Por: Monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid


El mes de octubre es el mes de las misiones, desde hace más de un siglo, ahora quisiera seguir reflexionando con ustedes, queridos lectores, sobre el tema de las misiones, querría sobre todo, pensar en Aquel que nos envía a evangelizar, Cristo.

Hay una expresión muy sugestiva que nos hace ver las acciones de Cristo en clave de Misión.

En San Lucas, en el capítulo 4 se nos cuenta la presencia de Jesús en la Sinagoga de Nazaret en una clave sugestiva que nos toca a todos, que nos incorpora a todos en la que con razón se puede llamar “misión de Jesús”. Es el discurso con el cual inicia solemnemente su ministerio público, con una gran intervención en la Sinagoga, donde Él hace cumplir la profecía de Isaías.

En efecto, mientras miramos con singular afecto la realidad de la Iglesia misionera, hemos de pensar que el primer enviado es el mismo Jesús ungido por el Espíritu (Lucas 4, 14-22; Isaías 61, 1-2). Él fue envido por el Padre para evangelizar, para llevar la Buena Noticia a todos los hombres, en los confines de toda la tierra.

Hay una inquietud profunda en el mismo Señor: Saberse enviado y de manera especial a las situaciones y a las personas en las que se hace evidente lo que hace unos días apenas nos recordaba el Papa Francisco: la vulnerabilidad.

El gran Misionero ha sido prefigurado en la larga profecía del Antiguo Testamento. Allí se anunció que el Señor de la Iglesia y la Iglesia que el Señor ama prosiguen la misión, el anuncio de la voluntad del Padre.

Hoy en nuestra Iglesia, la Diócesis de Cúcuta, esta vocación misionera se concreta formando, acompañando, cuidando, actualizando en cada corazón la cercanía misericordiosa de Dios, siguiendo la llamada que Jesús le hace a su Iglesia para que sea signo, para que sea puerta, para que sea casa de encuentro en la que Jesús pastorea como abanderado de la fe y luego acompaña como esperanza de todos.

 Es allí donde nace el modo misionero de la Iglesia, ratificado luego en la cruz y más adelante en el envío misionero que se escucha en las celebraciones de la Ascensión. Es allí donde nace algo más que un título para la comunidad nacida de la Pascua: Ir por todo el mundo.

 Este camino que el mismo Jesús inicia, es el que ahora se vuelve para nosotros un imperativo, una determinación que define al pueblo de Dios con el honroso nombre de “Misionero”.

Concretada la misión de Jesús, Él la pone en el corazón de la Iglesia y la destina a llevar esperanza. No hemos cesado de hacerlo, y de qué modo esta acción evangelizadora asume novedosas expresiones en la realidad de cada Iglesia, en los compromisos que pasan de ser gestos humanitarios a ser misericordia divina impregnada con la gracia del Espíritu Santo que transforma un gesto de amor en presencia de Dios que enseña, que consuela, que acompaña, que vela junto al enfermo y que nos enseña a predicar no solo con palabras sino con signos la Buena Noticia de la victoria de Dios en su Hijo, nuestro Señor. Reflexionábamos ampliamente sobre las nuevas formas de misión, de anuncio, aquí y ahora, en nuestra ciudad.

El gran misionero llama a cada uno de los que quiere enviar y, de un modo novedoso, los forma, los modela, los acompaña, los sienta a la mesa en la que se combinan fraternidad y presencia edificante y generosa del que nos dio, para confirmarlo todo, su Espíritu Santo.

Que el mes de las misiones nos siga motivando para:

Orar por los que van a misión,

orar por los que esperan la luz del Evangelio,

orar para que lo sembrado se desarrolle,

orar para que no falte al mensajero la fuerza para llevar la cruz y la desbordante alegría que lo haga testigo de Jesús, Misionero Vencedor, Mesías redentor, que haciéndose hermano nos codujo.

Orar escalando el árbol de la cruz para llegar a mirar desde esa altura el alcance universal de la llamada a la fe.

Los misioneros necesitan de nuestra compañía, ayuda, oración.

 

¡Alabado sea Jesucristo!