El Santo Padre FRANCISCO ha querido crear en la Iglesia la Jornada Mundial de los pobres. Desea que la Iglesia entera dirija su mirada a los pobres, a los que sufren, a los que tienen gran necesidad en sus vidas. Nosotros, en nuestra ciudad tenemos una masiva presencia de personas que tienen gran necesidad, urgencias y afugias en sus vidas.

Este es el segundo año que celebramos esta Jornada. En su mensaje, a partir de tres verbos, gritar, responder, liberar, el Papa Francisco ha querido que la Segunda Jornada de los Pobres nos llame la atención y nos permita descubrir el sentido auténtico de nuestra preocupación y de nuestras acciones en favor de los pobres.

Desde el mismo comienzo de la vida de la Iglesia, la opción por los pobres fue un hecho claro y evidente. Lejos de una mera expresión que muchas veces se ha usado, mirar al pobre es la forma de concretar la verdad del Evangelio celebrada y vivida en la fe.

Gritar. Esta palabra revela una de las acciones más vivas del ser humano. Hoy escuchamos muchos gritos, gritos de euforia, gritos de alegría, gritos de desconsuelo. El verbo gritar implica una acción que puede y debe tener dos sentidos: Escuchar para saber que se vive, actuar para interpretar el grito como una llamada de atención que no se puede quedar en una mera conmoción sino que pasa a una acción en la que siempre se ha ofrecido la dinámica de la caridad que, como bien lo propuso el Señor, es silenciosa, eficaz y luminosa, así no la perciba el mundo.

Responder. La respuesta ante el grito de los que sufren siempre ha sido generosa y clara. No se puede ignorar el raudal inmenso de acciones, de obras, de signos de misericordia, tantas veces desconocidos o ignorados a propósito porque la alegría de dar, las saludables iniciativas de servicio y de caridad no son ni deben ser meras expresiones que se vuelven ostentación de las acciones, sino modos concretos de acudir presurosos a las raíces mismas del dolor, de la pobreza, del sufrimiento humano. Nosotros sabemos de humanidad y, concretamente, esta Iglesia que peregrina en Cúcuta, ha sabido salir al encuentro de muchas realidades con unos signos evidentes y concretos que manifiestan que, aún desde las naturales limitaciones, hemos podido dar desde la pobreza con una generosidad ejemplar, activa, gozosa, que trae paz y esperanza, que es capaz de iluminar la vida de tantísimos que han recibido un servicio amoroso hecho desde la fe y la esperanza.

Liberar. Esta expresión es también muy usada, ha denominado acciones y tareas que, cuando se viven desde la fe, incluyen la superación del pecado que provoca la esclavitud, el hambre, la muerte, enfrentados con valerosa alegría por acciones simples, concretas, amorosamente realizadas por los que, iluminados por el amor de Jesús, han imitado al que, con su vida, nos libera y nos fortalece. Liberar implica el conocimiento real de la persona, de la cultura, que tantas veces se ve atada, restringida, violentada por acciones humanas que destruyen la obra de Dios.

La Iglesia es experta en humanidad y por ello, a pesar de que no se reconozcan con justica sus acciones, ha sabido romper cadenas, desatar el corazón de los que sufren, sanar heridas y llevar a los que necesitan “el vino del consuelo y el aceite de la alegría”, como dice un texto litúrgico que retrata la acción liberadora del Buen Samaritano que es Cristo mismo acudiendo presuroso al corazón necesitado de aliento y fortaleza.

Gritar, Responder, Liberar; verbos activos, dinámicos, comprometedores, son acciones constantes entre nosotros que no podremos negar con cuanto amor se ha procedido siempre, con que alegría espiritual hemos buscado llegar incluso desde nuestras limitaciones, al corazón del que experimenta la pobreza en sus consecuencias más dramáticas: desplazamiento, indigencia, esclavitud.

Nos corresponde no solo mirar cuanto hemos hecho con amor, sino también cobrar aliento para seguir escuchando con amor, para seguir llegando al dolor del hermano, para seguirlo liberando de verdad en acciones en las que el amor a Dios se hace concreto cuando se llega al hermano con la misma fuerza del Señor que sigue tendiendo su mano y que sigue recibiendo, con una gratitud que bendice, la buena voluntad con la que seguimos ofreciendo amor y esperanza.

Ayudemos a los pobres, interesémonos por sus necesidades, dediquemos a ellos esfuerzos y trabajo, vivamos la caridad de Cristo, oremos por sus necesidades.

¡Alabado sea Jesucristo!

