Un discípulo va a casa de su maestro y le dice: Maestro, vengo a contarle que su gran amigo de la frontera estuvo hablando muy mal de usted. Quiero hacerle conocer las barbaridades que he oído. Me siento indignado. Espera un momento muchacho. ¿Ya has hecho pasar por las tres rejas lo que me vas a contar? Pues no. No sé qué sean.

Mira, joven, la primera reja: La verdad. Esta nos hace responsables de nuestros actos. ¿Estás seguro de lo que me quieres decir, es absolutamente cierto? Pues, no. Lo oí comentar a unos vecinos “más embusteros que una banda de negros”. Ahora, lo que me vas a contar, al menos, lo habrás hecho pasar por una segunda reja: La bondad. ¿El cuento que traes es bueno para alguien, me trae algún bien? No lo creo. Al contrario, es más dañino que la tosferina. Y aquí tiene la tercera reja: La necesidad. ¿Es necesario que yo sepa eso que tanto te inquieta? Pues, me parece que no. Creo que es algo tan molesto y cansón como pulga en mala parte.

Entonces, mi buen amigo, si no es verdadero, ni bueno ni necesario para mí, mandemos al hoyo el tal cuento, pues más vale cobarde vivo que valiente muerto. Es mejor prevenir que curar pues quien dice lo que no debe, oye lo que no quiere y hasta dónde sea cierto que los hombres nacen para mentir y las mujeres para creerles? En todo momento de la vida que brillen la serenidad, la gratitud y la alegría.

Hemos celebrado, el pasado 19 de marzo, la Solemnidad de San José, Esposo de la Santísima Virgen María, un día de júbilo y de fiesta en nuestra Iglesia Particular de Cúcuta, ya que no solo veneramos su figura como padre adoptivo de Jesús y modelo de fe en la Iglesia, sino que por él, nuestra Diócesis tiene además un particular cariño, puesto que es el Patrono, de nuestra Ciudad, nuestra Diócesis, el Seminario Mayor, Seminario Menor, y la Catedral.

Al poner nuevamente la mirada en San José, debemos descubrir en este hombre sencillo la capacidad que tuvo de asumir en su vida los planes de Dios. Como hombre justo no solo quiso repudiar en secreto a la Virgen María (Mt 1, 19), sino que antes de cumplir una ley humana fue cumplidor de la voluntad divina, como lo afirma San Bernardino de Siena, en uno de sus sermones: “Esa es la actitud justa que admiramos en José, pero es justo no ante la ley de su pueblo, es ante Dios, aceptando totalmente su voluntad, y lo demuestra al alejarse de María en silencio, en secreto. El nos revela el misterio de la concepción virginal del Hijo de Dios en María”. No por ello debemos excluir que humanamente José no siente dudas ante el misterio que está envolviendo su vida y la de su Esposa la Santísima Virgen María, existen dudas sí, pero su amor y su fe en Dios, le llevan a vivir sus dudas en el silencio amoroso de esperar que la obra de Dios se realice en favor de la humanidad y del plan de Salvación que el Padre quiere realizar en su único Hijo.

San José como hombre justo (Mt 1, 19), fue elegido por Dios, para que hiciese las veces de padre de Nuestro Señor Jesucristo, y fuese fiel custodio, no solo de la Santísima Virgen María, sino un fiel custodio del Verbo Eterno del Padre, un custodio por amor que desde el momento en que se realiza en la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, la concepción virginal, asume con absoluta fidelidad el encargo de Dios. José trabaja en el oficio de artesano para alimentar y cuidar de su Hijo putativo Jesús y de su esposa María procurándoles todo lo necesario y conveniente para vivir con dignidad. Pero también en el peligro inminente asume su rol de custodio, escucha con fe las palabras del ángel: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (Mt 2, 13). Al escuchar atento estas palabras del ángel, se levanta y de noche cuida y protege su hogar emprendiendo camino a Egipto.

