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La anterior imagen es inesperada, pues desde los últimos meses, persisten numerosas incógnitas respecto a la cumbre entre los dos dirigentes (Kim Jong Un y Donald Trump), porque no se ha llegado a un acuerdo entre las dos naciones y se ha sabido de ciertos roces por parte de los mandatarios.

El jefe de la diplomacia estadounidense Mike Pompeo, afirmó que Estados Unidos estaba dispuesto a aportar a Corea del Norte "garantías de seguridad únicas, diferentes" de las propuestas hasta ahora, a cambio de una desnuclearización "completa, comprobable e irreversible".   El arsenal nuclear norcoreano, que provocó una serie de sanciones de la ONU a lo largo de los últimos años, será la cuestión central de las conversaciones. 

Para Trump, este gesto de amistad equivale a un resultado triunfante de su extraordinaria apuesta con el autoritario líder. Pero había pocos detalles sobre qué nuevos compromisos se le aseguraron a Kim, incluso aunque Trump anunció que finalizaría los ejercicios militares regulares que Estados Unidos hace junto a Corea del Sur.

Aunque el desarme nuclear es de hecho el resultado final de la cumbre de este martes, no será conocido durante años, incluso en décadas. Pero el acto dramático de extenderle su mano a uno de los adversarios de más larga data de Estados Unidos ilustrará por siempre la tendencia de Trump a seguir sus instintos y destruir las normas.