Por: Pbro. Onofre Peñaranda

Todos somos discípulos misioneros al ser enviados por el Padre al mundo. Todos somos enviados para revelar el amor que salva. Por eso, no hay excusa que valga. No es posible ser misionero llevando la Palabra que redime sin ser al tiempo discípulo. El discípulo hace la experiencia viva de Dios. Se deja penetrar por el misterio redentor. Se abre a la voluntad salvadora y a la alegría del Evangelio. Comprende por tanto dos ejes: El vertical, y el horizontal con Dios y con el prójimo. Dios es el sustento y la seguridad a lo largo de vivir el Evangelio. Se compromete en el plano horizontal al identificarse y compartir con sus hermanos. Es imposible ser un buen misionero si no ha sido un buen discípulo, sintiéndose enviado a los demás para comunicarle la experiencia de Dios, de Cristo y su Evangelio. A quienes somos enviados a personas concretas, que tienen nombre, que viven con nosotros, en la familia y en el trabajo, pero, también a los no conocidos y alejados. El Señor nos envía a llevar la riqueza de nuestra fe vivida en alegría. No se nos pide hacer obras milagrosas pero, ¿qué mayor milagro que poder gritar nuestra experiencia de Dios en el mundo de hoy?

Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid

No matarás (Éxodo 20, 13)

Con ustedes, queridos amigos, lectores de LA VERDAD, nuestro periódico diocesano, deseo proponer alguna reflexión sobre un tema de mucha actualidad y en el cual tenemos que profundizar: El aborto. En estos días se nos presenta nuevamente el tema de la despenalización del aborto en Colombia, tema que suscita en todos los miembros de nuestra comunidad una gran sensibilidad y necesita también una palabra clara y precisa para orientar a los hombres y mujeres que viven la fe. Tenemos presente también que estos hechos suscitan un gran drama entre quienes tienen que enfrentarlo, poniéndonos de frente al gran tema del valor de la vida humana.

En el designo amoroso de Dios, en las normas y modelo de vida que nos ha regalado, resuena claramente en la Palabra de Dios el precepto: “No matarás” en el libro del Éxodo (Ex 20, 13) y que Jesucristo en el Sermón de la montaña nos recuerda claramente (Mateo 5, 21). La vida humana es sagrada. Ella pertenece solamente a Dios, está en sus manos y en su plan, desde el momento mismo de la concepción hasta el término final de la misma. Ningún hombre o mujer puede atribuirse el derecho a matar o “interrumpir la vida humana”, se puede intentar disfrazar con otras palabras este hecho, pero siempre será el asesinato de una vida inocente, un acto realizado por un sicario. Como recientemente nos enseñó el Papa Francisco).

En la cultura occidental, en el espacio jurídico y en el diario vivir de nuestro contexto social, toman cada vez más fuerza los “Derechos humanos”, algo justo y necesario, que lleva a fortalecer las condiciones de vida, los derechos y obligaciones de todos en el marco que pretende dar a cada uno lo que le corresponde. Muchos se han empeñado en este frente -de los derechos humanos-, pero con figuras de lenguaje y palabras, a veces ambiguas, se quiere destruir uno de los derechos fundamentales de la persona humana, el derecho a la vida, un derecho inalienable, que pertenece concretamente pertenece a un embrión o a un feto no nacido, o a un niño que ya es viable para una vida autónoma.

Esta creatura es una persona humana, sujeto de deberes y derechos por parte de la sociedad. ¿Es justo matar un niño a pocos días de su nacimiento? ¿Es licito matar una vida inocente en los días que su nacimiento es ya viable, en los parámetros de la capacidad técnica de la medicina para mantener la vida?

En una forma equivocada se van abriendo espacios para nuevos “derechos” (derecho al aborto, a nuevas formas de unión de parejas del mismo sexo, a la eutanasia, al uso de drogas) pero que no corresponden a la moral ni a la ética humana, leída en sus verdaderos fundamentos antropológicos. Podemos decir que descansan estas reflexiones sobre una antropología equivocada.

El derecho a la vida humana es un derecho natural e inalienable, que también es tutelado por la Constitución de la República de Colombia (“El derecho a la vida es inviolable”, Articulo 11). No puede existir una forma de manipulación del lenguaje, que lleve a presentar el aborto, con otras palabras o con otra modalidad de expresión que lo descargue de su peso moral. El aborto es la conculcación de un derecho a la vida, es la muerte de un ser humano que tiene derecho a nacer y a recibir lo necesario para ser autónomo y cumplir el plan de Dios para el hombre.

La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde su inicio, es decir desde la concepción misma (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2270). A una creatura indefensa, a un hombre en potencia, tiene que respetarse su derecho a la vida, debe protegerse y debe garantizarse. Si se invoca el respeto a los derechos humanos, debería respetarse el primero y fundamental entre todos: el derecho a la vida, el derecho a nacer.

El aborto es un hecho contrario a la moral católica y a la ética, es claro que matar una vida humana está íntimamente ligado a la acción que consideramos “mala”. Este llamado se repite para la vida humana en todos los contextos y en el tiempo de su existencia.

