Por: Pbro: Onofre Peñaranda

Jesús en el evangelio a muy pocos dice “sígueme”, después del milagro de la curación. Pero sí son muchos a los que dice “vete a tu casa” luego de la sanación. “Un vete a tu casa” como un proceso de superación permanente. Un camino de trascendencia que lleva al encuentro de los demás. No es un sitio o lugar de cuatro paredes. Es algo que primeramente hay que buscar en el corazón. Aquí se encontrará todo lo necesario para amoblarla como los amigos de verdad, los anhelos de aprender y las ganas de vivir mejor. Es preciso hacerla un lugar sagrado, un altar interior para alabar y dar gracias al Señor. Entonces, allí en tu casa-familia estarás a la altura de los compromisos de trabajo y recreación. Entenderás así mismo que la vida sigue siendo bella, a pesar de peregrinar en una sociedad de redes sociales con muchas dificultades.

Pero por encima de todo descubrirás un gran tesoro: la familia. En ella podrás pensar y respirar, servir y volar con los tuyos. Encontrarás a alguien con quien acurrucarte cuando el mundo parece frio y la vida incierta. Pues, si el mundo es tempestad, la familia es puerto seguro. Tu casa-familia lugar de la primera sonrisa y de colgar los guayos al final del camino. Es territorio de paz y refugio contra todo agravio. Escudo en lo esquivo y adverso. Procura llevar tu casa-familia a todas partes. Siéntete orgulloso de ella. Son muchos los enemigos que quieren minar esta piedra angular de la Iglesia.

No acabes con tu casa-familia. Donde se cultiva la mayor alegría para el hombre. De otra manera vivirás más confundido que Adán en el día de la madre. Ay de los sin casa-familia.

Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid

Deseo con ustedes, queridos lectores de LA VERDAD, repasar un precioso regalo que nos ha hecho el Papa FRANCISCO, con la Exhortación Apostólica Gaudete et exsultate (Alegraos y regocijaos) publicada el 19 de marzo 2018. En este texto el Papa afronta el tema de la llamada a la Santidad en el mundo actual.

El Santo Padre con un lenguaje muy sencillo y personal quiere mostrarnos la posibilidad de ser santos, como fuente de amor y del seguimiento del evangelio con gran alegría. Parecería un tema para élites teológicas, pero el Pontífice quiere hablarnos al corazón, a todo el pueblo de Dios y deseo llevar a ustedes estos argumentos para el crecimiento en la fe. Su Santidad pone de frente a nuestra reflexión una gran llamada a la santidad, en la expresión de la voluntad de Dios, el Todopoderoso que quiere que seamos santos, nos presenta una sencilla premisa que, para todos nosotros, debe ser de gran aliento. “Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada” (n. 1).

El Santo Padre desea entrar en los medios de santificación, como llamada que es actual y posible para todos los hijos de la Iglesia. Nos presenta, cómo en el tiempo actual, con todos los riesgos y desafíos, las muchas oportunidades de ser santos (n. 2), algo que es alcanzable por todos y cada uno de nosotros.

La santidad surge de Cristo, que nos manifiesta la voluntad de Dios; este es un “camino” que nos muestra la voluntad de Dios, la santidad es también una “misión”, un proyecto de vida que todos debemos emprender como discípulos de Cristo. Esta forma de vida surge del Evangelio y está vinculada a Él de forma insuperable (n. 19).

Esta forma de vida, la santidad, es una actitud que tiene de reflejarse en la vida ordinaria, en cada uno de los gestos y hechos de vida que nos tocan. El Papa FRANCISCO pone el ejemplo de pequeñas acciones que nos permiten experimentar ese camino de santidad: una señora que va al mercado y no acepta hablar allí mal de nadie; la madre que escucha con atención a su hijo, acerca de sus fantasías –con paciencia y afecto- con toda la atención; viviendo pruebas, orando con devoción a la Virgen; viviendo la caridad. Gestos, ofrendas, signos completos de santidad (n. 16).

En la vida diaria, en sus desafíos, en el devenir de la vida diaria, es dónde Dios nos invita a “nuevas conversiones” para que la gracia de Dios se “manifieste mejor en nuestra existencia ‘para que participemos de la santidad (Hb 12, 10)’" .

