Por: Pbro. Onofre Peñaranda

Día de fiesta y de descanso. Un día para ser más humanos y vivir más a fondo nuestras vidas y alegrías. Día de acción de gracias por tantas cosas. Por eso, lo que se vive el domingo debe ser distinto de los otros días de la semana. En estos se trabaja, se hace dinero, se compra y se vende.

El día de la eucaristía debe ser diferente. Es preciso sentir en él el gozo familiar como un don de Dios. Un día de descanso para propiciar la comprensión y solidaridad que hacen brotar por encanto la alegría y la seguridad. Pero de manera especial el descanso dominical es el tiempo bendito para integrar a Dios a la mesa familiar, para celebrar agradecidos el don de la vida y para crecer en la fe y la esperanza de alcanzar sus promesas.

El día del Señor se nos da para construir puentes hacia la verdadera madurez cristiana y para derribar los muros del egoísmo. Domingo en que vivimos la pascua del Señor como un ir a muchos hermanos impulsados por el Espíritu del Señor. Los padres de familia son los responsables de hacer vivir este primer círculo de la vida cristiana.

Ellos siguiendo al Padre creador hacen que los hijos encuentren horizontes de infinito. Entiendan que este tiempo no debe ser ganancia y trabajo, diversión y pachanga sino un impulso hacia aquel que hace el domingo para el hombre y no el hombre para el domingo.