Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid

En el plan amoroso de Dios, para el hombre, la familia ocupa un lugar fundamental. La familia, el núcleo humano fundamental, constituido por el hombre y la mujer, es el centro de transmisión de la vida y de los valores. Hombre y mujer los creo Dios (Gn 1, 27). Este tema de la familia es un tema siempre actual y de gran profundidad que tenemos que enfrentar todos, con gran espíritu de responsabilidad ética al asumir su importancia e incidencia en el futuro de nuestra comunidad. Particularmente en este tiempo de decisiones electorales, es uno de los criterios con los cuales tenemos que evaluar a quienes presentan sus propuestas para el gobierno de nuestra Patria. Son muchas las decisiones que tocan esta realidad fundamental de la familia en nuestro Estado. Cada uno de nosotros necesita comprender mejor el sentido del valor de la familia y de las formas con las cuales tiene que ser apoyada y defendida. Distintos argumentos o situaciones nos hacen reflexionar sobre el valor de la institución familiar.

Este, el tema de la familia, es un tema recurrente en nuestras reflexiones en LA VERDAD. Es notoria a todos la crisis de la familia, de sus valores. Muchos conviven sin la bendición sacramental de ella. Muchos propugnan por un llamado "matrimonio" entre personas del mismo sexo y quieren extender la condición de "Familia" a situaciones que no corresponden al plan de Dios. La defensa de la familia y de la vida hace parte de los temas que deben ser asumidos con urgencia en nuestra época. Mucha situaciones precisas y específicas quieren apartar nuestra atención de este valor real de la familia, fundamentada en la institución matrimonio y de la procreación y educación de los hijos. Este es el plan de Dios para la vida del hombre, su desarrollo y su consolidación.

La familia tiene una misión precisa al expresar al interno de ella las relaciones que se establecen entre personas humanas (hombre y mujer) para transmitir la vida en la expresión natural del amor conyugal. La tarea de esta institución no está solamente expresada en el amor subjetivo entre dos personas, como se nos quiere hacer ver.

 El valor y la fundamentación del matrimonio y de la familia se expresan en la comunión para transmitir la vida en la expresión de esta forma natural de vida, de la pareja que forma la familia. Al interno de ella se transmite la vida, los valores humanos y la fe, en un proceso educativo y dinámico

El matrimonio es un don sacramental de Dios, en el cual EL, el Creador, manifiesta su amor a los cónyuges que experimentan también un espacio temporal para la santificación de la vida humana.

La familia, bendecida en el matrimonio, como sacramento, experimenta la vida de la gracia y una llamada personal de los esposos a la santidad. El matrimonio y la familia, no son sólo un espacio humano o de convivencia. Tiene un profundo espacio y dimensión espiritual que no podemos olvidar. De toda esta teología y profundas enseñanzas tenemos un gran testimonio las enseñanzas de San Juan Pablo II y de nuestro Papa FRANCISCO. En la familia se expresa la alegría del evangelio y del amor.

En la familia se vive una profunda vocación, como lo es la llamada de Dios a construir la historia humana, por ello es el núcleo fundamental de la existencia y de la sociedad humanas. Nuestros gobernantes deberían potenciar decisiones y espacios para que la familia tenga toda la oportunidad de fortalecerse y desarrollarse, en beneficio de sus integrantes.

En el fondo del plan de Dios se da una profunda comunión de vida y complementariedad entre el hombre y la mujer, en la cual se da la entrega total (incluso corporal) formando una sola carne para la transmisión de la vida (Mc 10, 8; Ef 5, 31).

Amor corporal y espiritual, un amor que es total y abierto a la vida. Muchos reducen la realidad familiar al mero vivir la sexualidad y a la vivencia del placer. En la teología sacramental y en la fe de la Iglesia el amor de los esposos es referido a Cristo y el amor a los hijos es signo de profunda vivencia de la caridad. El amor entre los esposos es como el amor de Cristo para con la Iglesia (Carta a los Efesios 2, 25).

El matrimonio, y el tema de la constitución de la familia, tienen en sí, grandes contenidos humanos y espirituales y no se limita al ejercicio del “eros” y del mutuo placer o de una mera convivencia humana. Tiene en sí una llamada a la común–unión y a la procreación de la vida en la complementariedad del cuerpo humano y en la gran tarea de la educación de los hijos (en la transmisión de los contenidos de la realidad humana, en los saberes humanos, pero también en la transmisión de la fe).

La promoción de la vida familiar, de la pareja humana, según el plan de Dios es fundamental para nuestro tiempo, dónde por el relativismo e ideas equivocadas de expresión del hecho familiar nos enfrentamos a afirmaciones y acentos que no corresponden al plan de Dios y desnaturalizan la voluntad de nuestro creador para la humanidad.

El plan de Dios es articulado, preciso, quiere el desarrollo del hombre en las mejores y precisas dimensiones humanas. Este plan no puede ser cambiado por el hombre y por su voluntad de “experimentar” con una dimensión incompleta de la paternidad.

La familia es una escuela de humanidad y para ello necesita del hombre y de la mujer, que con su fe quieren responder al plan de Dios. La ética no puede pretender reducir los valores a los mínimos posibles, tiene que fortalecer los valores al máximo y, sobre todo, en la respuesta a las necesidades del hombre, potenciar sus valores y capacidades. La defensa de la familia y de sus valores constitutivos hacen parte del gran reto para la hombre en este siglo XXI. Amar al hombre es defender la familia como institución fundamental.

¿Qué sucedería en nuestra sociedad si seguimos destruyendo la familia y los valores que de ella provienen? Todos tenemos que defender la familia, sus valores. Es urgente consolidar la familia, reflexionemos profundamente en este nuevo año 2018 sobre este importante argumento. Mis mejores deseos para todos ustedes queridos lectores en este nuevo año, Dios los bendiga.

¡Alabado sea Jesucristo!

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