Por: Pbro. Onofre Peñaranda

Dos palabras que siguen moviéndose más que gelatina de pobre, a raíz de los diálogos de Cuba y la guerra que nos acosa por más de 5 décadas. Dos palabras para repensarlas a partir de los intentos de parar la corrupción. Una actitud crítica y objetiva que nos debe llevar al encuentro del ofensor para lograr cicatrizar las heridas y desterrar los deseos de venganza más peligrosa que tiroteo en ascensor. Perdonar es como un ir a la casa del Padre Dios.

Un caminar que no genera dolor o temor, tristeza o amargura. Es un nuevo amanecer que renueva la paz interior y nos alcanza una profunda sanación, dejándonos más limpios que ojo de mico. Pedir perdón es el mayor regalo de pascua. Abre el corazón al espíritu de Dios que derrama abundantemente su misericordia. Se da entonces el encuentro con Cristo que es real encuentro con el hermano. La reconciliación tiene que seguir necesariamente al perdón como reparación del daño que ocasiona el pecado. Así se evita que las ofensas se repitan una y otra vez. Con qué facilidad olvidamos restablecer el vínculo entre el ofendido y el ofensor. Se perdona pero no se olvida. Se sigue cargando el peso de la culpa. En las familias se enseña el perdón pero no a perdonar y a recobrar la concordia y la confianza con quien causó el mal. Nos cuesta reconocer al victimario como prójimo. Se olvida que reparar con altura es resucitar con Cristo y hacer efectivo el misterio de su pasión. Con la reconciliación se inicia el camino hacia una paz duradera. Es preciso darle una segunda oportunidad al ofensor para abrir así las puertas a la cultura del encuentro, a la cercanía y la ternura al modo de Cristo Jesús.

Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid

El Santo Padre FRANCISCO nos ha regalado un precioso y profundo documento, la Exhortación Apostólica GAUDETE ET EXSULTATE (Alegraos y regocijaos), sobre el importante tema de la Santidad. En este periódico LA VERDAD, hemos venido reflexionando ampliamente acerca de los contenidos, que pueden ayudarnos a vivir según el modelo del Evangelio en nuestro contexto humano, en estos tiempos de complejas crisis sociales. Estos son grandes retos que se presentan a la santidad.

Después de la reflexión que nos ha hecho el Santo Padre en el capítulo tercero, mirando la santidad desde el Evangelio y, en concreto desde los apartados de San Mateo referidos a las bienaventuranzas (que comprende como una forma de llegar a la santidad, al cumplir la voluntad de Cristo), nos invita a reconocer a Cristo y a mirarle, fortaleciendo nuestra vida de opciones que nos llevan a la santidad, “por Fidelidad al Maestro” (N. 96).

En su reflexión, el Pontífice nos llama a mirar a Cristo, que nos hace una gran invitación a la caridad, pero que al mismo tiempo se convierte en una profunda experiencia de Cristo y de su Evangelio y que también, nos hace reflexionar profundamente acerca de las consecuencias que tiene la fe, al acercarnos a “reconocerlo en los pobres y sufrientes que se revela en el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse”. La santidad es pues la configuración con Cristo, en una relación personal e individual, pero también tiene unas consecuencias y un camino que tiene que realizarse necesariamente: El servicio y la caridad con los demás, especialmente en los pobres y aquellos que viven situaciones complejas de sufrimiento.

Continuando con su reflexión el Obispo de Roma, destaca la necesidad de aceptar el evangelio en su radicalidad, en su profundo contenido, sin ninguna glosa o anotación que lo desvirtúe y le quite todo el valor de su fuerza, es decir, no podemos de ninguna manera acomodar, diluir, revisar el Evangelio de Cristo y sus consecuencias. Nos dice: “El Señor nos dejó bien claro que la santidad no puede entenderse ni vivirse al margen de estas exigencias suyas, porque la misericordia es el corazón palpitante de la misericordia” (N. 97).

En su reflexión nos invita a meditar sobre hechos y situaciones concretas, que experimentamos en la vida, en el diario caminar de nuestra existencia de cristianos, seguidores de Cristo, para encontrar al Maestro. Es un camino que nos acerca al que tiene frio en la calle, a los abandonados, a los delincuentes, reconociendo a un “ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo” (n. 98).

Este mirar a Cristo es el origen y la fuente de la santidad, que no es otra cosa que configurarse con Cristo (N. 96). El Santo Padre nos invita a poner fuerza en esta dimensión de servicio y de amor a los pobres. Creo que en nuestras comunidades parroquiales, en los movimientos, en los distintos tipos de apostolado vivimos esta opción y esta gran fuerza de la evangelización y de la santidad.

