Una señora triste y confundida entra a la tienda de don Chucho. Pide que le dé a crédito unos comestibles. Su esposo está enfermo y sus siete hijos tienen hambre. Le suplica entre sollozos. El dueño no acepta. Le ordena salir del negocio. Pero, ella, sintiéndose más necesitada que familia migrante en la frontera, insiste en el pedido con el compromiso de pagar pronto. Don chucho la rechaza. Aquí no tienes crédito.

Junto al mostrador está de pie un cliente que se conmueve ante la desesperada situación. Se acerca el comerciante y con el corazón en la mano, le dice que él se encarga de pagar la compra. Entonces, don chucho pregunta a la mujer si trae la lista de los víveres. Ella dice que sí. Ponga esa lista en uno de los platos de la balanza y lo que pese esa lista de comestibles, se lo daré. La señora confundida y más rajada que casco de vaca, busca un pedazo de papel y escribe algo que pone en uno de los platos.

Los ojos del dueño y del cliente se llenan de asombro al ver que el plato con el papel se hunde hasta el fondo y se queda así. El cliente está feliz y sonríe. El dueño empieza a depositar comestibles en el otro plato hasta llenarlo completamente. Toma entonces el papel y lo mira “más serio que burro embarcado”. Esto no es una lista de compras, señora. Es una oración que dice: “Querido Señor mío. Tú conoces mis necesidades todo lo pongo en tus manos.” Le entregan los comestibles y ella sale contenta y más ordinaria que remiendo en corbata. El cliente paga y dice: Vale la pena cada centavo y ahora entiendo “cuánto pesa una oración".

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