Por: Pbro. Onofre Peñaranda

La fe debe estar ante todo. Esto nos mueve a buscar las mejores fórmulas para expresarse. Pero, ello no convierte las fórmulas en objeto de fe.

La verdadera fe debe inducir a ajustar la conducta a ciertas normas que muevan a celebrar la vida como la gran fiesta; a dar gracias y a tener un diálogo permanente con el Señor.

Desde luego, hay que ir un poco más allá de los ritos o ceremonias, impulsados por el miedo o por el interés de granjearse con ellos una gala de bendiciones de lo alto.

La fe debe entenderse como una experiencia interior, un sentimiento de confianza total en Dios. En términos cristianos la fe es compartir el espíritu de Cristo, la experiencia interior, confianza plena y filial hacia el Padre Dios.

Esta confianza plena da las fuerzas necesarias para atravesar los desiertos del mundo. Es energía divina que nos lleva a superar nuestras cobardías. Fuerza que mueve a actuar sin evanecerse y sin cobrar a Dios por las obras.

Hace al hombre de las redes sociales un verdadero constructor de la historia. Una mejor persona que sigue a Cristo. Un hombre nuevo que mira más allá. Esta fe se debe robustecer y reanimar en sus dimensiones litúrgicas y sacramentales, políticas o sociales. Especialmente en la misa dominical y el sacramento de la penitencia.

Es preciso purificar y revivir este gran tesoro en la familia y en la comunidad.

Tratemos de brillar con nuestras obras y que los que caminan con nosotros resplandezcan con la luz de Cristo.