Por: Pbro. Onofre Peñaranda

Todos somos discípulos misioneros al ser enviados por el Padre al mundo. Todos somos enviados para revelar el amor que salva. Por eso, no hay excusa que valga. No es posible ser misionero llevando la Palabra que redime sin ser al tiempo discípulo. El discípulo hace la experiencia viva de Dios. Se deja penetrar por el misterio redentor. Se abre a la voluntad salvadora y a la alegría del Evangelio. Comprende por tanto dos ejes: El vertical, y el horizontal con Dios y con el prójimo. Dios es el sustento y la seguridad a lo largo de vivir el Evangelio. Se compromete en el plano horizontal al identificarse y compartir con sus hermanos. Es imposible ser un buen misionero si no ha sido un buen discípulo, sintiéndose enviado a los demás para comunicarle la experiencia de Dios, de Cristo y su Evangelio. A quienes somos enviados a personas concretas, que tienen nombre, que viven con nosotros, en la familia y en el trabajo, pero, también a los no conocidos y alejados. El Señor nos envía a llevar la riqueza de nuestra fe vivida en alegría. No se nos pide hacer obras milagrosas pero, ¿qué mayor milagro que poder gritar nuestra experiencia de Dios en el mundo de hoy?