En cierta ocasión la verdad y la mentira fueron bañarse al río Zulia. Dejaron sus vestidos a la orilla del rio. La ropa de la mentira era toda andrajosa y fea, mal oliente y deshilachada. Mientras que el traje de la verdad era como todo una rosa, bonita y linda, perfumada y bien ajustada. Después de un rato en el agua, la mentira que era más cochina, se salió. Vio la ropa de la verdad, hermosa y delicada y se la fue acomodando tranquilamente y el puyó el burro. Cuando la verdad salió no tuvo otro remedio que ponerse los chiriles de la mentira. Y así es que de ese momento andan por la frontera, disfrazadas una de la otra. Entonces, vemos que la verdad parece mentira y la mentira verdad. Sobre todo en un mundo de medios cibernéticos las mentiras abundan como arroz.

Los políticos de turnos y muchos empleados públicos con facilidad envolatan al pueblo para mantener su mermelada. No faltan las mentiras piadosas para quedar bien. Embustes y cuentos de uno nacen cientos. La lengua hace crecer el rumor, la calumnia, el chisme que pueden arruinar o causar mucho daño a las personas. Las palabras mal usadas pueden destruir amistades y familias.

Con razón nuestros viejos se cuidaban al afirmar que antes se cae un mentiroso que un cojo. Hacían que las palabras no fueran un tropiezo u obstáculo para la convivencia. Que la verdad reinara siempre porque la verdad hace responsable al hombre.