Por: Pbro. Onofre Peñaranda

Educar para la paz es una tarea que debe iniciarse desde la primera infancia. Así se logrará la construcción de estados mentales para la convivencia. Se obtendrá una cultura de entendimiento entre personas diferentes.

Una forma de pensar en las nuevas generaciones y en los actuales momentos de violencia y discriminación que vive el país. La educación llega a ser, entonces, el medio más poderoso para construir un ambiente de paz y justicia, perdón y reconciliación. De esta manera, se garantiza un desarrollo sostenible.

Todos están llamados a capacitarse integralmente, empezando por nuestros campesinos que podrán alcanzar metas de superación. Los más pobres podrán enrutar sus vidas por caminos de seguridad y bienestar.

Cambiar balas por libros traerá como frutos el desarrollo de los pueblos. Así todos podrán leer, meditar, reír y cantar. De esta forma se subirán al árbol de la sabiduría que empieza a crecer en el hogar y continúa en la escuela.

Por eso es preciso que padres y maestros trabajen juntos como líderes del cambio que se necesita. Así tendremos una generación con muchos valores, personas capaces de solucionar sus propios problemas y pensar en los demás. De igual manera padres y maestros lograran la transformación de la comunidad que contará con líderes comunitarios, lejos de la politiquería que tanto mal ha hecho al país.

Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid

En nuestro País, tenemos una tradición de respeto y de participación democrática que pese a sus grandes limitaciones nos permite contribuir en las decisiones referidas al gobierno y a la elección de los gobernantes. Toda democracia debe fomentar la participación para fortalecer, defender, informar escuchar a todos los ciudadanos. Esta es la doctrina social de la Iglesia, que nos quiere enseñar acerca de nuestro empeño en la sociedad como católicos (Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, n. 190b).

En poco menos de un mes estaremos llamados a dar nuestro voto, para la elección de los órganos legislativos, los cuales han estado en muchos cuestionamientos en los últimos tiempos. Como católicos, no podemos permanecer distantes y pasivos de frente a unas importantes decisiones, en la que está marcado y proyectado el futuro de Colombia, nuestra Patria.

Nuestro voto tiene que ser un voto responsable, que tome cada una de las propuestas de quienes se postulan para entrar a definir todo el ordenamiento legislativo de Colombia. También comenzará la definición de quienes aspiran a la Presidencia de la República.

El Presidente, ocupa una carga pública en la cual tiene que trabajar por los altos intereses de todos los colombianos, velar por su seguridad, por su trabajo, por los medios y recursos necesarios para la educación y la salud. Las modernas ideas políticas pretenden que los gobernantes tomen seriamente las necesidades y realidades sociales de cada uno de los miembros del Estado.

La participación de todos debe medir propuestas, indicaciones, elementos con los cuales pretende servirse a Colombia y los intereses de cada uno de los asociados. La Conferencia Episcopal de Colombia ha publicado un Mensaje en el que nos “invita a involucrarnos en el proceso electoral”, derrotando la indiferencia y comprometiéndonos. Comprendiendo que el voto es “un derecho inalienable y un deber fundamental”.

Como católicos tenemos que revisar también los temas que se refieren al respeto de la vida humana, de los valores fundamentales del hombre a los cuales no puede renunciarse, la educación en valores y contenidos superiores para los hijos, la defensa de la Institución familiar (entendiendo la familia como una comunidad de vida sacramental entre un hombre y una mujer). Este discernimiento tiene que estar llamado a identificar precisamente esos valores morales necesarios a consolidar la vida social (Compendio..., n. 568). Es una invitación a elegir los valores fundamentales. La Conferencia Episcopal de Colombia nos invita a un “voto responsable” donde podamos elegir y examinar a cada uno de los candidatos para buscar soluciones a fondo a nuestra Patria, Colombia.

En esta campaña hemos podido observar cómo se presentan situaciones y hechos que se han apartado de principios éticos y de respeto, donde se pretende, en muchas situaciones, descalificar al adversario y, con muchos medios, obtener el beneplácito de los ciudadanos.

