Por: Pbro Onofre Peñaranda

Pero no como en los tiempos del catecismo Astete o la urbanidad de Carreño. Hoy los niños van al aula con todo. Sobrados en elementos cibernéticos. Los jóvenes llegan bien colgados de la red. Ya son adultos en técnicas de comunicación. Por eso, el maestro entiende que la educación no es un repetir moralidades y dualismos.

La educación tradicional ya no es la que se ofrece. El mundo digital ha roto el paradigma de la enseñanza común y corriente. El maestro comprende ahora que enseñar no es lo mismo que memorizar. Es sencillamente una producción de experiencias de excitación, un toquecito para que el alumno siga buscando como llegar a vivir una vida digna. Como seguir creciendo en sabiduría, paz, alegría y amor. Como utilizar las herramientas de la tecnología digital para llegar más fácilmente al objetivo y con mayor impacto. La escuela aparece entonces como un lugar de vínculo y conexión. La educación de esta manera no puede seguir siendo una empresa privada. Debe llegar al medio ambiente, a la ciudad, a la familia y a su entorno.

Debe ir a los ciudadanos para hacerlos más humanos. Así la educación se va traduciendo en seguridad para todos, en productividad y en desarrollo integral, en mucho afecto y felicidad. No es ya un problema de pedagogía sino, es ante todo, un problema de civilización que construye verdaderos mensajeros de paz.