Un niño descalzo y harapiento “más rajado que yuca asada” mira unos zapatos en el vitral de un lujoso almacén. Quiere que el niño Dios se los regale en navidad. Una distinguida señora se acerca al niño, lo toma del brazo y lo entra al almacén. Le compra un par de zapatos y calcetines, camisa y pantalón. Luego pide una vasija con agua y una toalla para secarle los cansados pies. El muchacho queda feliz y “más contento que cerdito estrenando lazo”. La buena señora lo despide con abrazo y un sonoro beso.

El pequeño, sintiéndose bello y más limpio que ojo de mico le pregunta, sorprendido a la altiva dama: “¿acaso señora ud es la mamá del niño Dios?”. No hay duda que son muchos los niños en estas condiciones de miseria y descuido. Particularmente por el fenómeno migratorio y el abandono de nuestros barrios periféricos. Por eso, esperan de los buenos corazones un gesto de generosidad y verdadera caridad. Buscan el rostro del Señor en los mayores de noble corazón. Es la manera de hacer gestos de navidad. Así se convierte la navidad para los niños en una gran fiesta, la bajada divina desde la eternidad del dador de todo bien.

Es la gran solemnidad en que la infinitud se hace cercana a los más necesitados. Si das y ayudas, compartes y repartes, serás rico de verdad. Con solo tutainas y antones hará muchos tilín tilín y nada de paletas. Vivir la navidad como un don es llenarse de Dios.

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