Sin duda que San José es un modelo de virtudes tanto para la Iglesia universal, como para nuestra Iglesia particular de Cúcuta, puesto que el mismo San José revela el gran misterio de la paternidad del Padre Celestial sobre Jesucristo y sobre cada uno de nosotros. San José puede enseñarnos a vivir en el amor al Padre confiando en su bondadosa paternidad. Hoy a muchos padres de familia en esta zona de frontera, San José les muestra el camino para amar, custodiar y cuidar a sus familias, tal como lo afirmó Su Santidad Benedicto XVI: “él, que custodió al Hijo del Hombre. También cada padre recibe de Dios a sus hijos, creados a imagen y a semejanza de Él. San José fue el esposo de María. A cada padre de familia se le confía igualmente, mediante su propia esposa, el misterio de la mujer. Como San José, queridos padres de familia, respetad y amad a vuestra esposa, y guiad a vuestros hijos hacia Dios, hacia donde deben ir (Lc 2, 49), con amor y con vuestra presencia responsable”.

Que San José haga de nosotros, hombres y mujeres llenos de Dios, que nos caractericemos por vivir la justicia, asumiendo con fe y amor la voluntad de Dios, para que en el silencio de nuestra oración, en este tiempo de cuaresma, descubramos cuanto nos pide el Padre Celestial, siendo custodios amorosos de los dones, carismas y ministerios, que el mismo Dios nos ha infundido y nos ha confiado. Terminemos esta sencilla reflexión orando a San José con las mismas palabras de San Bernardino de Siena: “Acuérdate, pues, de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tus oraciones ante tu Hijo; haz también que sea propicia a nosotros la santísima Virgen, tu esposa, que es madre de aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos infinitos”. Amén.

¡Alabado sea Jesucristo!

La liturgia de la Iglesia nos ha llevado de la mano, con un signo precioso, para comenzar la Cuaresma. La Ceniza nos ha recordado que somos polvo y que un día retornaremos a Él. Al recibir el signo de la Ceniza hemos comenzado un tiempo de esperanza y de confianza en el amor de Dios. Este es el sentido profundo de la Cuaresma, que nos regala un tiempo de reflexión y de silencio. Los cuarenta días que Jesús pasa en el desierto, son vividos en la Iglesia desde hace siglos, con la intención de preparar a los creyentes para la Pascua gloriosa de Cristo. Es un tiempo de una profunda dimensión espiritual, que nos lleva a buscar a Dios, a convertirnos, a tener signos concretos de nuestra conversión.

La Cuaresma es un camino. Un camino vivido como Iglesia peregrina que va encontrando en los domingos luces para iluminar su fe y disponer su vida: Las tentaciones vencidas, la transfiguración, la higuera que reverdece, la parábola del Padre Misericordioso, el perdón de la mujer adúltera, nos llevarán luego a la Gran Semana, la de la Redención. La Palabra de Dios nos acompañará con su fuerza, como alimento vivo para nuestro camino espiritual.

Mirar en este tiempo nuestra condición de pecadores nos lleva a confesar la misericordia del Padre que está en los cielos, nos conduce al sacramento de la Penitencia, a la confesión valerosa de nuestras culpas, a la proclamación de la esperanza en el amor de Dios. Posteriormente nos abre a la alabanza y acción de gracias.

La llamada a la Caridad nos ayuda a ser benévolos con el prójimo, a compadecerlo en sus fragilidades y perdonarlo también, para que se pueda vivir la alegría de la reconciliación ya que es preciso tomar en serio la invitación de Jesús de reconciliarnos con el hermano antes de llevar la ofrenda al altar (Mt 5, 23-24), y acoger con gozo la llamada del apóstol Pablo a examinar nuestra conciencia antes de participar en la Eucaristía (cada uno se examine a sí mismo y después coma el pan y beba el cáliz: 1Cor 11, 28) para que cada celebración sea también sacrificio pascual de reconciliación y de paz.

La limosna nos hace salir de nosotros mismos, de nuestro acumular bienes y realidades materiales, nos hace pensar en los necesitados (pobres materialmente y necesitados de nuestra ayuda material y en tiempo).

El Ayuno es una privación voluntaria que genera solidaridad y nos forma en la austeridad. El Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, ayunamos, dejamos los alimentos para centrarnos en la Palabra de Dios y en la reflexión de nuestra condición transitoria. También renunciamos a la carne los días viernes de Cuaresma. Son muchos los sacrificios que unimos a nuestra vida diaria en estos días, para mostrar que ponemos en un segundo plano las cosas del mundo frente al llamado de Dios. Centramos la atención no en las cosas del mundo, sino que con signos concretos manifestamos nuestro camino hacia Dios.

