Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid

¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6). La resurrección de Jesús es el centro de la vida de la fe. De esta verdad dimana la alegría y la certeza de la Iglesia que reconoce en Cristo al Hijo de Dios, que es Salvador y Redentor para todo el género humano.

Podemos encontrarnos en estos días en un lugar común, celebrar la Pasión y Resurrección de Cristo. Muchos de los elementos de la fe cristiana pertenecen a nuestra cultura, pero con el gran riesgo de no entrar profundamente en el misterio y la alegría de la PASCUA.

 Podemos mirar signos y símbolos, historias y hechos que nos parecen comunes y casi parte de la cultura o del entorno social en el cual nos hemos educado, sin escuchar de verdad y leer los misterios de Cristo que con su sangre nos redimió (Ef 1, 7-8).

Hay un misterio profundo que hemos vivido en estos días y que marca la historia de los hombres: la salvación que Cristo nos ofrece. Estos días hemos recorrido con Jesús su camino de dolor y de sufrimiento; lo hemos visto crucificado y experimentando el dolor humano, como ningún otro ser. Este dolor es el ofrecimiento de sí mismo en la Cruz, como un sacrificio que realiza la redención de los hombres. Él se ofreció “para llevar nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero” (1Pe 2, 24).

En nuestra comunidad de fe, la Iglesia diocesana de Cúcuta, queremos estar en LA ESCUELA DE JESUS, de este misterio surge toda la enseñanza y el camino de nuestra fe. Su muerte y su sacrificio lavan y borran el pecado de todos los hombres en todos los momentos de la historia humana, restableciendo una comunión con Dios que se había perdido por el pecado de los primeros hombres, que había roto el plan de Dios para la creación y para el sujeto humano. Él nos regala con su evangelio los criterios y las tareas para seguirle, amarle, predicarle con el anuncio misionero.

Hemos contemplado a Cristo que derrama su sangre, la entrega libremente por los pecados de los hombres. Uno de los grandes directores de cine de nuestro tiempo, Mel Gibson en la “Pasión de Cristo”, nos ha hecho contemplar esta escena con gran fuerza y crudeza, incluso, llegando a escandalizar a muchos por las terrificantes escenas que transmiten el dolor y la muerte de Cristo.

En la Cruz, hemos visto el “amor hasta el extremo” (Jn 13, 1) El misterio de Cristo doliente es un misterio de amor, en el cual Él, sufriendo, restaura y renueva la vida de todos los hombres, haciéndonos capaces del cielo. En ese madero merecemos todos la justificación, al aceptar ese don de Cristo.

Es una buena noticia, que se sigue con el mejor de los anuncios: Dios ha cumplido sus promesas al resucitar a Jesús de entre los muertos (Hch 13, 32-33). Esta es la verdad, el centro de nuestra fe cristiana. Cristo con su resurrección de entre los muertos, ha vencido a la muerte y nos ha dado una nueva vida.

Este es el centro de nuestra fe. No creemos en un muerto, no miramos solamente el misterio grandioso y redentor de la Cruz, sino que creemos en Cristo Glorioso y Resucitado, vencedor del mal y de la muerte.

De este anuncio gozoso, alegre, de la alegría que regala Cristo vencedor de la muerte, tenemos que ser misioneros y difusores, para que todos en la tierra tengan vida y una vida que es eterna, que no pasa, que supera las condiciones humanas y de limitaciones del hombre.

Los relatos bíblicos de la resurrección de Cristo nos regalan premura para anunciar a Cristo (Magdalena va a buscar un muerto y se encuentra la noticia gozosa de Cristo viviente (Mc 16, 1; Lc 24, 1). Pedro y Juan corren también al sepulcro a corroborar el sepulcro vacío (Lc 24, 9ss).

La fe fue transmitida por la palabra y el testimonio de vida de los Apóstoles y de los primeros cristianos.

Hoy en nuestro tiempo, en nuestras circunstancias tenemos que anunciar a Cristo y con gran celeridad llevar su mensaje a todos los hombres.

Cristo es nuestra Paz (Ef 2, 14), que nos regala la alegría de la esperanza (Rom 12, 12). Cantemos todos la alegría de Cristo Resucitado verdaderamente de entre los muertos, para salvarnos y darnos nueva vida. Mi deseo y mi saludo es que la PAZ de Cristo resucitado, su alegría y su luz permanezcan con todos ustedes.

¡Alabado sea Jesucristo!

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