Por: Pbro: Onofre Peñaranda

Jesús en el evangelio a muy pocos dice “sígueme”, después del milagro de la curación. Pero sí son muchos a los que dice “vete a tu casa” luego de la sanación. “Un vete a tu casa” como un proceso de superación permanente. Un camino de trascendencia que lleva al encuentro de los demás. No es un sitio o lugar de cuatro paredes. Es algo que primeramente hay que buscar en el corazón. Aquí se encontrará todo lo necesario para amoblarla como los amigos de verdad, los anhelos de aprender y las ganas de vivir mejor. Es preciso hacerla un lugar sagrado, un altar interior para alabar y dar gracias al Señor. Entonces, allí en tu casa-familia estarás a la altura de los compromisos de trabajo y recreación. Entenderás así mismo que la vida sigue siendo bella, a pesar de peregrinar en una sociedad de redes sociales con muchas dificultades.

Pero por encima de todo descubrirás un gran tesoro: la familia. En ella podrás pensar y respirar, servir y volar con los tuyos. Encontrarás a alguien con quien acurrucarte cuando el mundo parece frio y la vida incierta. Pues, si el mundo es tempestad, la familia es puerto seguro. Tu casa-familia lugar de la primera sonrisa y de colgar los guayos al final del camino. Es territorio de paz y refugio contra todo agravio. Escudo en lo esquivo y adverso. Procura llevar tu casa-familia a todas partes. Siéntete orgulloso de ella. Son muchos los enemigos que quieren minar esta piedra angular de la Iglesia.

No acabes con tu casa-familia. Donde se cultiva la mayor alegría para el hombre. De otra manera vivirás más confundido que Adán en el día de la madre. Ay de los sin casa-familia.