Un rey coloca una gran roca en el camino para obstaculizar el paso. Se esconde y mira para ha­ber quién se atreve a quitar la enorme piedra. Algunos pasan y simple­mente le dan la vuelta. Muchos culpan al rey por no mantener los caminos despejados. Nadie hace algo para sacar la roca. So­lamente un campesino que pasa por allí con una carga de verduras, la ve y se acerca. Pone la carga en el piso y trata de mover la roca a un lado de la vía. Después de empujar y fatigarse mucho con gran esfuerzo logra mover la pie­dra. Mientras recoge la carga ve una bolsa en el suelo, justamente donde estaba la piedra. La bolsa contiene un montón de monedas de oro y una nota del rey como recompensa para el que moviera la roca. El campesino apren­de ese día que cada obstáculo puede estar disfrazando una buena oportuni­dad.

No hay duda que la humanidad ha encontrado en la COVID-19 una gran roca que obstaculiza el paso. Es preciso convertirla en una oportunidad de abrir puertas valiosas de bendición y madurez. No se convierta en centro de desesperación y maldición. Es una oportunidad de conectarse más con Dios y con la naturaleza. El virus en el camino de la vida nos invita a ser más humanos, aprender a ver los otros como personas iguales con sus defec­tos y virtudes. La tierra tan rica en un mundo donde el agua escasea, las sel­vas y los bosques se extinguen, nos in­vita a ser más cuidadosos.

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