Por: Carlos Padilla Esteban.  es.aleteia.org

 

Siempre les digo a los padres del niño que va a ser bautizado, que, en el día del bautismo, Dios le dice cuánto lo quiere.

Y ese amor se queda grabado para siempre en su alma como una señal imborrable. Ese día todo comienza de nuevo. Escucha una voz que se queda grabada para siempre.

Pero es cierto que con el paso del tiempo lo olvido todo. Olvido cuánto me ama Dios y busco otros amores.

No quiero olvidarme de su amor. Dios me quiere de forma predilecta. Si lo recordara cada mañana no viviría mendigando amor. No viviría buscando la aprobación y el reconocimiento de todos.

Su amor fiel es para siempre. Saberme amado es lo que me capacita para la misión. Los santos empezaron a ser santos el día en el que se supieron profundamente amados por Dios.

Y ese día no fue el de su éxito y triunfo en la vida. No fue el día en el que todos reconocieron su valía y aplaudieron.

Fue más bien aquel día doloroso en el que las fuerzas fallaron y sintieron que estaban al borde del abismo.

En ese momento de angustia y tristeza una voz en su corazón les hizo saber que eran profundamente amados por Dios para siempre.

Escucharon que no servía de nada vivir con pena y angustia. Esa convicción es la que me salva a mí en medio de mi debilidad, de mi fragilidad, de mis miedos. En medio de mis caídas y fracasos.

Una voz me saca de la angustia y la perdición. Ese Espíritu me saca de mi tristeza y me hace creer en todo lo que puedo hacer cuando me sé tan amado.

Me usa como su instrumento: “Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas”.

Dios no me llama porque sea muy capaz. Más bien me capacita para la misión, para ser instrumento en sus manos. Para llevar luz al que está en tinieblas. Para fortalecer al débil. Para levantar al caído. Para anunciar la liberación a los oprimidos.

Me gusta esa mirada sobre mi propia vida. El amor de Dios en mi corazón me pone en camino. Me hace salir de mi comodidad. ¿Cómo devolveré todo el amor recibido?

Dios me quiere con locura. Necesita mi sí, mi presencia, mi abrazo. Y yo necesito saber que me quiere como soy. Que su amor es incondicional y no depende de mi actitud y comportamiento.

Necesito tener la certeza de su perdón cada vez que caiga y me aleje. Necesito sentir su abrazo de Padre que me quiere con locura y ama hasta el extremo.

Ese amor incondicional es el que yo necesito en mi vida. Al saberme amado aprendo a amar a los hombres. Ambos amores van tan unidos…

No puedo decir que amo a Dios sin amar a los hombres. Es imposible. El amor a Dios me impulsa a amar.

El otro día leía: “Muchas personas valoran más su amor a Dios que sus relaciones con los hombres. Esto es un engaño claro. Se juzgan mucho más creyentes de lo que son”.

No me puedo refugiar en Dios como un ermitaño huyendo del amor de los hombres que me hiere. Mi amor a los hombres y mi forma de relacionarme con ellos tiene que ver con mi amor a Dios.

Hay una conexión profunda. Cuando me sé amado por Dios, aprendo a amar a los hombres. Cuando he sido amado en lo humano me es más fácil llegar a Dios: “Quien no haya amado humanamente, me refiero al amor a un ‘tú’, no al amor a un ‘ello’, no sé cómo habrá de llegar al amor a Dios”.

Por el amor humano llego al amor de Dios. Y desde el amor recibido de Dios al amor a los hombres. Cuando me sé amado vivo con paz, tranquilo, en posesión de mí mismo.

No estoy en búsqueda de un amor que me calme, porque ya lo he encontrado. Saberme amado por los hombres y por Dios me da una paz santa que calma mi sed de infinito.