Por: Pbro. Onofre Peñaranda

No hay auténtica fe cristiana sin vida comunitaria. La fe comunitaria es el gran desafío para la Iglesia de hoy. No hay otra opción, si se quiere llenar los enormes vacíos que deja esta modernidad cibernética, incapaz de cumplir sus promesas. Hemos vivido un cristianismo masificado, gordo y además hinchado. En los templos las celebraciones litúrgicas, montoneras de gente, que pasan como las nubes o el humo.

Peregrinaciones y otras tantas movilizaciones tienden a dejar la Iglesia en la cuerda floja frente a los grupos que si buscan el bien común. Siguiendo el ejemplo de la iglesia primitiva, hoy es urgente abrir caminos de auténtica fe y vida comunitaria, empezando con la creación de pequeñas comunidades, el surgimiento de grupos apostólicos y misioneros que experimenten en verdad la vida en común. Se necesitan movimientos eclesiales que vivan el Evangelio y resalten la presencia viva del espíritu.

Es la invitación reiterada del Papa Francisco cuando nos habla de una Iglesia en salida hacia las periferias. Una Iglesia en marcha, en construcción permanente de comunidades de fe para poder relacionarnos entre sí como personas, confiar y crecer con los demás.

De esta manera, los ricos y poderosos no se alejaran de los necesitados. Todos nos sentiremos llamados a meter la mano al bolsillo por el bien social. No nos quedaremos en golpes de pecho o en bendiciones, pues, la fe más que para bendecir es para compartir con los más pobres.