La búsqueda de la santidad pasa por en medio del servicio y ayuda a los pobres, mostrando el rostro fresco y alegre de la Iglesia. La santidad se ha asumido por muchos grandes santos que con grandes opciones por la oración y por la vida de amor a Dios y al Evangelio, no disminuyen la fuerza y la opción por el Evangelio vivido en los pobres. Nos pone unos grandes ejemplos concretos: San Francisco de Asís, San Vicente de Paúl, Santa Teresa de Calcuta (N. 100) ejemplos que son “testigos creíbles del Evangelio” con palabras del Papa Benedicto XVI.

El compromiso con los hermanos pobres, tiene su fuerza en la vivencia de la caridad, que ella necesariamente nos lleva a la santidad. Una de las enseñanzas claras del Santo Padre está en que no podemos “separar estas exigencias del Evangelio de su relación personal con el Señor, de la unión interior con Él, de la gracia” (N. 100).

Es decir, santidad y compromiso cristiano van íntimamente unidos, el uno exige necesariamente del otro, temas y acciones que van completamente unidos y con temas bien concretos: La defensa del no nacido, el compromiso con la vida, la defensa de la vida humana, la entrega a los pobres.

Concluyo con una cita de la Exhortación Apostólica en la que el Santo Padre FRANCISCO nos habla y enseña claramente: “No podemos plantearnos el ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente” (N. 101).

Espero que estas reflexiones, que son limitadas, y que dejan muchos elementos del documento sin una necesaria profundización, nos ayuden a entrar en estos temas tan importantes y precisos para buscar la santidad.

¡Alabado sea Jesucristo!

Por: Pbro. Onofre Peñaranda

Día de fiesta y de descanso. Un día para ser más humanos y vivir más a fondo nuestras vidas y alegrías. Día de acción de gracias por tantas cosas. Por eso, lo que se vive el domingo debe ser distinto de los otros días de la semana. En estos se trabaja, se hace dinero, se compra y se vende.

El día de la eucaristía debe ser diferente. Es preciso sentir en él el gozo familiar como un don de Dios. Un día de descanso para propiciar la comprensión y solidaridad que hacen brotar por encanto la alegría y la seguridad. Pero de manera especial el descanso dominical es el tiempo bendito para integrar a Dios a la mesa familiar, para celebrar agradecidos el don de la vida y para crecer en la fe y la esperanza de alcanzar sus promesas.

El día del Señor se nos da para construir puentes hacia la verdadera madurez cristiana y para derribar los muros del egoísmo. Domingo en que vivimos la pascua del Señor como un ir a muchos hermanos impulsados por el Espíritu del Señor. Los padres de familia son los responsables de hacer vivir este primer círculo de la vida cristiana.

Ellos siguiendo al Padre creador hacen que los hijos encuentren horizontes de infinito. Entiendan que este tiempo no debe ser ganancia y trabajo, diversión y pachanga sino un impulso hacia aquel que hace el domingo para el hombre y no el hombre para el domingo.

Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid

Hemos venido cuidando atentamente una larga reflexión en estas páginas de LA VERDAD, siguiendo el camino que nos ofrece el Papa FRANCISCO, en la Exhortación Apostólica ALEGRAOS Y REGOCIJAOS (Gaudete et exsultate).

Este texto pontificio quiere animar a la Iglesia al buscar la Santidad de vida, a hacer de este tema algo cercano y comprensible para todos y cada uno de nosotros, con palabras sencillas y ordenadas, con una profunda reflexión acerca de un estado de vida que tiene que permear a toda la Iglesia de Cristo.

En estas páginas hemos venido reflexionando ya acerca de este tema. Ahora enfrentamos el tercer gran capítulo de este documento y encontramos como el Pontífice nos pone a la escucha de la Palabra de Dios, tomando de ella unas actitudes y unos hechos de vida que son la oportunidad de crecer en esa vida de la santidad. Este capítulo esta titulado “A la luz del Maestro”, y quiere poner unos elementos claros para que pensemos como las acciones de vida, los comportamientos deben estar basados en la Palabra de Dios y ello, claramente, nos hace participar de la voluntad de Dios y por ende alcanzar la santidad. Toma como base el texto de las Bienaventuranzas, relatos que se encuentran en San Mateo y en san Mateo 5, 3-12 y Lucas 6, 20-23. Según, la enseñanza del Papa, allí, “Jesús explico con toda sencillez que es ser santos” (n. 63).

Nos lleva con el pensamiento y con la enseñanza a uno de los lugares más bellos de la Tierra Santa, en las cercanías de Cafarnaum, la Montaña de las Bienaventuranzas, donde Jesús predicó una de sus enseñanzas fundamentales y que resumen ciertamente lo central de esa experiencia que debe guiar a cada uno de los que son sus discípulos, aquellos que desean seguirle y copiar sus enseñanzas.

