Por: Pbro. Alberto Echeverry 

JESÚS ANUNCIÓ SU RESURRECCIÓN Y NUESTRA ESPERANZA DE RESUCITAR. El anuncio de la pasión, muerte y resurrección, ya refleja la estructura del kerigma cristiano pospascual. El elemento constante en estos tres anuncios se refiere al sujeto o protagonista: el Hijo del hombre, (Jesucristo) que debe sufrir un destino de humillación, que culmina en la condena a muerte; pero después de tres días debe resucitar (Mc 8,31; Mc 8,31; 9,31; 10,33-34). Más aún, «se despojó de sí mismo», se vació de sí mismo asumiendo, la «forma de esclavo», la realidad humana marcada por el sufrimiento, por la pobreza, por la muerte; se hizo plenamente semejante a los hombres, excepto en el pecado, para actuar como siervo completamente entregado al servicio de los demás.

San Pablo delinea el cuadro «histórico» en el que se realizó este abajamiento de Jesús: «Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte» (Flp 2, 8). El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre y recorrió un camino en la completa obediencia y fidelidad a la voluntad del Padre hasta el sacrificio supremo de su vida. El Apóstol especifica más aún: «hasta la muerte, y una muerte de cruz». En la cruz Jesucristo alcanzó el máximo grado de la humillación, porque la crucifixión era el castigo reservado a los esclavos y no a las personas libres: «mors turpissima crucis» (muerte más vil, horrorosa y afrentosa), escribe Cicerón (cf. In Verrem, v, 64, 165)‖27

“La cruz es solidaridad, una expansión hacia todas las dimensiones del mundo, brazos abiertos que quieren abrazarlo todo” y este camino de la Cruz trinitario es contemplación gustosa de toda la mística cristiana. En la solidaridad del Hijo no nos encontramos solos, Dios ha querido y por tanto ha podido hacer camino con cada uno de nosotros y esta solidaridad que se efectúa en la Cruz crece y se derrama como un manantial inagotable de vida y Espíritu, inaugurando de este modo una Pascua-Alianza que restituye las relaciones del Creador con las criaturas. (Von Balthazar)

LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO VISTA DESDE LA OPTICA ACTUAL.

Eusebio de Cesarea, en el siglo IV, afirma: «Tomó sobre sí mismo las pruebas de los miembros que sufren.» Hizo suyas nuestras humildes enfermedades. Sufrió y padeció por nuestra causa y lo hizo por su gran amor a la humanidad».

El «tuve hambre y me disteis de comer, sed y me disteis de beber, desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y fuisteis a verme» (Mt. 25, 35-45) tiene su plena realización y plenitud en la vida del cristiano resucitado.

La resurrección es el triunfo de la vida sobre la muerte ya desde ahora, en las condiciones y en la situación de nuestro mundo y de nuestra historia. Allí donde hay cristianos está presente el Señor Resucitado, porque el cristiano sigue la lucha contra la muerte, contra el hambre, contra la pobreza, contra la injusticia, contra el dolor, contra los delitos y sobre los bajos instintos a los que va sometiendo progresivamente.

La resurrección se hace presente y se manifiesta allí donde se lucha y hasta se muere por evitar la muerte que está a nuestro alcance (hospitales, ancianatos) y por suprimir el sufrimiento que se puede evitar (frente a la pobreza de muchos hermanos que viven en situaciones deplorables) Y aquí es donde, sobre todo, tiene que hacerse patente y tangible la fe en la resurrección: sufriendo por suprimir el sufrimiento y hasta muriendo por evitar la muerte. De tal manera que la fe en la resurrección es lo que tiene que ser en la medida en que se acerca a esta forma de praxis, es decir, en la medida en que se acerca a este compromiso práctico con la vida y en favor de la vida.

Resucitar con Cristo es ante todo preocuparme de mi hermano que sufre; preocuparme de los jóvenes engañados por la droga y el dinero fácil del narcotráfico y de la violencia en cualesquier forma. Sentir nuestros a los niños y niñas violadas por inescrupulosos. Sentir que estamos resucitados con Cristo es devolver a nuestra sociedad un tejido social de valores, cualidades y dones propios del Señor Resucitado. Podríamos decir que hay tantos flagelos que no permiten una vivencia y experiencia del Señor Resucitado y que impiden un crecimiento integral como sociedad.

¿Queremos vivir la resurrección hoy? tenemos que abrirnos al Señor y permitir que su gracia acompañe nuestro caminar de fe y de esperanza. Vivir hoy a Jesús resucitado implica un decálogo de acciones por los cuales nos ayudaran a darle cada día sentido al misterio redentor del Señor en nuestra vida y en la vida de nuestra familia y de nuestra sociedad:

  1. El Señor Resucitado está presente en todos los espacios y momentos de la vida cristiana (Col 2,12-13) (hay mucha indiferencia frente al misterio redentor del Señor)
  2. Estar en comunicación con él por medio de la oración (al mundo le falta oración, dice el Papa Francisco)
  3. Alimentarse cada día del pan de la eucaristía porque es el único camino efectivo para vivir la santidad de vida
  4. Leer y estudiar la Palabra de Dios, porquela resurrección de Cristo Jesús confirma la verdad de las escrituras.
  5. Anunciar el evangelio, ya que la resurrección de Cristo Jesús prueba que Él es el verdadero evangelio y el Hijo de Dios
  6. Dar testimonio de vida para manifestar en nosotros la verdadera imitación de Cristo. El resucitado se hace presente y actúa en la historia precisamente en aquellos hombres y mujeres que tienen ese cor inquietum (J. Moltmann)
  7. Estar atentos a las necesidades espirituales de nuestros hermanos realizando por ellos las obras de misericordia. El que espera en Cristo no puede conformarse ya con la realidad dada, sino que comienza a sufrir a causa de ella, a ser rechazado.
  8. Acoger, aceptar, proteger y favorecer a quienes llegan como refugiados
  9. Recordemos aquello de cabeza, corazón y manos, es decir, saber que conocemos a Jesús, lo amamos con el corazón y lo expresamos por las obras de nuestras manos.
  10. Vivir al estilo de la Virgen María, es decir, fortaleciendo y consolando a los discípulos de su Hijo, en nuestro caso los grupos eclesiales, los E.P.A.P., las comisiones. Intensificando nuestro trabajo con los agentes de pastoral.