La Oración en este tiempo se vuelve escuela de fe y de esperanza que nos une con Dios en la plegaria, pero nos permite también escuchar en el corazón la voz de Dios. La oración es nuestro encuentro con Dios, es el diálogo sereno y sencillo con nuestro Padre Dios. En este tiempo fortalecemos esta oración con ayuda de la riqueza de la Palabra de Dios, que en su lectura y meditación fortalecemos un “Encuentro con Jesucristo vivo”.

La Limosna no es simplemente dar cosas, es dar con el alma, con el corazón, compartir los bienes en la discreción de la verdadera caridad, para que Dios nos “abone” en su corazón estos gestos que nos hacen fraternos y nos enseñan a amar de verdad. Con un gesto concreto, en la Comunicación Cristiana de Bienes queremos decir en nuestra Diócesis que “El amor a los niños no tiene fronteras”, ayudando a los niños de la Fundación Pía Autónoma Asilo Andresen.

Las prácticas piadosas son iluminadoras. Recorrer con Jesús el Camino de la Cruz (Vía Crucis) nos forma en la fidelidad, mirar con amor a la Madre del Señor junto a Jesús nos recuerda la fe y la esperanza de la que ella es maestra.

Bienvenida, Santa Cuaresma, camino sacramental de comunión, reconciliación y de esperanza. Todo este esfuerzo nos llevará con alegría a la Pascua de Jesucristo, a la vivencia de los misterios fundamentales de la fe. “Él hace nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5), celebraremos la resurrección de Cristo, la viviremos en la bella liturgia bautismal de la Pascua, llenando nuestra vida de luz y alegría.

¡Alabado sea Jesucristo!

En cierta ocasión la verdad y la mentira fueron bañarse al río Zulia. Dejaron sus vestidos a la orilla del rio. La ropa de la mentira era toda andrajosa y fea, mal oliente y deshilachada. Mientras que el traje de la verdad era como todo una rosa, bonita y linda, perfumada y bien ajustada. Después de un rato en el agua, la mentira que era más cochina, se salió. Vio la ropa de la verdad, hermosa y delicada y se la fue acomodando tranquilamente y el puyó el burro. Cuando la verdad salió no tuvo otro remedio que ponerse los chiriles de la mentira. Y así es que de ese momento andan por la frontera, disfrazadas una de la otra. Entonces, vemos que la verdad parece mentira y la mentira verdad. Sobre todo en un mundo de medios cibernéticos las mentiras abundan como arroz.

Los políticos de turnos y muchos empleados públicos con facilidad envolatan al pueblo para mantener su mermelada. No faltan las mentiras piadosas para quedar bien. Embustes y cuentos de uno nacen cientos. La lengua hace crecer el rumor, la calumnia, el chisme que pueden arruinar o causar mucho daño a las personas. Las palabras mal usadas pueden destruir amistades y familias.

Con razón nuestros viejos se cuidaban al afirmar que antes se cae un mentiroso que un cojo. Hacían que las palabras no fueran un tropiezo u obstáculo para la convivencia. Que la verdad reinara siempre porque la verdad hace responsable al hombre.

Es un drama humano, de tristeza y dolor el que vivimos actualmente en la frontera. La Diócesis de Cúcuta tiene dos de los puentes que unen a Venezuela y a nuestra nación, Colombia: los puentes Simón Bolívar y el General Santander, tenemos también el nuevo puente de “Tienditas”. Por ellos pasan diariamente entre 45 y 70 mil personas para aprovisionamiento de alimentos o para buscar atención médica y hospitalaria, como para hacer provisión de todo cuanto falta en la hermana nación, también para emigrar a Colombia o a otras naciones de América Latina.

Desde el inicio de esta crisis, en agosto de 2015, hemos querido poner a Cristo en el corazón y en la vida de estos hermanos que sufren, dando esperanza y aliento a sus urgencias y necesidades. La caridad de Cristo nos ha inspirado y el Padre José David Caña y un grupo de más de 800 servidores, miembros de grupos apostólicos y Movimientos Eclesiales han asumido este servicio a los necesitados.