Hemos tenido también en algunos momentos la posibilidad de reflexionar sobre la Paz y su futuro, la forma de llegar a ella serenamente y el diálogo que debe prevalecer siempre, como horizonte para alcanzar la PAZ; las propuestas para educación, salud, infraestructura, políticas agrarias. En el respeto de la decisión que cada uno debe tomar en el respeto de su conciencia y de sus propias reflexiones, es necesario que tengamos en cuenta la situación de nuestra región, el Nororiente de Colombia, la frontera, que vive una profunda crisis social reflejo de cuanto sucede en Venezuela.

Uno de los fenómenos más preocupantes que ha salido a la luz y se ha fortalecido, a lo largo de las últimas elecciones, es el tema de la abstención, muchos, muchos han preferido no participar en la elección con su voto. Otros lo han hecho en blanco, como lo establece la Constitución, como vía democrática. Es necesario participar responsablemente, sin que el voto sea comprado o vendido descaradamente.

El Compendio de la Doctrina social de la Iglesia dice: “La participación en la vida comunitaria no es solamente una de las mayores aspiraciones del ciudadano, llamado a ejercer libre y responsablemente el propio papel cívico con y para los demás, sino también uno de los pilares de todos los ordenamientos democráticos” (Pacem in Terris) (n. 190). El voto de cada uno de los ciudadanos es necesario, importante, legítimo.

Pidamos a Dios que ilumine un voto responsable de cada uno de nosotros, que con la ayuda de Dios podamos escoger un gobernante que solidifique nuestra patria, fortalezca y ayude la vida de los más pobres, defienda la vida, acompañe a los pobres y campesinos en sus legítimas aspiraciones. Que con suficiente tiempo reflexionemos y participemos en la democracia que se nos ofrece.

¡Alabado sea Jesucristo!

Por: Pbro Onofre Peñaranda

Pero no como en los tiempos del catecismo Astete o la urbanidad de Carreño. Hoy los niños van al aula con todo. Sobrados en elementos cibernéticos. Los jóvenes llegan bien colgados de la red. Ya son adultos en técnicas de comunicación. Por eso, el maestro entiende que la educación no es un repetir moralidades y dualismos.

La educación tradicional ya no es la que se ofrece. El mundo digital ha roto el paradigma de la enseñanza común y corriente. El maestro comprende ahora que enseñar no es lo mismo que memorizar. Es sencillamente una producción de experiencias de excitación, un toquecito para que el alumno siga buscando como llegar a vivir una vida digna. Como seguir creciendo en sabiduría, paz, alegría y amor. Como utilizar las herramientas de la tecnología digital para llegar más fácilmente al objetivo y con mayor impacto. La escuela aparece entonces como un lugar de vínculo y conexión. La educación de esta manera no puede seguir siendo una empresa privada. Debe llegar al medio ambiente, a la ciudad, a la familia y a su entorno.

Debe ir a los ciudadanos para hacerlos más humanos. Así la educación se va traduciendo en seguridad para todos, en productividad y en desarrollo integral, en mucho afecto y felicidad. No es ya un problema de pedagogía sino, es ante todo, un problema de civilización que construye verdaderos mensajeros de paz.

Por: Mons. Vïctor Manuel Ochoa Cadavid

Comienzan en estos días nuestros jóvenes sus tareas educativas, en los distintos frentes y situaciones sociales. Los padres alegremente los acompañan a buscar sus cuadernos, los lápices y los elementos necesarios para iniciar sus procesos educativos.

En estas páginas de LA VERDAD, trato siempre de entrar en el análisis de temas y argumentos que nos tocan nuestra comunidad por su actualidad. Hemos tratado algunas veces el tema de la educación y, con sinceridad, creo que debemos entrar profundamente en él.

La educación es formación y preparación para la vida. Con ella se prepara a niños y jóvenes para enfrentar el futuro y esto siembra esperanza. La educación es un gran reto para los que son fieles creyentes. Concretamente se trata de hacer dialogar la fe con las circunstancias actuales y hechos que nos tocan en la realidad nacional, suscitando una cuidadosa y atenta reflexión sobre argumentos que deben ser tocados en ese espacio de la formación.

