Por: Dolors MassotTomado de aleteia.com

 

Foto: alfayomega.com

La limosna produce, en cambio,  uno de los más maravillosos beneficios para la salud del espíritu: consigue que salgamos de nosotros mismos. 

Al dar limosna, además, no solo se plantea una cuestión de presente sino de futuro: doy con la idea de cambiar la línea de progreso de tal persona y hacerla más rápida, más alta y más fuerte. Son las tres bases del lema olímpico: altius, citius, fortius. 

Y al pensar en que algo estamos cambiando en el futuro de una persona, manifestamos la esperanza de que a nosotros no nos faltará el pan para el día de mañana. 

Con la limosna aprendemos cada día a ser más generosos. La generosidad se aprende: cuando rebuscas en tu cartera y tientas unas monedas, cuéntalas y pregúntate: ¿no pueden ser un poco más de dinero?

Porque, seamos honestos: ¿damos solo de lo que nos sobra? La calderilla, o sea, las moneditas, la chatarra, ¿de verdad es lo más que puedo dar? ¿Pienso en lo que cuesta un café o una barra de pan? ¿Puedo compararlo con lo que desembolsaré en concepto de gastos de teléfono este mes, por ejemplo?

La actitud de “ir mirando” a los demás

La limosna nos activa las neuronas, nos ayuda a ir por el mundo con otra actitud. La actitud de “ir mirando”, o sea, de estar alerta para darme cuenta de lo que le ocurre a la gente con la que me encuentro a diario. Es llevar una vida de predisposición activa hacia los demás.

Al mirar a los otros, aprenderemos a leer en su rostro y a escucharlos. ¿Nunca te ha pasado que un pobre te da las gracias más por haberle saludado que por el dinero que le has dado? Por ahí es por donde la generosidad hace más humanas las relaciones. 

El dinero es la gran tentación: la avaricia, el afán de posesión desmedida, de control… Y con la generosidad desactivamos al monstruo. Con cada limosna, reducimos las ansias de nuestro dragón interior.

Y ser generoso nos hace crecer en solidaridad. Somos más solidarios y nos damos cuenta de que “el otro es mi hermano”, dice el Papa Francisco. Cuando doy limosna, compruebo que “nunca lo que tengo es solo mío”.

Porque quien dispone de algunos, pocos o muchos bienes materiales, ha de pensar cómo llegaron hasta él. Seguro que lo ha de agradecer también a otras personas: quienes le educaron, sus padres, los clientes, quienes confiaron en él, quienes le facilitaron un negocio, la administración pública… A todos ellos nos debemos.

Quien diga que la limosna no sirve de nada, es demasiado pesimista. Incluso cuando hablamos de moneditas, ¿has pensado qué ocurriría si todo el mundo diera algo?

Pero no te conformes con poco. Escucha tu interior: cuánto te dice la conciencia que debes dar. Dar en agradecimiento, dar para pedir, dar para reparar… Dar, como dijo la Madre Teresa de Calcuta, “hasta que duele”, cuando un día le preguntaron qué era la generosidad.