Precisamente, este drama ha comenzado desde el día 17 de agosto de 2015, cuando inició la deportación de más de 22 mil colombianos desde Venezuela. Es esta la historia que nos ha unido fuertemente, la frontera en esta zona es algo “vivo”, donde familias están emparentadas desde siglos pasados, se cruzaba con libertad y fraternidad en ambos lados del territorio. Ciertamente esta situación de dolor del pueblo venezolano nos afecta a todos.

Nuestra Diócesis y especialmente nuestra ciudad de San José de Cúcuta han aumentado notoriamente el asentamiento de personas en las periferias pobres de la ciudad. Muchas parroquias han recibido centenares de familias. Solo una parroquia, la Parroquia Nuestra Señora de la Esperanza ha tenido el asentamiento de más de 1500 familias en el transcurso de un año. Esta emergencia ha suscitado también la urgencia de otras necesidades que tienen que resolverse: son más de 6.000 niños venezolanos que vienen a las escuelas en nuestra ciudad. El área metropolitana de Cúcuta tiene más del 20% de desempleo y una tasa de informalidad del 75%, personas que trabajan sin sus aportes a seguridad social, buscando de alguna manera completar sus necesidades.

En nuestros centros de atención, la Casa de Paso y los comedores de caridad, entregamos unos 10.000 almuerzos diarios. Solo la Casa de Paso la ‘Divina Providencia’ entrega unas 5.000 raciones calientes cada día, sin contar cuanto entregamos al final de estas, lo que llamamos con gracia, “el repele”, que es pasta , atún y alverjas, con un pan. Entregamos también otro tanto en ocho (8) parroquias de Cúcuta: Parroquia Nuestra Señora del Rosario, Nuestra Señora de los Dolores, Jesús Cautivo, La Sagrada Familia, San Antonio, Inmaculado Corazón de María, Nuestra Señora de Fátima, Comedor La Misericordia, San Alberto Hurtado.

Esta situación ha sacado lo mejor de nuestra Diócesis, son 800 voluntarios que atienden esta emergencia de humanidad y de caridad. Los agentes pastorales, los miembros de los movimientos apostólicos, los sacerdotes, los diáconos y religiosas atienden a estos hermanos con necesidades. Hemos repartido un millón de raciones en 18 meses, ordenadamente, a personas en grandes necesidades. También hemos procurado atender en un dispensario médico a unas 800 personas diariamente, con cuatro médicos, solo para la entrega de medicinas en atención y direccionamiento hacia los hospitales. Nuestro gran aliado es San José, que procura los alimentos y trae a los servidores que entregan su tiempo y su amor a estos hermanos en “la caridad de Cristo”.

La Iglesia Católica, está dando esta ayuda desde hace más de tres años, hemos entregado muchos alimentos a hermanos que sufren y tienen necesidad, muchas toneladas de amor y caridad. En ocasión de la Navidad 2018, el Nuncio Apostólico, Monseñor Luis Mariano Montemayor, entregó más de tres toneladas de alimentos en nombre del Papa Francisco a familias venezolanas en Cúcuta, para hacerles vivir el nacimiento de Cristo con más alegría.

También, un grupo de médicos y enfermeras que trabajan por los enfermos y necesitados han prestado su ayuda para el cuidado de los enfermos y de los niños, entregando medicinas gratuitamente.

Esa ayuda es urgente, necesaria, esperada por muchas madres de familia, por ancianos. Muchos venezolanos sienten cansancio, manifiestan la tristeza por ver a su nación en estas circunstancias, esperan con fe en Dios que puedan retornar a condiciones de vida digna, donde no les falte el pan y la atención médica. Tenemos delante de nosotros el drama de familias enteras que caminan por Colombia buscando el pan y un poco de abrigo.

Es la hora de la oración y la petición a Dios por estos hermanos que tanto necesitan. Sigamos todos apoyando la caridad y el cuidado a estos hermanos que en otros momentos nos ayudaron y acogieron.

¡Alabado sea Jesucristo!