Por: Pbro. Onofre Peñaranda

La Pascua, fiesta de fe y de esperanza, encuentro del Dios de la historia con el hombre. Es la celebración en grande del misterio de la exaltación de Jesucristo Señor del universo. La Pascua anticipo de nuestra resurrección. Para el cristiano el gran modelo pascual es María. El fiel devoto impulsado por la acción del espíritu, se convierte en testigo del Señor resucitado. Puede ver y hacer presente la Pascua de Jesús mediante los signos de la resurrección. María, festivo y gracioso signo pascual camina delante de los hijos de Eva.

Nos anima en la lucha contra el poder de las tinieblas y nos enseña a vivir la Pascua en el respeto a la vida. Este espíritu pascual mariano se siente particularmente en el rezo del santo rosario. Con María la vida familiar se convierte en la gran fiesta de los hijos que avanzan hacia la montaña santa de la glorificación. Allí María junto su Hijo pertenece ya a una esfera del mundo totalmente nueva. En el esplendor de su gloria nos invita a testificar por la fe el amor fraterno, preferentemente, por lo más pobres y enfermos.

Santa María de la Pascua haz que irradiemos en nuestra vida ordinaria paz, alegría y espiritualidad. Danos el poder de asumir un nuevo estilo de vida con un corazón abierto al Evangelio de tu Hijo. Permite que la catequesis y los encuentros pastorales estén en caminados a descubrir los signos reveladores de la Pascua. Así los caminos de la salvación serán más fáciles al contar con una cara de alegría pascual que invita al perdón y a la reconciliación. Que nuestro hombre del campo vuelva a sentir el gozo de la recolección del fruto de la tierra. Que no abandone sus parcelas para ir a la ciudad. María de la Pascua haz que vivamos cada eucaristía como un anticipo de nuestra exaltación glorioso, junto al dador de vida nueva y de la madre de la esperanza cierta.