Por: Pbro. Onofre Peñaranda

El pueblo de Israel celebraba la fiesta de Pentecostés por 50 días después de la Pascua. Una gran celebración que relacionaba con la alianza sellada en el monte Sinaí y con la donación de los mandamientos al pueblo de Dios. También las primeras comunidades vivían intensamente el misterio pascual con una solemne cincuentena. De esta manera celebraban la exaltación de Cristo, constituido Señor del universo y cabeza de la humanidad, vencedor de la muerte e intercesor ante el Padre en favor de los hombres.

Sobre todo, con la cincuentena pascual iniciaban la recolección de los frutos de la tierra, especialmente los cereales. Para los cristianos de una manera particular la cincuentena era un periodo de la historia en que el pueblo se sentía invadido por la acción del Espíritu Santo. Un don del altísimo que el mismo Cristo envía desde el Padre para que sea nuestro maestro, abogado, consolador y defensor. El mismo espíritu que derrama sobre la humanidad desde el altar de la cruz. El espíritu de Dios que transforma a los creyentes en nuevas creaturas. El tiempo de la cincuentena pascual pasa a nuestras comunidades y familias. Es un misterio que debemos vivir como una fiesta ininterrumpida. Hoy más que nunca nuestra Iglesia de frontera necesita estos espacios de tiempo para vivir el misterio del Espíritu Santo de Jesús. Estas celebraciones llevan a una constante renovación de nuestras comunidades eclesiales.

Dejan a un lado las viejas estructuras de pecado y alcanzan fuerzas vitales para un mundo nuevo. Es la superación del hombre viejo mediante la conversión del corazón. La renovación en el espíritu santo no se queda en ritos externos, procesiones y rezos sino en la novedad de vida que da el espíritu del Padre.