Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid

La familia es el gran reto de nuestro tiempo y tenemos que fortalecerla y potenciarla, desde la fe que como católicos profesamos. De frente a nuestros ojos, aparece una realidad triste y dolorosa: estamos perdiendo el valor de la familia, establecida por Dios, para la transmisión de la fe y el crecimiento de la comunidad en sus valores y humanidad.

La Iglesia, como lo enseñó San Juan Pablo II, ha gastado su tiempo y su tarea en dar a conocer el don de la verdad sobre la familia, sobre el gran don precioso del matrimonio. Toca esta realidad fundamental de la familia uno de los elementos fundamentales de la existencia de la persona humana. Defender el matrimonio, entre hombre y mujer, nos lleva también a defender el valor de la vida humana que, al interno de la familia se transmite y garantiza.

Defendamos la familia desde la fe. Aquí, en esta reflexión, queremos defender la familia desde los principios católicos, que provienen de la fe en Cristo. Nuestro mundo, el tiempo que vivimos, está cada vez más marcado por el relativismo, por doctrinas laicas, que quieren arrancar la fe y sus diversas manifestaciones de nuestra cultura. Los últimos decenios han marcado mucho nuestras conductas y nuestros pensamientos con posiciones horizontales, donde son valorados elementos y actitudes que son los mínimos de un comportamiento ético. No es el momento de entrar con detenimiento en estas posiciones, pero se atacan valores religiosos, valores espirituales y trascendentes, se quiere relegar lo religioso y lo espiritual a lo meramente personal y limitarlo a lo privado. Uno de los elementos fundantes que es atacado, es el valor de la familia humana, de cuanto ella hace y significa en el plan de Dios.

Defendamos el don precioso de la vida humana. Dios, que es creador del hombre, ha querido desde el momento mismo de dar vida, entregarle el don precioso de transmitir la vida”, se unirá el hombre a la mujer y serán una sola carne” (Gen 2, 24). En este plan de Dios, hay un designio fundamental, que tiene que ser experimentado por el hombre, en la realización integral de su vida, de cuanto Dios quiere. Nuestro tiempo ha reducido la sexualidad al mero placer, despojándola de su capacidad generadora de vida, de ser participación del don de Dios de la creación, como pro-creadores de la vida. Hemos potenciado el erotismo, el mero placer, despojando de su valor espiritual y de comunión corporal que tiene el matrimonio.

Hoy se nos quiere mostrar un modelo de familia que es equivocado, que no corresponde al plan de Dios, que destruye el plan de Dios para la realización de su proyecto. La familia y su constitución, con la participación del hombre y de la mujer, está llamada a transmitir la vida, a generar las capacidades y hechos en la vida de los hombres, que correspondan a un alto ideal de bien, verdad y belleza. Es el modelo que pretende la consolidación de la sociedad y de su realidad, con la participación de estos núcleos fundamentales.

Afirmar el don precioso de la familia, es afirmar la capacidad que el hombre tiene de cumplir el plan de Dios y sus designios. De esta afirmación depende también el mantenimiento de la sociedad en principios superiores y elevados que nos quiten de frente a nosotros grandes riesgos de inmoralidad, imperfección y desorden.

Es necesario afirmar el apoyo a la familia, a sus principios fundantes, a su tarea superior en el contexto de la realidad humana. Este es el gran reto para nuestros gobernantes, al asumir sus responsabilidades. El gran progreso, la paz, el futuro, dependen del apoyo y potenciación del tema de la familia, esta es una tarea prioritaria. De la familia depende la transmisión de la vida, del don precioso de la vida que se transmite y de cuida, se forma y llega a la tarea entregada por Dios. De la familia se reciben los valores humanos, que nos agregan y fortalecen, de la familia, surgen los principios èticos de agregación y colaboración entre las personas, el trabajo, la colaboración y capacidad de transmitir oficios, capacidades. De la familia, depende la transmisión del bien y de la justicia en nuestras comunidades. Esta comunidad de vida, depende la transmisión de la fe y de los valores espirituales.

En muchos momentos y situaciones de nuestra comunidad humana, en aras de la libertad y del desarrollo de la personalidad, se ataca a la familia y se defienden situaciones humanas que no corresponden a la familia. Se ataca la constitución de parejas estables, de hombre y mujer, bendecidos con el sacramento. Muchos elementos y lecturas de la realidad actual, limitan las relaciones entre los hombres y mujeres a la mera relación erótica y de placer. Son grandes sombras que se proyectan sobre la persona humana y esta, una de sus expresiones más importantes: el matrimonio y la familia que este constituye.

En este momento de la historia humana es necesario defender la familia, como el plan que Dios ha establecido y fundado, para la trasmisión de la vida, del hecho humano en sus valores y de la fe trascendente.

En la familia, se manifiesta el amor de Dios, donde el hombre se presenta como “imagen de Dios” (Gen 1, 26). El hombre y, concretamente nuestra comunidad, están llamados a fortalecer la familia, sus valores, sus capacidades. Es necesario, de todas formas, propiciar leyes, acciones, temas que fortalezcan estas células fundamentales de nuestra comunidad. Muchos parecen hoy no valorar la familia y su importancia.

Que estas reflexiones nos ayuden a tomar conciencia de la importancia de la familia y de su gran fundamento en nuestra comunidad. De la familia depende el futuro del hombre, de sus valores, de sus valores trascendentes, del cumplimiento del plan de Dios.

San Juan Pablo II nos invitó a que nuestra sociedad se ponga al servicio de la familia, de permitir su participación en la construcción de la sociedad, a comprender que de ella depende el bien de la comunidad, fortaleciendo este don indispensable de la comunidad (Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, n. 45). Los invito a reflexionar y a profundizar en estos temas que son siempre urgentes en nuestra comunidad, en este instrumento precioso para defender LA VERDAD, en este periódico

¡Alabado sea Jesucristo!