Nuestros Legisladores deben reflexionar y pensar que su tarea legislativa, tiene que defender, cuidar, garantizar la vida de todos los hombres y mujeres, también ciudadanos, incluso los no nacidos. El hombre, en su ser mismo, desde la concepción tiene que ser defendido en su integridad.

De frente a la dramática realidad el aborto, se nos presentan el derecho fundamental a la vida, contrapuesto a otro presunto “derecho” a decidir el aborto, como si la vida del niño fuera propiedad de la madre (un derecho individual de la madre). En la reflexión sobre el aborto en Colombia debemos tener claro que cuanto se ha aprobado en su momento por la Corte Constitucional, la despenalización del aborto, con la sentencia C-355/2006, puede ser considerada como una ley injusta desde la moral católica. Respetuosamente, con las autoridades civiles legislativas, debemos señalar que esta decisión establece la apertura a este grave atentado a la vida humana, el aborto, sin pasar por la decisión del legislador y al ratificar su decisión se está fortaleciendo una decisión que va contra la vida humana.

El uso de la expresión “interrupción del embarazo” quiere descargar de su peso moral la acción de matar a un niño que ha sido concebido (y que está condicionado por la situación de violencia-violación, posee deformidades o padece enfermedades, disturba la concepción sicológica de la madre). San Juan Pablo II, el gran apóstol de la familia y de la vida, define el aborto como el matar la vida humana –de forma deliberada y directa- en la fase inicial de su existencia, entre la concepción y el momento del nacimiento natural (San Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae, n. 58).

Como ciudadanos, pero como cristianos, disentimos del pretendido “derecho al aborto” que va apareciendo en las reflexiones y sentencias judiciales. Recordemos a los lectores que este tipo de aproximación jurídica viene desde la famosa sentencia de la Corte Suprema de los Estados Unidos de América (Sentencia Roe vs. Wade: Sentencia 410 US 113 / 1973).

Esta decisión abrió la puerta al aborto en forma legan en USA. En esta ella se pretende defender el “derecho de la mujer al aborto” y el derecho a la privacidad en la persona que toma esta decisión. Este tipo de concepción jurídica va entrando y permeando también nuestra jurisprudencia en detrimento del valor de la vida humana. No podemos de ninguna manera defender el aborto como un derecho, más bien es el ataque y la destrucción de la vida humana.

En la teología católica, no podemos hacer prevalecer el aparente “derecho personal” de la mujer sobre el derecho real y fundamental a la vida de la vida humana que tiene el derecho a nacer (derecho inviolable del “nasciturus”). El niño en el vientre de su madre no es una “cosa”, algo que puede ser desechado sin ninguna consecuencia ética o valor moral.

Todos tenemos que defender la vida humana, potenciar sus derechos, fortalecer las acciones que ayuden el nacimiento de los niños y, también las acciones que ayuden a las madres -en necesidad o en condiciones de pobreza o enfermedad- para llevar a término el nacimiento de los niños.

Estas interpretaciones jurídicas que van contra la persona humana, contra el derecho fundamental a la vida, abren necesariamente la puerta a una reflexión sobre el derecho que poseen las personas que viven la vocación a las tareas sanitarias (médicos, enfermeras, personal administrativo y de servicios), así como las Instituciones a invocar el derecho a la objeción de conciencia para realizar el aborto.

Es necesario que encontremos el camino para la defensa de la vida humana, para procurar su respeto y su fortalecimiento en nuestra comunidad. Ello nos hace mirar con fe y responsabilidad el futuro. Del respeto de la vida humana, en todo momento de su existencia, surge el fortalecimiento de nuestra comunidad y entorno social.

¡Alabado sea Jesucristo!

Por: Pbro. Onofre Peñaranda

Un hombre es arrojado por una tormenta a una isla despoblada. El sobreviviente desesperado y sin saber qué hacer, ora constantemente a Dios. Mira al horizonte en busca de un salvador. Llega a perder toda esperanza. Cansado construye una choza con ramas secas. Se protege así del sol, el viento y la lluvia. Un día, mientras busca comida ve sorprendido que su choza arde en llamas. El fuego le consume todo. La desesperación es total. Ya no puede pasarle algo peor. Todo está perdido. El hombre se siente destrozado. Reclama al Señor: ¿Dios mío cómo pudiste hacerme esto? Llora y grita. Al día siguiente por la mañana el hombre despierta con el sonido de un barco que se acerca a la isla. Vienen a rescatarlo. “¿Cómo supieron que estaba aquí? Eres muy de buenas por las señales de fuego y humo te salvaste.