La fe no puede estar separada de las realidades a las cuales estamos vinculados en nuestras distintas facetas de la acción humana. Cada vez más necesitamos, por los grandes cambios sociales y tecnológicos, dar una respuesta veraz y sólida a nuestros jóvenes. La educación para los creyentes tiene también, como contenido esencial, la formación en los valores espirituales y morales, la aceptación del Evangelio.

Ciertamente en los últimos años nuestro País –Colombia- ha ido cambiando mucho en su situación social y económica –no siempre con una distribución justa y equitativa de los recursos económicos- pero si permitiendo que las cifras económicas sean esperanzadoras y que, en signos concretos, muestren el interés de los gobernantes por situaciones y realidades que marcan el camino de nuestras comunidades y, en forma precisa de todos los hombres y mujeres que constituyen nuestro entorno humano. También, tenemos que reconocerlo, la educación ha aumentado en su cobertura y calidad, al menos a nivel científico. Hay también nuevas realidades en la educación que son una pérdida de valores y de calidad de formación.

Se van dando muchas acciones del Estado en distintos frentes para favorecer la educación, con recursos económicos, con inversión en las estructuras educativas, con programas de acceso de los más capaces (incluso en estratos bajos) a la educación de calidad.

Quisiera que con ustedes, queridos lectores, entráramos en el tema fundamental que es la Educación, la forma con la cual transmitimos en los procesos formativos de nuestros niños, jóvenes, adultos los deberes y los derechos, los conocimientos y las capacidades que en un futuro cercano van a fortalecer lo mejor de nuestra comunidad.

La Iglesia en su profunda reflexión sobre este tema, que viene concretamente desde hace casi un siglo (Se publicó por el Papa Pio XI una Encíclica “Divini Illus Magistri” –De Aquel Divino Maestro, 31 diciembre 1939, sobre la educación de la juventud, hasta las profundas enseñanzas de San Juan Pablo II y del Papa Benedicto XVI y ahora por el Papa Francisco), establece un principio en el cual la educación tiene que ser concebida como un proceso que haga al hombre cada vez más humano. La Educación es presentada como un derecho y como un deber inherente al hombre mismo (Divini Illis Magistri, 5). El Papa nos presenta ahora la educación como la ALEGRIA DE LA VERDAD.

Muchos de los acentos educativos se están poniendo en las capacidades tecnológicas y en la afirmación de situaciones y doctrinas que son relativas. El modelo de la educación católica, hecha con responsabilidad de fe, tiene que llevar a que la Educación sea integral, que toque a todos y cada uno de los miembros de la sociedad, sin distinción de raza, condición social, disponibilidades económicas y prejuicios sociales.

Siempre el principio orientador de la educación está basado, como lo está toda la doctrina social de la Iglesia, en la consolidación y condición de la dignidad de la persona humana. El derecho a la educación es un derecho “inalienable”, que no puede ser conculcado ni negado a cualquier hombre. El punto central de esta situación es llevar a que la educación fortalezca de un lado la capacidad de “conocer”, pero de otra parte también la capacidad de transmitir valores y profundas capacidades de búsqueda de los valores superiores y espirituales del hombre. Educación con valores, educación en los valores, educación para asumir estas dimensiones trascendentes de la persona humana: El bien, la verdad, la belleza (Los trascendentales que explicó bellamente Santo Tomàs de Aquino).

La Iglesia ha defendido siempre el derecho de todos a acceder a una educación, fundamentada en valores y en principios religiosos que comprendan al hombre en todas sus dimensiones de realización de la vida humana. Siempre los padres, deben estar en la condición de escoger libremente los modelos de enseñanza y el contenido de principios de realización de un modelo de vida humana, siempre valores superiores y con profundos elementos de vida espiritual.

