Con frecuencia se oye decir que en la edad media a los pobres se les invitaba a un curioso banquete.  La mesa era el cuerpo de un difunto rico.  Sobre la barriga del muerto colocaban pan, cerveza y algún dinero. Estos eran recogidos por los pobretones que abundaban como migrantes petroleros en la frontera. De esta manera la familia del rico buscaba que el pobre hambriento cargara con los pecados del rico difunto y así abrirle las puertas del paraíso a quien iba directo a las tinieblas por no haber hecho nada o muy poco por los míseros pobres. Estos hacían las veces de chivos expiatorios, al cargar el costalado de culpas del poderoso. Llegaban a pensar que la pobreza era un fenómeno natural, algo gratuito y del azar, pero nunca el fruto del egoísmo y la corrupción, el acaparamiento y el mal corazón. No hay duda que hoy como ayer, abundan los banquetes que quieren favorecer a los pobres. De esta manera hacen crecer la mendicidad. Muchas obras de caridad, limosnas y reparto de platos de comida a la lata pueden ir alejando la vergüenza de mucha gente y fácilmente convertirlos en enemigos del trabajo, la industria y el desarrollo de los pueblos. El verdadero pobre es aquel que está imposibilitado para trabajar.  No puede trabajar por más que quiera.  Así pues dejar que el hábil, el zángano y pícaro pida limosna es sencillamente privarlo a él y al cuerpo nacional de su capacidad de aportar algo.  Aquí es muy cierto que no se trata de dar un pescado, sino enseñar a pescar.

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