. En lo que era conocido como Nuevo Reino de Granada, el descontento se mani­festó de forma trascendental con su­cesos que iban hilando cada vez más, el preciso momento que desemboca­ra el encuentro con nuestras leyes y sobre todo con la búsqueda de la verdad como instrumento capaz de revelación, pero ¿cómo se dan esos primeros pasos? Con la rebelión de Los Comuneros en 1781, hom­bres y mujeres, cansados del ultraje económico y de vivir engañados fi­nanciando guerras ajenas a costa de nuestro trabajo y esfuerzo. Fuimos avanzando en la búsqueda de las po­sibilidades de independencia, pero una vez más, esa llama fue apagada por el uso de la violencia desmedida que termina en el descuartizamiento y exposición de los restos del me­morable José Antonio Galán. Este hecho tuvo como prólogo la traduc­ción y divulgación que hizo Antonio Nariño de los Derechos del Hombre, conforme admitió el acusado en su propio juicio, el texto fue traducido de la «Histoire de la Révolution de 1789, et de l’Etablissement d’une Constitution en France» Par Deux Amis de la Liberté, Tome Troisie­me (Paris: Clavelin Libraire, 1790), libro de circulación prohibida pro­veniente de la biblioteca del Virrey José de Ezpeleta y Galdeano (Barce­lona, 1742-Pamplona, 1823; Virrey, 1789-1796).

Es así como el conocimiento, el en­tendimiento de la revolución de las ideas, las capacidades racionales del hombre y la fe profunda en la cons­trucción de la patria iban armando la estructura de la Nación colombiana. Se acercaban entonces los hechos de 1810 del año del Señor en la era cristiana, hacia el famoso 20 de julio en donde alrededor de un acto sim­bólico del préstamo de un florero, llevó al levantamiento del pueblo de Santafé y lo que propició la campaña libertadora. Los criollos buscaban la independencia de la corona española y el 20 de julio de 1810 planearon inducir una revuelta popular en la que los pobladores elevaran sus des­contentos ante el mandato español.

Se cuenta que era viernes, día de mercado y de mayor concurrencia en la plaza mayor. Al mediodía, Luis de Rubio se acercó a la casa del es­pañol José González Llorente y le pidió prestado un florero para deco­rar la mesa de Antonio Villavicen­cio. La inminente negativa permitió la intervención de Francisco José de Caldas y Antonio Morales, que in­mediatamente alertaron al pueblo de la afrenta del “chapetón” (como eran llamados los españoles) al pueblo americano. Aun cuando Llorente negó lo acon­tecido y no hubo por su parte mayor ofensa, el pueblo heterogéneo que concurría la plaza ma­yor arremetió contra el virreinato, provocando una revolución que des­embocó en la inminente firma del Acta de Inde­pendencia de Santafé, dirigida por decisión de la Junta de Gobierno. Aunque no fue la úni­ca revolución ni la más certera, es considerada como la fecha oficial de la indepen­dencia porque abrió el sendero de intensas luchas libertarias contra la corona española. Fue la proclama­ción de una independencia total que se conseguiría bajo el mando de Si­món Bolívar tras una campaña que inició en mayo de 1818 en Venezue­la y terminó en la Batalla de Boyacá el 7 de agosto de 1819. Así se dio paso al Congreso de Angostura y al nacimiento de la Repú­blica de Colombia.

La conmemoración del bicentenario 1821-2021 de la Constitución de Villa del Rosario de Cú­cuta, debe ser la excusa precisa que nos moti­ve, en primer lugar, a replantear la visión de la nueva República, de mirar las debilidades de estos 200 años, los problemas actuales y a la luz de los pensamien­tos de nuestros próceres podamos darle alguna solución. En segundo lugar, nos debe llevar a pro­fundizar en los lugares más recóndi­tos de la historia para determinar el antes, el durante y el después de lo que fue esta Carta Magna, que fue toda una epopeya para la época y que hoy en pleno siglo XXI sigue siendo ejemplo para toda América. En ter­cer lugar, es la oportunidad que tene­mos para conocer mucho más lo que somos, de lo que estamos hechos, de lo que somos capaces. A pesar de que en el panorama actual se vuelve complicado para soñar, guardar la esperanza de transformación, es el escenario perfecto para entre todos volver al lugar donde todo comenzó.