Dentro de las tareas del Estado y que son afirmadas en estos tiempos modernos, en el “bien hacer” y actuar de los gobernantes está el fortalecer la educación y sus valores, sus principios, propiciando que todos reciban lo mejor. La Iglesia con sus instituciones realiza en nuestra Patria una labor admirable, con miles de cupos escolares que ofrecen una precisa oferta de educación y de formación de los ciudadanos.

El desarrollo técnico y el avance económico de nuestra nación va exigiendo contenidos y modelos de educación cada vez más difusos y extendidos. Podemos tener la tentación de buscar solo calidad académica – siempre necesaria y fundamental en la educación – pero también tenemos que fortalecer valores y contenidos espirituales. Tendríamos que fortalecer la válida colaboración entre el Estado y realidades sociales como son la Iglesia y sus instituciones para la formación de las personas.

Para quienes tenemos fe y creemos en Cristo, Él es el verdadero “Maestro”, modelo de vida y de desarrollo para el hombre. Todo modelo educativo tiene que poner muy claro el fín último del hombre (que no es solo la producción o el fortalecimiento de las realidades sociales y económicas). Es necesario dar a los niños y jóvenes razones para esperar. La fe, la solidaridad, la caridad, las visiones integrales de la colaboración entre los individuos, los altos valores sociales y civiles, la familia, el valor de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural, la justicia, son elementos que tienen que estar. Nos decía el Papa Pablo VI en su Magisterio: “Se trata de construir un mundo donde todo hombre, sin excepción de raza, religión o nacionalidad, pueda vivir una vida plenamente humana” (El progreso de los pueblos, n. 47).

¿Cómo puede contribuir cada uno de nosotros, gobernantes, educadores, miembros de la comunidad económica, la Iglesia, en la formación del futuro de Colombia? Es urgente fortalecer la educación, la preparación del futuro. La educación y su fortalecimiento es fundamental para la implantación y vivencia de la Paz. Somos capaces de construir la paz con una educación verdadera. Reflexionemos.

¡Alabado sea Jesucristo!

Por: Pbro. Onofre Peñaranda

No hay duda, aún la abuelita de misa diaria, siente los cambios y como a la suegra de Pedro, se le sube la fiebre. Cambios profundos que remueven el talante rural que tanto nos anima. La figura del párroco pasa de ser el amigo de la familia con cierto aire de mago y semidios a un hábil incurcionador en redes sociales y ágil volante del último modelo. No hay tiempo para la presencia cercana del maestro de Galilea. Aparecen, entonces, movimientos religiosos que impulsan un proceso de pluralización cristiana con nuevas lógicas en el campo de la fe. Animados por la creciente ola de secularización, tienen nuevas ofertas que por la globalización caen como piedra en ojo tuerto.

Esto y mucho más, pide nuevas dinámicas en la pastoral: 1: El testimonio. Es la fuerza de la Buena Nueva. El hombre de hoy oye con gusto a los testigos de Dios más que a los maestros y abogados de la Iglesia. Su modo de vida y su estilo transparente les dan cara como para ser creíbles. Los ven comprometidos con la justicia y preocupados por los pobres. 2: La evangelizacion es un proceso largo. Penoso y más canson que una semana sin carne. Sencillo, busca renovar el corazón de los fieles antes que amoblar la casa del párroco. Trata de llenar el vacío que deja una modernidad incapaz de cumplir las promesas y busca ante todo frenar el auge de un mercado religioso peligroso y más fastidioso que un ejército de zumbambicos. 3: La evangelizacion debe llevar a la conversion. Por la escucha fiel de la Palabra y el seguimiento del Señor hasta quedarse con él. Esa palabra en medio de tantos fenómenos sociales inequitativos, debe hoy tener en cuenta el evangelio del trabajo y las necesidades existenciales de los menos favorecidos. 4: Finalmente, la evangelizacion debe llevar a la mision permanente. Esta debe centrarse, no tanto en un mundo parroquial de perfil veredal, sacramentos y acólitos, colectas y fiestas, caminatas con pitos y pancartas, con éxitos de la multitud sino en la fuerza de la Palabra que evangeliza primero para luego evangelizar a los demás.