Por: Pbro. Onofre Peñaranda

Dos palabras que siguen moviéndose más que gelatina de pobre, a raíz de los diálogos de Cuba y la guerra que nos acosa por más de 5 décadas. Dos palabras para repensarlas a partir de los intentos de parar la corrupción. Una actitud crítica y objetiva que nos debe llevar al encuentro del ofensor para lograr cicatrizar las heridas y desterrar los deseos de venganza más peligrosa que tiroteo en ascensor. Perdonar es como un ir a la casa del Padre Dios.

Un caminar que no genera dolor o temor, tristeza o amargura. Es un nuevo amanecer que renueva la paz interior y nos alcanza una profunda sanación, dejándonos más limpios que ojo de mico. Pedir perdón es el mayor regalo de pascua. Abre el corazón al espíritu de Dios que derrama abundantemente su misericordia. Se da entonces el encuentro con Cristo que es real encuentro con el hermano. La reconciliación tiene que seguir necesariamente al perdón como reparación del daño que ocasiona el pecado. Así se evita que las ofensas se repitan una y otra vez. Con qué facilidad olvidamos restablecer el vínculo entre el ofendido y el ofensor. Se perdona pero no se olvida. Se sigue cargando el peso de la culpa. En las familias se enseña el perdón pero no a perdonar y a recobrar la concordia y la confianza con quien causó el mal. Nos cuesta reconocer al victimario como prójimo. Se olvida que reparar con altura es resucitar con Cristo y hacer efectivo el misterio de su pasión. Con la reconciliación se inicia el camino hacia una paz duradera. Es preciso darle una segunda oportunidad al ofensor para abrir así las puertas a la cultura del encuentro, a la cercanía y la ternura al modo de Cristo Jesús.