¿Qué fue lo que realmente ocurrió?

Muchos de quienes están leyendo, al igual que quienes nos escuchan en los diferentes medios se preguntan, pero ¿por qué otro bicentenario?, ¿Ya no lo habíamos conmemorado? Algunos historiadores narran en sus estudios científicos documentales sólo las batallas a las cuales se les debe una gran parte de haber logrado la victoria ante la Corona española que estaba en nuestros territorios; pero esta conmemoración es dife­rente porque es el resultado de la época de la Ilustración europea lle­gando a nuestras tierras, eran hom­bres y mujeres que habían visitado el viejo mundo, que habían bebido de las ideas de Rousseau, Voltaire, Montesquieu, Diderot y otros basa­dos en ellos comenzaron a escribir no sólo una carta legislativa sino las Leyes, el espíritu y la identidad de lo que sería Colombia.

Nuestra región denominada el “Va­lle de Cúcuta”, tenía en esta época del Siglo XIX una ubicación geo­gráfica privilegiada; estaba equidistante a Santa Fe, centro admi­nistrativo de la Nueva Granada y de Caracas centro de mando de la Capitanía General de Venezuela. Dentro de nuestras fortalezas estaba el gran apogeo para el comercio de cacao, textiles y demás productos agrícolas con la ciudad de Mara­caibo, que servía igual para tomar la vía ma­rítima a Europa y era el paso obligado para aquellos pasajeros que deseaban conocer el Mar Caribe y la ciudad heroica de Cartagena.

Francisco de Paula Santander

Otro aspecto importante de relevan­cia para el país es que en estas tie­rras de Villa del Rosario nace el 2 de abril de 1792 el hombre más impor­tante de nuestra nación, Francisco de Paula Santander, sólo por este hecho histórico ya debe ser reconocido como el lugar más importante de la República Colombia. De la misma manera, con todas estas cualidades mencionadas, la región se convirtió en centro de comunicaciones y de reuniones importantes para quienes dirigían las batallas y organizaban las gestas independentistas. Allí se ubica Villa del Rosario, un muni­cipio fundado en 1734 que fuera la capital y sede del gobierno gran co­lombiano y que hoy en día abre sus puertas para contar la historia políti­ca del país.

Después de la victoria de la Batalla de Bo­yacá el 7 de agosto de 1819 (el bicentenario que conmemoramos en el año 2019), las luchas continuaron, pero al mismo tiempo se debía pensar en un proyecto de carácter constitucio­nal que les diera forma a las ideas de orga­nización que estaban sobre la mesa de sus dirigentes de acuerdo a cada corriente filosó­fica que cada uno a su parecer creían conve­nientes para la nueva república. Así decidieron crear la Gran Colombia unificando a la Nueva Granada (Co­lombia y Panamá) con Venezuela, a la que luego se uniría Ecuador, para seguir el sueño del combate liberta­dor liderado por Simón Bolívar, ha­cia el sur de continente”.

Portada de la primera Constitución de la República de Colombia

Siempre hemos luchado por la bús­queda de la verdad que se convier­te en luz que disipa las tinieblas y permite abrir nuestra conciencia y espíritu a la revelación de verda­deras posibilidades de encuentro y construcción colectiva. Siempre que cada uno de nosotros tome el impul­so de hablar y actuar con la verdad inicia una poderosa fuerza a actuar y es la consecución de la libertad que rompe cualquier maldad, germen de violencia y nos ayuda a construir la verdadera paz. Sea este el momen­to para que como personas creyen­tes seguidoras de un mandato de fe y una misión, luchemos por renacer de las cenizas y valorar lo que hace 200 años estos hombres y mujeres nos dejaron como legado, creo que es posible, solo falta iniciar con más ánimo que antes.

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