La fiesta solemne de Pentecostés, es la fiesta de la Iglesia, por excelencia, en ella hemos recibido el don del Espíritu Santo, que nos anima y nos fortalece para dar testimonio de Jesucristo resucitado, hasta los confines extremos de la tierra. El bellísimo relato de Pentecostés que encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles pone a la Santísima Virgen María y a los Apóstoles recibiendo esa fuerza, ese ardor que los lleva a salir, de un lugar encerrado a predicar con alegría al Señor en todos los lugares y a todas las personas.

Celebrar Pentecostés, hoy en nuestra Iglesia particular, es vivir en la Iglesia la experiencia profunda del Espíritu Santo, que “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5). Pidiendo el Espíritu Santo, tenemos que descubrirlo como fuerza creadora. La primera frase de la Sagrada Escritura se refiere a esa presencia creadora: “…la tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas” (Gen 1, 2). La última expresión de la Escritura también nos habla del Espíritu Santo: “El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven!», y el que escucha debe decir: «¡Ven!». Que venga el que tiene sed, y el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida” (Ap 22, 17).

El Espíritu Santo es Persona Divina, es alguien y no algo, por ello puede ser enviado, regalado, dado con amor a quienes le saben pedir, esperar y acoger. Su acción fecunda ilumina los caminos de los Patriarcas, impulsa a Moisés por el desierto, acompaña las gestas gloriosas del Pueblo de Dios, se hace presente en el clamor de los Salmos, llena la vida de los Profetas, es la Sabiduría revelada, es la fuerza de los que aman a Dios. Esta persona de la Trinidad, anima, alienta, inspira la Palabra con la cual Dios habló a los hombres.

El Espíritu Santo actúa en el misterio de la Encarnación, desciende sobre Jesús en el Jordán, mantiene un diálogo permanente con Jesús, lo sostiene y lo acompaña. Por eso en la sinagoga de Nazaret Jesús expresa como se cumple en él la profecía de Isaías (Isaías 61, 1ss) «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la buena nueva…» (Lucas 4,18).

Somos la Iglesia del Espíritu Santo por excelencia, por vocación, por presencia amorosa de Dios que nos regala este don admirable para que tenga principio, sentido y fin nuestra vida pastoral, nuestra vida de fe, nuestra vida de caridad. Es el Espíritu quien nos anima y nos fortalece en la tarea de anunciar a Jesucristo resucitado, como lo hicieron en su momento los Apóstoles, llevando su Evangelio a todos los confines de la tierra y, como hoy, con gran fuerza continuamos haciéndolo.

Con razón el Espíritu Santo es llamado alma de la Iglesia (León XIII en la Encíclica Divinum illud munus, 1897: Denzinger-Schönmetzer, n. 3.328) arquitecto del reino, maestro y pedagogo de la fe, aliento y camino, compañía y defensa, luz y esperanza de la comunidad creyente, sobre todo en estos tiempos de crisis, de soledad, de desaliento.

Estos días que van transcurriendo en la experiencia del confinamiento, cuando se ha revelado de modo más evidente nuestra fragilidad y nuestra vulnerabilidad, hemos de aprender la lección de silencio que nos pide abrirnos a la gracia del Espíritu Santo, dejarlo actuar sin que lo impidan nuestras desesperaciones, dejar que nos mueva y acompañe, dejar que despierte, como ya lo ha hecho, iniciativas gozosas de evangelización, recursos ingeniosos para llegar a nuestros hermanos con una catequesis viva, con una palabra de aliento, con una motivación para trabajar decididamente por una promoción de la humanidad que no se quede en un simple proceso horizontal de solidaridad, sino que se motive porque aquel a quien busco, sirvo, acompaño y sostengo, es alguien que como yo posee el Espíritu Santo por la gracia de los sacramentos o porque en todo ser humano hay semillas del mismo Espíritu para despertar y alentar a que crezcan y den fruto. Es el Espíritu Santo el que anima y realiza la caridad de Jesucristo.

El Espíritu es dado a la Iglesia de diversos modos. Es bello constatar que, siendo uno, se manifiesta de diversos modos: Gobierna en quien gobierna, predica en quien predica, sirve en quien sirve, porque sin Él todo sería estéril, todo sería mera acción humana. Con su fuerza la autoridad ilumina, la predicación enseña, la caridad llena de amor de Dios las obras de misericordia que, precisamente, son inspiradas por el Espíritu Santo y son bendecidas cuando se realizan en nombre del amor de Dios.

Con Pentecostés no acaba la Pascua, en Pentecostés se sueltan las amarras de la nave de la Iglesia, para que “al impulso del amor confiado” del Espíritu Santo (Prefacio Eucarístico, Pentecostés), pase por este mar atormentado de la historia llenando de luz y de alegría cada acción humana, cada servicio, cada apostolado. Pidamos todos con mucha fe el don del Espíritu Santo, que nos avive a todos en nuestra vida cristiana y en nuestra tarea eclesial, a cada uno en su camino y misión, en su ministerio para aquellos que tenemos responsabilidades de Iglesia. El día de Pentecostés la Santa Virgen, María de Nazareth, estaba llena de alegría y esperanza, pidamos a ella que proteja y bendiga a nuestras comunidades en estos tiempos complejos y de prueba. Ven Espíritu Divino, fuerza, vida y esperanza de la Iglesia y de la humanidad.

¡Alabado sea Jesucristo!

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