Por: Pbro. Onofre Peñaranda

La resurrección es un hecho histórico que sucede solo ante Dios. Ningún ser humano ha sido testigo directo de la resurrección. Ver y tocar, seguir y vivir el misterio de la Pascua va más allá de los sentidos. Son muchos los signos que conducen a un mundo totalmente nuevo. Otras son las señales que llevan a una situación definitiva que mira al futuro y no al pasado. Es el poder de la fe y la fuerza del Espíritu Santo del Padre los que dirigen la historia del hombre hacia un Cristo futuro y esperanza plena. Por eso, no hay más que creer y esperar: “dichosos los que creen sin haber visto”.

Aquellos que no le buscan entre los muertos, y no lo piensan embalsamado como a un gran personaje. Aquellos que acuden a las señales reveladoras del resucitado entre ellas, la comunidad y la familia como estilos de vida, bella relación fraterna que lleva a compartir en la mesa y en el camino los bienes y la amistad. Por su unidad y solidaridad las gentes de aquel entonces decían: “miren como se aman.” Hoy con la misma energía del resucitado decimos “como se odian, roban y matan en una frontera llamada para cosas grandes.” ¿Por qué? Por inmadura y poco comprometida nuestra fe. Seguimos en una postura de semana de pasión, muerte y complot. Otra señal maravillosa es la capacidad de perdonar. Todos los gestos de paz, reparación de tierras y de víctimas no están lejos del Resucitado. Revive en esta pascua las señales de la cruz y de las llagas, el dolor y la enfermedad, la ancianidad y la debilidad. Lleva la luz pascual a los ambientes dominados por la explotación y el secuestro, el desplazamiento y la corrupción. Así verás cumplidas las promesas ya realizadas en Jesucristo.

Otra señal gozosa vívela en el misterio eucarístico de la misa dominical. Ábrete a la fuerza de la Palabra y a la alegría del pan partido. En tu camino pascual no olvides a María ella te recuerda que ha llegado la hora, la fiesta de la pascua del Señor.

Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid

Con estas palabras nos propone el Papa Francisco el motivo de nuestras oraciones para la 55° Jornada de Oración por las Vocaciones.

El tema de las vocaciones al sacerdocio es muy importante para nuestras comunidades. Ellas necesitan de los sacerdotes que presiden, celebran, evangelizan a nuestras comunidades. Sobre su ministerio -servicio generoso y fiel- se construye la comunidad de fieles.

El crecimiento de nuestra comunidad en fieles es muy grande. Hay una sed grande de vocaciones. Necesitamos pastores según el corazón de Dios que puedan alimentar la fe y la esperanza de muchas comunidades, que puedan llevar la buena nueva del Evangelio a los confines de la tierra y a las distintas y dramáticas realidades en las que hay urgencia de palabras de esperanza y de vida. Venimos haciendo un gran esfuerzo en la Diócesis de Cúcuta para animar y fortalecer las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Entremos en cuanto nos pide el Papa Francisco:

Escuchar

Para que se dé la llamada de Dios es preciso escuchar. Ya la Sagrada Escritura nos propone el ejemplo de niños, jóvenes e incluso adultos que se hicieron profetas y guías del Pueblo Santo. Ellos escucharon la voz de Dios que les mostraba siempre dos realidades: su condición de elegidos que los hacía destinatarios de una llamada, su condición de enviados que se destinaban a misiones específicas en favor de los demás.

Dios nos pide hoy que aprendamos a escuchar su voz. Bellamente lo dice un texto de la Liturgia de las Horas: “ya no es su sitio el desierto ni en la montaña se esconde”, porque Dios nos sigue hablando hoy en la Iglesia, maestra y discípula, en la realidad que nos pide ver la historia humana como un grito de dolor que espera la voz de un amigo de Dios que consuele, que exhorte, que corrija, pero sobre todo, que ame.

Por eso pido que escuchemos. De modo especial les pido a los jóvenes y a los niños que abran su corazón para que el Señor les hable, para que sepan distinguir la voz segura de Dios de las voces confusas del mundo. Para escuchar es necesario hacer silencio, frente a muchas voces que el mundo de hoy presenta.

Discernir

La palabra discernir tiene elocuentes resonancias en nuestro idioma, porque implica distinguir y escoger, mirar cómo Dios nos habla y cómo nos pide una decisión firme y clara que nos mueva a reaccionar a su llamada con un sí rotundo y generoso.

Para esto se necesita la oración confiada pero también la capacidad de ver en los llamados que Dios hace a través de la Iglesia su voluntad

Alguien contaba bellamente cómo para una llamada específica y comprometedora que Dios le hizo a una persona, la expresión en la que se manifestaba la voluntad divina era “espero un sí”.

Dios está esperando ese sí y tenemos el deber de orar para que muchos jóvenes puedan distinguir la clara voz de Dios en medio de las voces confusas de un mundo sin fe. Que Dios siga repitiendo al corazón de muchos “espero un sí”.

