Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid

Hemos venido cuidando atentamente una larga reflexión en estas páginas de LA VERDAD, siguiendo el camino que nos ofrece el Papa FRANCISCO, en la Exhortación Apostólica ALEGRAOS Y REGOCIJAOS (Gaudete et exsultate).

Este texto pontificio quiere animar a la Iglesia al buscar la Santidad de vida, a hacer de este tema algo cercano y comprensible para todos y cada uno de nosotros, con palabras sencillas y ordenadas, con una profunda reflexión acerca de un estado de vida que tiene que permear a toda la Iglesia de Cristo.

En estas páginas hemos venido reflexionando ya acerca de este tema. Ahora enfrentamos el tercer gran capítulo de este documento y encontramos como el Pontífice nos pone a la escucha de la Palabra de Dios, tomando de ella unas actitudes y unos hechos de vida que son la oportunidad de crecer en esa vida de la santidad. Este capítulo esta titulado “A la luz del Maestro”, y quiere poner unos elementos claros para que pensemos como las acciones de vida, los comportamientos deben estar basados en la Palabra de Dios y ello, claramente, nos hace participar de la voluntad de Dios y por ende alcanzar la santidad. Toma como base el texto de las Bienaventuranzas, relatos que se encuentran en San Mateo y en san Mateo 5, 3-12 y Lucas 6, 20-23. Según, la enseñanza del Papa, allí, “Jesús explico con toda sencillez que es ser santos” (n. 63).

Nos lleva con el pensamiento y con la enseñanza a uno de los lugares más bellos de la Tierra Santa, en las cercanías de Cafarnaum, la Montaña de las Bienaventuranzas, donde Jesús predicó una de sus enseñanzas fundamentales y que resumen ciertamente lo central de esa experiencia que debe guiar a cada uno de los que son sus discípulos, aquellos que desean seguirle y copiar sus enseñanzas.

Para ser buenos cristianos es necesario vivir esas actitudes precisas que hacen un buen cristiano. La enseñanza de Jesús no está basada solo en doctrina o en contenidos de la Revelación, esas enseñanzas que podemos repetir de memoria o que podemos aprender. No es una religión de conceptos o de unas meras doctrinas, el seguir a Jesús, como cristianos comporta asumir unas determinadas maneras de vida, de comportamiento que están fundadas sobre el Evangelio de Cristo.

Es una invitación precisa la que nos entrega el Papa FRANCISCO, el vivir esas actitudes, el llevar a la vida es un reto que debemos asumir claramente. Dice el Papa: “...cuanto estamos llamados a trasparentar en lo cotidiano de nuestras vidas” (n. 63). La adhesión a Cristo y a su Evangelio, pasan necesariamente por una forma de vida concreta, de acciones concretas que tenemos que aprender a concretar en nosotros. Para el Santo Padre hay una equivalencia entre la palabra “Bienaventurado” y la palabra “Santo” (n. 64). Dice: “La persona que es fiel a Dios y vive su Palabra, alcanza en la entrega de si, la verdadera dicha” (n. 64).

La Palabra nos lleva a un estilo concreto de vida, a una forma de actuar que llena la vida de sentido. Esta forma de vida va contra corriente, va contra las formas concretas y actuales de revisar y releer la vida. Estas formas de vida, estas concretas formas de asumir la existencia, son propiciadas por el Espíritu Santo que aleja de nosotros “egoísmo, comodidad, orgullo” (n. 65).

En el texto nos enseña claramente y, por respeto desearía dejar hablar directamente al Santo Padre sin ningún comentario o explicación: “El Evangelio nos invita a reconocer la verdad de nuestro corazón, para ver dónde colocamos la seguridad de nuestra vida. Normalmente el rico se siente seguro con sus riquezas, y cree que cuando están en riesgo, todo el sentido de su vida en la tierra se desmorona. Jesús mismo nos lo dijo en la parábola del rico insensato, de ese hombre seguro que, como necio, no pensaba que podría morir ese mismo día (Lc 12,16-21). Las riquezas no te aseguran nada. Es más: cuando el corazón se siente rico, está tan satisfecho de sí mismo que no tiene espacio para la Palabra de Dios, para amar a los hermanos ni para gozar de las cosas más grandes de la vida. Así se priva de los mayores bienes. Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad.

Esta pobreza de espíritu está muy relacionada con aquella «santa indiferencia» que proponía san Ignacio de Loyola, en la cual alcanzamos una hermosa libertad interior: «Es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás»[68].

Quiero dejar estas ideas y reflexiones para volver sobre la enseñanza del Papa FRANCISCO, en un texto que podemos encontrar fácilmente hoy en las modernas redes sociales o en nuestras librerías católicas de Cúcuta.

Continuará...

P.D. Oremos por el Santo Padre, que necesita de nuestra cercanía y apoyo espiritual en estos momentos difíciles para la Iglesia.

¡Alabado sea Jesucristo!