Un alto ejecutivo va en un lujoso auto.  El lugar es paradisíaco, con buena música y bien acompañado.  De pronto un fuerte golpe en el techo del carro le detiene.  Se baja airado y más bravo que toro de lidia.  Un pesado ladrillo ha dañado su auto.  A lo lejos ve un niño que le hace señales.  Llega al lugar y quiere estrangular al pequeño.  ¿Por qué has hecho esto? Con lágrimas y gritos de dolor dice que su hermano mayor en sillas de ruedas ha caído en un hueco.  He pedido ayuda desesperadamente y nadie ha querido.  Con inocente mirada pide al furioso empleado que le ayude.  Responde que sí y sacan del barro al minusválido.  Lo limpian con un fino pañuelo y lo trasladan en el costoso vehículo hacia la casa.  Mucho tiempo dura la marca del ladrillo en el carro.  Desde ese momento se da cuenta que su vida no está al servicio de los demás.

Un cambio total en su alma empieza. No hay duda, en nuestro caminar sentimos todos, de vez en cuando, los ladrillazos de la vida que nos invitan a ser solidarios con los menos afortunados.  No lo tomemos como una maldición sino como una buena motivación para un cambio de corazón.  Una invitación a dejar las sendas de la violencia y deshonestidad, la injusticia y el egoísmo.  Los ladrillazos del camino deben servirnos para disfrutar la vida en la bondad y la generosidad, la humildad y el respeto.  Convertir el corazón endurecido, frio e insensible, en un corazón bondadoso, tierno y amoroso.  Los ladrillazos son un llamado del Señor a la reconciliación y el perdón.  Llevan a desinstalarse y a desprenderse por amor del reino de Dios.