Por: Pbro. Onofre Peñaranda

El pueblo de Israel en el desierto hacia la tierra prometida se alimentó con el maná. Hoy la Iglesia por el desierto del mundo recibe el pan del nuevo éxodo. No se trata de un concepto físico como el pan de la mesa o la arepa ocañera. Su significación es antropológica. Jesús se hace presente en nosotros y nosotros hacemos presente a Jesús a través de la comida fraterna del pan. “Coman todos de él. Esta es mi carne”. Su presencia se da por el espíritu del Padre que hace hombres nuevos al comulgar. El no da cosas o hace regalos. Su lenguaje es carne y espíritu. Dios como persona entra en comunicación interpersonal con quien lo recibe. El pan entonces, expresa el amor y lo contiene.

El amor como don o entrega de sí mismo. Porque un amor sin entrega, sin compartir las cosas con los necesitados está muy lejos del Señor. El don del pan adquiere su sentido profundo cuando el que lo recibe se considera a sí mismo como pan que se parte y comparte con los demás.

Esta es la nueva ley de la humanidad que se hace alimento para los necesitados. “Denles ustedes de comer”. Y les hace como canastos de comida para los pobres. Jesús de este modo cambia de signo más no de realidad. Su presencia sigue siendo memorial de su vida, pasión, muerte y resurrección.

Es el misterio que vivimos en la santa misa, acercándose y haciendo memorial litúrgico y sacramental. Su presencia no es desencarnada. Cristo se encarna en un ambiente espacio-temporal en el pan y el vino que alimenta nuestras vidas. Qué gran misterio.