La Santidad no es una forma de vida para unos pocos que pueden como aislarse del mundo, de las cosas de la vida, o que viven una vida lejana de los problemas de hoy. ¡No!, es una vida cercana, posible, en la cual cada persona, cada uno de nosotros en nuestras vidas experimenta al Señor. Hace una cita del Concilio Vaticano II, “Cada uno por su camino” (Lumen gentium, 11) para que pueda tocar a cada uno de nosotros y nuestra reflexión: la santidad es posible para todos en el camino de la propia historia, de los propios hechos y de la concreta realidad que vive (n. 11).

Este don de la santidad es un don del Espíritu Santo a toda la Iglesia “El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios” (n. 6). El Pueblo de Dios, cada uno de nosotros, tiene que vivir la santidad, como forma concreta de seguimiento del Señor y de su Evangelio. La comunidad humana está llamada a la santidad, en una dinámica del pueblo.

Nos dice el Papa FRANCISCO: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad de “la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, “la clase media de la santidad” (n. 7).

Con estas reflexiones, el Santo Padre quiere que seamos conscientes de esta llamada de Dios, en la posibilidad de caminar respondiendo a Dios. Esta santidad se construye en la propia historia (n. 8).

La santidad de los hijos de la Iglesia ayuda y estimula a otros a ser santos, a vivir en este estilo de vida y comportamientos que son signo claro de la opción por Jesús. “La santidad es el rostro más bello de la Iglesia” Es habitual que al entrar en los templos o en nuestra devoción personal tengamos la imagen de los santos. Desde hace algún tiempo, podemos tener fotografías de hombres y mujeres que con su vida siguieron y sirvieron a Dios (En Cúcuta, el Beato Luis Variara, salesiano -llamado el Santo de Cúcuta- que sirvió a los leprosos y murió en Cúcuta el 1 de febrero de 1923 y fue beatificado por San Juan Pablo II el 14 de abril de 2002; el Beato Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, Misionero Javeriano de Yarumal, muerto el 2 de octubre 1989 y beatificado por el Papa Francisco el 8 de septiembre 2017). Santos con rostro personal, humano.

Esta llamada a la santidad es personal, directa, que exige de nosotros una respuesta y un compromiso concreto, a ti querido lector de LA VERDAD. Una respuesta y un compromiso en toda la acción pastoral de la Diócesis de Cúcuta, ella tiene un objetivo concreto, encontrar a Jesucristo, vivir el Evangelio y con nuestros comportamientos alcanzar una forma de vida, la santidad que es la llamada de Cristo. Esta llamada te toca a ti querido lector, toca tu vida, tu respuesta a Cristo.

Termino con una profunda reflexión que nos hace el Papa: la santidad está profundamente unida a la humanidad. La santidad no entra en contradicción con la humanidad, la asume y la acoge en toda su profundidad. Con la santidad, la humanidad se hace fecunda ( n. 33).

En otro momento seguiremos repasando las enseñanzas del Papa FRANCISCO, sobre la santidad, dejémonos interpelar por esta invitación, que no es otra que seguir a Cristo, entrar a la ESCUELA DE JESÚS.

¡Alabado sea Jesucristo!

Por: Pbro. Onofre Peñaranda

Dos palabras para tener en cuenta en los festivos del año. El trabajo un mandato divino: "Ganarás el pan con el sudor de la frente". El trabajo dignifica al hombre y le da derecho a descansar. Este descanso no se puede confundir con la ociosidad o perdedera de tiempo. El ocio o descanso es la tregua necesaria para dedicarse a las actividades propias del espíritu como la música, la lectura y el diálogo con Dios y con la naturaleza. Hoy lamentablemente confundimos el ocio con la física perdedera de tiempo o mamadera de gallo a lo motilón. Nos sentimos felices de ser campeones en festivos, el doble de USA. Desde luego, esta avalancha de fiestas, muchos las dedican a hacer dinero, convencidos que por la plata baila el perro. Con facilidad, entonces, se pierde el sentido del buen humor. La diversión sana, la buena lectura y las ganas de ir al templo no aparecen por ninguna parte. Lejos están las horas de libertad y paz, caminos hacia nuevos horizontes. Se vive así un profundo vacío, ocupados en hacer nada. Se olvida que el tiempo perdido lo lloran los santos del cielo y lo mal gastan en este gobierno. No hay duda, las horas de ocio o de tregua logran templar el corazón. Este tiempo de holgura después de un trabajo digno recarga el alma. Nace una fuente interior, verdadera riqueza del hombre que se encuentra a sí mismo. Cuando esta fuente de bienestar interior no existe, se habla de una pobreza absoluta. Lástima grande en nuestra Perla del Norte, antes ciudad basketera del país faltan muchas actividades propias del espíritu. Sitios que promuevan la sana diversión y atraigan el turismo, industria sin chimeneas, aún en pañales en nuestra frontera. Así se pensaría menos en el jolgorio y la tomata y se alejarían las destorcidas en el siguiente festivo.

Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid

La familia es el gran reto de nuestro tiempo y tenemos que fortalecerla y potenciarla, desde la fe que como católicos profesamos. De frente a nuestros ojos, aparece una realidad triste y dolorosa: estamos perdiendo el valor de la familia, establecida por Dios, para la transmisión de la fe y el crecimiento de la comunidad en sus valores y humanidad.

La Iglesia, como lo enseñó San Juan Pablo II, ha gastado su tiempo y su tarea en dar a conocer el don de la verdad sobre la familia, sobre el gran don precioso del matrimonio. Toca esta realidad fundamental de la familia uno de los elementos fundamentales de la existencia de la persona humana. Defender el matrimonio, entre hombre y mujer, nos lleva también a defender el valor de la vida humana que, al interno de la familia se transmite y garantiza.

Defendamos la familia desde la fe. Aquí, en esta reflexión, queremos defender la familia desde los principios católicos, que provienen de la fe en Cristo. Nuestro mundo, el tiempo que vivimos, está cada vez más marcado por el relativismo, por doctrinas laicas, que quieren arrancar la fe y sus diversas manifestaciones de nuestra cultura. Los últimos decenios han marcado mucho nuestras conductas y nuestros pensamientos con posiciones horizontales, donde son valorados elementos y actitudes que son los mínimos de un comportamiento ético. No es el momento de entrar con detenimiento en estas posiciones, pero se atacan valores religiosos, valores espirituales y trascendentes, se quiere relegar lo religioso y lo espiritual a lo meramente personal y limitarlo a lo privado. Uno de los elementos fundantes que es atacado, es el valor de la familia humana, de cuanto ella hace y significa en el plan de Dios.

Defendamos el don precioso de la vida humana. Dios, que es creador del hombre, ha querido desde el momento mismo de dar vida, entregarle el don precioso de transmitir la vida”, se unirá el hombre a la mujer y serán una sola carne” (Gen 2, 24). En este plan de Dios, hay un designio fundamental, que tiene que ser experimentado por el hombre, en la realización integral de su vida, de cuanto Dios quiere. Nuestro tiempo ha reducido la sexualidad al mero placer, despojándola de su capacidad generadora de vida, de ser participación del don de Dios de la creación, como pro-creadores de la vida. Hemos potenciado el erotismo, el mero placer, despojando de su valor espiritual y de comunión corporal que tiene el matrimonio.

Hoy se nos quiere mostrar un modelo de familia que es equivocado, que no corresponde al plan de Dios, que destruye el plan de Dios para la realización de su proyecto. La familia y su constitución, con la participación del hombre y de la mujer, está llamada a transmitir la vida, a generar las capacidades y hechos en la vida de los hombres, que correspondan a un alto ideal de bien, verdad y belleza. Es el modelo que pretende la consolidación de la sociedad y de su realidad, con la participación de estos núcleos fundamentales.

Afirmar el don precioso de la familia, es afirmar la capacidad que el hombre tiene de cumplir el plan de Dios y sus designios. De esta afirmación depende también el mantenimiento de la sociedad en principios superiores y elevados que nos quiten de frente a nosotros grandes riesgos de inmoralidad, imperfección y desorden.