Vivir

La llamada de Dios se manifiesta en la vida de personas que en la Iglesia se distinguen por su coherencia, por su carisma. En la vocación de muchos, ˗debo confesarlo con gratitud-, Dios nos habló en la vida de pastores ejemplarísimos, de una vida íntegra, de unas palabras que brotaban de unos corazones que vivían la experiencia de Dios con tan intensa alegría, con un gozo tan pleno, que hacía de ellos transparencia de Dios. Sea esta la ocasión de dar gracias por esas vidas llenas de luz y de bendición.

De todos es notable que cuando más se ora, con mayor generosidad responde Dios despertando respuestas, acogiendo el “sí” de tantos llamados.

Esta Jornada de Oración por las Vocaciones instituida por el Beato Paulo VI en el Domingo del Buen Pastor, nos impulse a una renovada experiencia de confianza en el amor de Dios que quiere pastores nacidos del corazón de un pueblo que sabe escuchar la voz divina, que sabe discernir para que sean los mejores los llamados al orden sagrado, para que los llamados puedan encontrar en la Iglesia Madre y Maestra espacios acertados para ser modelados según el prototipo de Cristo.

En nuestra Iglesia particular de Cúcuta tenemos que entrar en una “cultura vocacional”, como nos enseñó el Beato Pablo VI, a la cual contribuyamos todos. Los invito a poner esta intención en la oración.

La Madre del Señor nos ayude con su intercesión, San José, maestro del silencio y de la obediencia, nos ayude para que muchos jóvenes y niños quieran definir su vida al servicio de Dios y de los hermanos. A todos los encomiendo en el Sepulcro vacío de Cristo victorioso, en la Ciudad Santa de Jerusalén.

¡Alabado sea Jesucristo!

Por: Pbro. Onofre Peñaranda

Dos palabras importantes para repensarlas en esta Pascua del 2018. La incapacidad de perdonar nos somete al pasado, impide la entrada de aires nuevos en la vida. Nuestro propio rencor es un lazo que otros nos echan al cuello. Si no perdonamos, viviremos expuestos a lo que hagan los enemigos. Caemos en círculo vicioso de acciones y reacciones, de afrentas y venganzas, ojo por ojo y diente por diente. El pasado ahoga el presente, hasta que el perdón libera a quien lo otorga. Es un nuevo amanecer que renueva la paz interior y alcanza la sanación. Pedir perdón es el mejor regalo de pascua. La reconciliación tiene que seguir necesariamente al perdón para poder reparar los daños que ocasiona el pecado. Así se evita que las ofensas se repitan una y otra vez.

Con qué facilidad olvidamos restablecer el vínculo entre el ofendido y el ofensor. Se perdona pero no se olvida. Se sigue cargando el peso de la culpa. En nuestros hogares se enseña el perdón pero no a perdonarnos recobrando la concordia y la confianza con quien nos causó el mal. Nos cuesta reconocer al victimario como prójimo, buscando la manera de consolidar los efectos perdidos. Se olvida que reparar con altura es sencillamente resucitar con Cristo, haciendo efectivo el misterio de la pasión del Señor. Es la manera de iniciar verdaderos caminos de paz, superando las secuelas emocionales y físicas. Si se da una segunda oportunidad al ofensor viviremos la cultura del encuentro, la cercanía y la ternura al modo de Cristo Resucitado.

Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid

¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6). La resurrección de Jesús es el centro de la vida de la fe. De esta verdad dimana la alegría y la certeza de la Iglesia que reconoce en Cristo al Hijo de Dios, que es Salvador y Redentor para todo el género humano.

Podemos encontrarnos en estos días en un lugar común, celebrar la Pasión y Resurrección de Cristo. Muchos de los elementos de la fe cristiana pertenecen a nuestra cultura, pero con el gran riesgo de no entrar profundamente en el misterio y la alegría de la PASCUA.

 Podemos mirar signos y símbolos, historias y hechos que nos parecen comunes y casi parte de la cultura o del entorno social en el cual nos hemos educado, sin escuchar de verdad y leer los misterios de Cristo que con su sangre nos redimió (Ef 1, 7-8).

Hay un misterio profundo que hemos vivido en estos días y que marca la historia de los hombres: la salvación que Cristo nos ofrece. Estos días hemos recorrido con Jesús su camino de dolor y de sufrimiento; lo hemos visto crucificado y experimentando el dolor humano, como ningún otro ser. Este dolor es el ofrecimiento de sí mismo en la Cruz, como un sacrificio que realiza la redención de los hombres. Él se ofreció “para llevar nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero” (1Pe 2, 24).