Para ser buenos cristianos es necesario vivir esas actitudes precisas que hacen un buen cristiano. La enseñanza de Jesús no está basada solo en doctrina o en contenidos de la Revelación, esas enseñanzas que podemos repetir de memoria o que podemos aprender. No es una religión de conceptos o de unas meras doctrinas, el seguir a Jesús, como cristianos comporta asumir unas determinadas maneras de vida, de comportamiento que están fundadas sobre el Evangelio de Cristo.

Es una invitación precisa la que nos entrega el Papa FRANCISCO, el vivir esas actitudes, el llevar a la vida es un reto que debemos asumir claramente. Dice el Papa: “...cuanto estamos llamados a trasparentar en lo cotidiano de nuestras vidas” (n. 63). La adhesión a Cristo y a su Evangelio, pasan necesariamente por una forma de vida concreta, de acciones concretas que tenemos que aprender a concretar en nosotros. Para el Santo Padre hay una equivalencia entre la palabra “Bienaventurado” y la palabra “Santo” (n. 64). Dice: “La persona que es fiel a Dios y vive su Palabra, alcanza en la entrega de si, la verdadera dicha” (n. 64).

La Palabra nos lleva a un estilo concreto de vida, a una forma de actuar que llena la vida de sentido. Esta forma de vida va contra corriente, va contra las formas concretas y actuales de revisar y releer la vida. Estas formas de vida, estas concretas formas de asumir la existencia, son propiciadas por el Espíritu Santo que aleja de nosotros “egoísmo, comodidad, orgullo” (n. 65).

En el texto nos enseña claramente y, por respeto desearía dejar hablar directamente al Santo Padre sin ningún comentario o explicación: “El Evangelio nos invita a reconocer la verdad de nuestro corazón, para ver dónde colocamos la seguridad de nuestra vida. Normalmente el rico se siente seguro con sus riquezas, y cree que cuando están en riesgo, todo el sentido de su vida en la tierra se desmorona. Jesús mismo nos lo dijo en la parábola del rico insensato, de ese hombre seguro que, como necio, no pensaba que podría morir ese mismo día (Lc 12,16-21). Las riquezas no te aseguran nada. Es más: cuando el corazón se siente rico, está tan satisfecho de sí mismo que no tiene espacio para la Palabra de Dios, para amar a los hermanos ni para gozar de las cosas más grandes de la vida. Así se priva de los mayores bienes. Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad.

Esta pobreza de espíritu está muy relacionada con aquella «santa indiferencia» que proponía san Ignacio de Loyola, en la cual alcanzamos una hermosa libertad interior: «Es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás»[68].

Quiero dejar estas ideas y reflexiones para volver sobre la enseñanza del Papa FRANCISCO, en un texto que podemos encontrar fácilmente hoy en las modernas redes sociales o en nuestras librerías católicas de Cúcuta.

Continuará...

P.D. Oremos por el Santo Padre, que necesita de nuestra cercanía y apoyo espiritual en estos momentos difíciles para la Iglesia.

¡Alabado sea Jesucristo!

Por: Pbro. Onofre Peñaranda

Hoy más que nunca debemos entender que no hay auténtica fe cristiana sin vida comunitaria. Por la fe nacen y maduran las comunidades cristianas. Lo que distingue al cristiano no es una doctrina u ortodoxia sino una praxis que anima y hace caminar la comunidad. En la Iglesia del Posconcilio esta es una realidad preocupante: Hemos vivido un cristianismo muy masificado. Nos fascinan las multitudes de fieles y milagros, las celebraciones litúrgicas y la construcción de templos y cementerios.

Hoy, si los medios de comunicación permiten el acercamiento de los pueblos, la Iglesia del ciber-espacio puede con más facilidad abrirse a la creación de pequeñas comunidades, al estilo de la Iglesia primitiva. Sobre todo, siguiendo el ejemplo del Señor del Evangelio, la vida comunitaria tiende a dar vida a los menos favorecidos, los pobres y enfermos. “denles ustedes de comer” haciendo a los discípulos como cestos de comidas para los necesitados. Un llamado a meter la mano al bolsillo y a convertir en proyectos de economías solidarias todo lo que pueda favorecer a los más desprotegidos. Un apoyo incondicional a las cooperativas y movimientos comunales por el bienestar de todos. Una de las exigencias de la vida cristiana comunitaria debe hacerse sentir en la corrección fraterna, en el perdón y la reconciliación. La comunidad no es cristiana porque en ella no haya pecadores. Es cristiana porque en ella los cristianos se perdonan y reconcilian. Porque de esta manera hay la posibilidad de crecer todos y de tomar en serio el camino de Jesús y su Evangelio.