No hay duda que los gestos de Dios son maravillosos. Todo contribuye para el bien de los que Dios ama. Es el camino que el Señor elige para salvarnos y es también el medio para vencer el pecado y la muerte. Por eso es bueno preguntarnos cómo aprovecho los obstáculos y dificultades de la vida. Descubro acaso su cruz en mi camino. O por el contrario las dificultades me aplastan y dejan de multiplicar el alma y el espíritu. ¿Pienso a menudo que los obstáculos y problemas son una desgracia o vienen del diablo? Ojala sean una fuente de bendiciones para todos.

Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid

En las apariciones de Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, en Fátima, Portugal, hace un siglo, se dio un gran mensaje a la humanidad. Tres pastorcitos, campesinos y sencillos recibieron un gran regalo en sus vidas, pudieron contemplar con sus ojos a la Santísima Virgen María y recibir de ella un precioso mensaje, que todavía es de gran utilidad para la salvación de las almas. Estos días tendremos la visita de una bella imagen, traída desde su Santuario en Fátima, como Peregrina de paz.

Desde el día 13 de mayo hasta el 13 de octubre de 1917, en Cova de Iria, en Portugal, los Beatos Francisco y Jacinta Marto, acompañados de Sor Lucia, pudieron experimentar esta experiencia sobrenatural y espiritual que fue encontrar a la Madre de Dios. Durante estos meses pudieron contemplar a la Madre de Nuestro Señor Jesucristo.

Contemplaron con sus ojos a la Virgen Santísima, en un momento particular de la historia de la humanidad, en la antesala de la primera guerra mundial y en hechos de crucial importancia para los hombres, con la instauración del comunismo, con la caída del imperio de Rusia. Su mensaje fortalecía la devoción al Santo Rosario, a la frecuencia de la recepción de la Eucaristía y la invitación a la conversión del pecado.

El Santo Rosario fue presentado como un arma para conseguir la paz, el perdón y la reconciliación y para la salvación de las almas. Con esta oración, decía la Virgen Santa, se puede obtener el favor de Dios. La Iglesia, por medio de estos sencillos pastores fue invitada a orar por la conversión de los pecadores, a orar por la inminente guerra y la grave crisis que afectaría a Europa con las dos guerras mundiales.

Las apariciones de la Santísima Virgen del Rosario de Fátima estuvieron precedidas por la aparición del llamado “Ángel de Portugal”, en 1916, invitándolos a aprender a orar y elevar sus plegarias a Dios, a vivir el sacrificio en sus vidas y a la adoración de la Santísima Eucaristía.

La aparición de esta bella mujer “más blanca que el sol”, con palabras de Sor Lucía, dieron inicio a un momento de particular amor y veneración a la Señora del Santo Rosario, que tocó y conmovió a Europa y a todos los lugares de la tierra donde se vive la devoción a Ella, signos maravillosos y prodigios, como el del sol danzante, el 13 de octubre de 1917, marcaron este lugar y esta revelación de la Madre de Dios, sellaron la claridad de su mensaje, incluso con el llamado “secreto de Fátima”, que se reveló por indicación de Su Santidad, San Juan Pablo II el 13 de mayo 2000, en la Beatificación de Francisco y Jacinta Marto.

Siguiendo la invitación de la Blanca Señora, el mundo fue consagrado a ella por el Papa Pio XII, el 31 de octubre de 1942. San Juan Pablo II repitió la Consagración el 25 de marzo de 1984, unido a todos los obispos del mundo.

Existe una imagen bellísima que es venerada en el Santuario de la Santísima Virgen María en Fátima, donde acuden los fieles a orar y a rezar el Santo Rosario. En su corona se encuentra la bala del atentado contra San Juan Pablo II.

De esta imagen existe una réplica que se utiliza para recorrer los distintos países del mundo y que fue bendecida y coronada en 1947. Desde ese tiempo se ha convertido en la Virgen Peregrina que ahora está en Colombia y nos visitará en Cúcuta, desde el próximo día 16 hasta el 20 de octubre 2018. Esta significativa y preciosa Imagen de la Santísima Virgen, viene visitando en peregrinación algunas Diócesis de Colombia, ahora con alegría y esperanza, la recibimos en esta Iglesia particular.

Deseo invitarlos a todos a participar en las distintas actividades y momentos de oración que tendremos en la Diócesis, comenzando con la Solemne Eucaristía el día martes 16 de octubre 2018 a las 6 de la tarde, en la Catedral de San José de Cúcuta.

También los invito a participar en la Solemne procesión con la Imagen, desde la Plaza de Banderas (Avenida 2da. Calle 10, hasta el Parque Santander), concluyendo con la celebración de la Eucaristía el 19 de octubre 2018, a las 7 pm. Cuento con la asistencia de los sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas y fieles todos de la Diócesis en este mes del Santo Rosario, para pedir por la paz de Colombia.

¡Alabado sea Jesucristo!