En nuestra comunidad de fe, la Iglesia diocesana de Cúcuta, queremos estar en LA ESCUELA DE JESUS, de este misterio surge toda la enseñanza y el camino de nuestra fe. Su muerte y su sacrificio lavan y borran el pecado de todos los hombres en todos los momentos de la historia humana, restableciendo una comunión con Dios que se había perdido por el pecado de los primeros hombres, que había roto el plan de Dios para la creación y para el sujeto humano. Él nos regala con su evangelio los criterios y las tareas para seguirle, amarle, predicarle con el anuncio misionero.

Hemos contemplado a Cristo que derrama su sangre, la entrega libremente por los pecados de los hombres. Uno de los grandes directores de cine de nuestro tiempo, Mel Gibson en la “Pasión de Cristo”, nos ha hecho contemplar esta escena con gran fuerza y crudeza, incluso, llegando a escandalizar a muchos por las terrificantes escenas que transmiten el dolor y la muerte de Cristo.

En la Cruz, hemos visto el “amor hasta el extremo” (Jn 13, 1) El misterio de Cristo doliente es un misterio de amor, en el cual Él, sufriendo, restaura y renueva la vida de todos los hombres, haciéndonos capaces del cielo. En ese madero merecemos todos la justificación, al aceptar ese don de Cristo.

Es una buena noticia, que se sigue con el mejor de los anuncios: Dios ha cumplido sus promesas al resucitar a Jesús de entre los muertos (Hch 13, 32-33). Esta es la verdad, el centro de nuestra fe cristiana. Cristo con su resurrección de entre los muertos, ha vencido a la muerte y nos ha dado una nueva vida.

Este es el centro de nuestra fe. No creemos en un muerto, no miramos solamente el misterio grandioso y redentor de la Cruz, sino que creemos en Cristo Glorioso y Resucitado, vencedor del mal y de la muerte.

De este anuncio gozoso, alegre, de la alegría que regala Cristo vencedor de la muerte, tenemos que ser misioneros y difusores, para que todos en la tierra tengan vida y una vida que es eterna, que no pasa, que supera las condiciones humanas y de limitaciones del hombre.

Los relatos bíblicos de la resurrección de Cristo nos regalan premura para anunciar a Cristo (Magdalena va a buscar un muerto y se encuentra la noticia gozosa de Cristo viviente (Mc 16, 1; Lc 24, 1). Pedro y Juan corren también al sepulcro a corroborar el sepulcro vacío (Lc 24, 9ss).

La fe fue transmitida por la palabra y el testimonio de vida de los Apóstoles y de los primeros cristianos.

Hoy en nuestro tiempo, en nuestras circunstancias tenemos que anunciar a Cristo y con gran celeridad llevar su mensaje a todos los hombres.

Cristo es nuestra Paz (Ef 2, 14), que nos regala la alegría de la esperanza (Rom 12, 12). Cantemos todos la alegría de Cristo Resucitado verdaderamente de entre los muertos, para salvarnos y darnos nueva vida. Mi deseo y mi saludo es que la PAZ de Cristo resucitado, su alegría y su luz permanezcan con todos ustedes.

¡Alabado sea Jesucristo!

Por: Pbro. Onofre Peñaranda

Cuatro pactos consigo mismo cómo la mejor confesión del año. Un convenio personal por una penitencia que no se quede en generalidades religiosas solamente. Un fallo sincero para que el sacramento lleve a ser más humano. Una buena determinación que recuerde como la vida es un sueño. Un juicio sobre las pretensiones y posibilidades de lograr una vida más digna.

1. Sé impecable en tus palabras, íntegro al hablar de sí mismo y de los demás. La palabra tiene un poder enorme para destruir y levantar, para la vida o la muerte. La palabra es un misterio que revela al ser o lo oculta. Espada de doble filo. Interpela a quien la pronuncia y cuestiona a quien la oye. Cuánto daño se hace con el lenguaje vulgar.

2. No tomes nada personalmente. Lo que los demás digan o hagan contra ti es la proyección de sus propias personalidades. Las acciones y las palabras expresan los sueños. No explotes al momento cual olla de presión. Sigue la regla de las 3R: Respeto por ti, respeto a los demás y responsabilidad por tus acciones.

3. No hagas suposiciones. En los desacuerdos con tus seres queridos aborda solamente la situación actual. No remuevas el pasado. Expresa con claridad lo que sucede. Habla y no comas callado.

Evita por encima de todo la tristeza y los melodramas. No permitas que un pequeño disgusto dañe una gran amistad. Una buena confesión debe llevarte a aceptar las cosas que no puedes cambiar.

4. Haz siempre lo máximo que puedas. Ten en cuenta que los grandes amores como los grandes logros, implican grandes riesgos en la vida. Cumple tus promesas y aun cuando pierdas, no pierdas la lección. Así no tendrás que juzgarte ni maltratarte o tener que lamentar. Delega aquellas tareas que no puedas hacer. Ten en cuenta tu salud cuando hagas estos acuerdos. Te llevará a vivir la mejor Pascua de tu vida.