COMO FUE LA RESURRECCION DE JESUS Y COMO SERÁ LA NUESTRA.

Empecemos por decir que nadie vio resucitar a Jesús, pero sabemos que resucitó y está vivo y que tiene un cuerpo espiritual. «Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes… Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual».(1 Cor 15:35-44) Tengamos presente que el cuerpo que enterramos en la debilidad, es cuerpo de muerte y el que resucita es un cuerpo celeste.

La diferencia que hay entre este cuerpo y el cuerpo resucitado es abismal: primero, el cuerpo resucitado será espiritual: inmaterial, nadie podrá verle, solo será visible en la dimensión eterna y espiritual; será carnal en cuanto humano. Nuestra humanidad no desaparece ni se funde ni confunde en la resurrección, seremos como ángeles, totalmente espirituales (Mt. 22, 30), seguiremos conservando la identidad bautismal. El hombre ante la eternidad de Dios no perderá nada, al contrario todo lo ganará porque el cielo se abrirá de par en par para el justo. 

El nuevo cuerpo de resurrección será diferente del actual, también es cierto que habrá continuidad con el presente. Este cuerpo será similar al cuerpo glorificado del Señor Jesucristo después de su resurrección. En su caso, él podía presentarse delante de los discípulos y ser reconocido por ellos: (Lc 24:39-40) "Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies". Pero también es cierto que su cuerpo era diferente, espiritual, como lo demuestra el hecho de que pudiera entrar en una habitación con todas las puertas y ventanas cerradas (Jn 20:19), o que pudiera ascender al cielo como lo hizo (Hch 1:9-10). Dios Padre permitió que los apóstoles compartieran con el resucitado, hizo posible que sus ojos aunque carnales, lo vieran y se dieran cuenta que no veían un fantasma, sino que era realmente al Crucificado pero resucitado. Los Apóstoles y los discípulos no inventaron la resurrección (y es fácil comprender que eran totalmente incapaces de una acción semejante). No hay rastros de una exaltación personal suya o de grupo, que les haya llevado a conjeturar un acontecimiento deseado y esperado y a proyectarlo en la opinión y en la creencia común como real, casi por contraste y como compensación de la desilusión padecida.

Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el último día. (Jn 6, 38, 40)

LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA ETERNA

Confesamos la resurrección de la carne, es decir, del hombre entero, como persona que vive en la comunión eclesial en el mundo, con los hombres y con la creación entera. La vida eterna, comunión con Dios, será también la «communio sanctorum», la comunión de los santos y de las cosas santas, de los nuevos cielos y la nueva tierra, de toda la creación liberada de la «vanidad» y «servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rom 8,20- 21). (SAN ATANASIO, Contra Arrianos 11,76; SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, De Adoratione in Spiritu et Veritate XVII; In Joannes VII-VIII.)

En la vida eterna, los resucitados realizarrán plenamente la comunión. El gozo de la comunidad eclesial alcanzará la plenitud en la comunión celestial. En ella, cada miembro del Cuerpo eclesial de Cristo descubrirá su puesto «indispensable» (1 Cor 12,22) y, por ello, sin envidia, «tomando parte en el gozo de los demás» (1 Cor 12,26). El amor, llegado a su cumplimiento pleno, dará sentido y valor a todos y cada uno de los diversos carismas (1 Cor 13). (SAN CIPRIANO, Sobre la unidad de la Iglesia 26; Sobre la peste 2-26.)

La resurrección «en el último día», al final de la historia y en presencia de todos los hombres, manifestará la «comunión de los santos». El cristiano, que ya vive resucitado, vivirá plenamente su resurrección en la comunión del Reino, gozando con los hermanos que vivieron la misma fe en Cristo. La muerte no ha tenido el poder de separarlos. En el Cuerpo glorioso de Cristo, a quien le unió el bautismo, el cristiano encuentra a sus hermanos, miembros con él del «Cristo total» (S. Agustín). Cristo «es la resurrección y la vida» (Jn 11,25). Quien se une a Cristo, es conocido y amado por Dios y tiene, por tanto, «vida eterna» (Jn 3,15): «Pues tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16.36; 5,24).

El infierno es la imagen invertida de la gloria. Al «ser en Cristo», se opone el ser apartado de Cristo, «no ser conocido por El» (Mt 7,23), sin comunión con El; al «entrar en el Reino» se opone el «quedarse fuera» (Lc 13,23-27); el «sentarse en el banquete» corresponde el ser excluido de él, o sea  «no participar en el banquete» (Lc 13,28-29; Mt 22,13); el novio «no conoce a las vírgenes necias y se quedan fuera, se les cierra la puerta»; el infierno es, «perder la herencia del Reino» (1 Cor 6,9-10; Gál 5,21), «no ver la vida» (Jn 3,36)... Si el cielo es «vida eterna», el infierno es «muerte eterna» o «segunda muerte». (Lc 13,3; Jn 5,24; 6,50; Ap 20,14; Rom 5,12..) El infierno existe y es eterno, como aparece en el Evangelio (Mt 25,41; 5,9; Lc 13,28)