Por: Pbro. Onofre Peñaranda

La resurrección es un hecho histórico que sucede solo ante Dios. Ningún ser humano ha sido testigo directo de la resurrección. Ver y tocar, seguir y vivir el misterio de la Pascua va más allá de los sentidos. Son muchos los signos que conducen a un mundo totalmente nuevo. Otras son las señales que llevan a una situación definitiva que mira al futuro y no al pasado. Es el poder de la fe y la fuerza del Espíritu Santo del Padre los que dirigen la historia del hombre hacia un Cristo futuro y esperanza plena. Por eso, no hay más que creer y esperar: “dichosos los que creen sin haber visto”.

Aquellos que no le buscan entre los muertos, y no lo piensan embalsamado como a un gran personaje. Aquellos que acuden a las señales reveladoras del resucitado entre ellas, la comunidad y la familia como estilos de vida, bella relación fraterna que lleva a compartir en la mesa y en el camino los bienes y la amistad. Por su unidad y solidaridad las gentes de aquel entonces decían: “miren como se aman.” Hoy con la misma energía del resucitado decimos “como se odian, roban y matan en una frontera llamada para cosas grandes.” ¿Por qué? Por inmadura y poco comprometida nuestra fe. Seguimos en una postura de semana de pasión, muerte y complot. Otra señal maravillosa es la capacidad de perdonar. Todos los gestos de paz, reparación de tierras y de víctimas no están lejos del Resucitado. Revive en esta pascua las señales de la cruz y de las llagas, el dolor y la enfermedad, la ancianidad y la debilidad. Lleva la luz pascual a los ambientes dominados por la explotación y el secuestro, el desplazamiento y la corrupción. Así verás cumplidas las promesas ya realizadas en Jesucristo.

Otra señal gozosa vívela en el misterio eucarístico de la misa dominical. Ábrete a la fuerza de la Palabra y a la alegría del pan partido. En tu camino pascual no olvides a María ella te recuerda que ha llegado la hora, la fiesta de la pascua del Señor.