Es necesario afirmar el apoyo a la familia, a sus principios fundantes, a su tarea superior en el contexto de la realidad humana. Este es el gran reto para nuestros gobernantes, al asumir sus responsabilidades. El gran progreso, la paz, el futuro, dependen del apoyo y potenciación del tema de la familia, esta es una tarea prioritaria. De la familia depende la transmisión de la vida, del don precioso de la vida que se transmite y de cuida, se forma y llega a la tarea entregada por Dios. De la familia se reciben los valores humanos, que nos agregan y fortalecen, de la familia, surgen los principios èticos de agregación y colaboración entre las personas, el trabajo, la colaboración y capacidad de transmitir oficios, capacidades. De la familia, depende la transmisión del bien y de la justicia en nuestras comunidades. Esta comunidad de vida, depende la transmisión de la fe y de los valores espirituales.

En muchos momentos y situaciones de nuestra comunidad humana, en aras de la libertad y del desarrollo de la personalidad, se ataca a la familia y se defienden situaciones humanas que no corresponden a la familia. Se ataca la constitución de parejas estables, de hombre y mujer, bendecidos con el sacramento. Muchos elementos y lecturas de la realidad actual, limitan las relaciones entre los hombres y mujeres a la mera relación erótica y de placer. Son grandes sombras que se proyectan sobre la persona humana y esta, una de sus expresiones más importantes: el matrimonio y la familia que este constituye.

En este momento de la historia humana es necesario defender la familia, como el plan que Dios ha establecido y fundado, para la trasmisión de la vida, del hecho humano en sus valores y de la fe trascendente.

En la familia, se manifiesta el amor de Dios, donde el hombre se presenta como “imagen de Dios” (Gen 1, 26). El hombre y, concretamente nuestra comunidad, están llamados a fortalecer la familia, sus valores, sus capacidades. Es necesario, de todas formas, propiciar leyes, acciones, temas que fortalezcan estas células fundamentales de nuestra comunidad. Muchos parecen hoy no valorar la familia y su importancia.

Que estas reflexiones nos ayuden a tomar conciencia de la importancia de la familia y de su gran fundamento en nuestra comunidad. De la familia depende el futuro del hombre, de sus valores, de sus valores trascendentes, del cumplimiento del plan de Dios.

San Juan Pablo II nos invitó a que nuestra sociedad se ponga al servicio de la familia, de permitir su participación en la construcción de la sociedad, a comprender que de ella depende el bien de la comunidad, fortaleciendo este don indispensable de la comunidad (Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, n. 45). Los invito a reflexionar y a profundizar en estos temas que son siempre urgentes en nuestra comunidad, en este instrumento precioso para defender LA VERDAD, en este periódico

¡Alabado sea Jesucristo!

Por: Pbro. Onofre Peñaranda

El pueblo de Israel en el desierto hacia la tierra prometida se alimentó con el maná. Hoy la Iglesia por el desierto del mundo recibe el pan del nuevo éxodo. No se trata de un concepto físico como el pan de la mesa o la arepa ocañera. Su significación es antropológica. Jesús se hace presente en nosotros y nosotros hacemos presente a Jesús a través de la comida fraterna del pan. “Coman todos de él. Esta es mi carne”. Su presencia se da por el espíritu del Padre que hace hombres nuevos al comulgar. El no da cosas o hace regalos. Su lenguaje es carne y espíritu. Dios como persona entra en comunicación interpersonal con quien lo recibe. El pan entonces, expresa el amor y lo contiene.

El amor como don o entrega de sí mismo. Porque un amor sin entrega, sin compartir las cosas con los necesitados está muy lejos del Señor. El don del pan adquiere su sentido profundo cuando el que lo recibe se considera a sí mismo como pan que se parte y comparte con los demás.

Esta es la nueva ley de la humanidad que se hace alimento para los necesitados. “Denles ustedes de comer”. Y les hace como canastos de comida para los pobres. Jesús de este modo cambia de signo más no de realidad. Su presencia sigue siendo memorial de su vida, pasión, muerte y resurrección.

Es el misterio que vivimos en la santa misa, acercándose y haciendo memorial litúrgico y sacramental. Su presencia no es desencarnada. Cristo se encarna en un ambiente espacio-temporal en el pan y el vino que alimenta nuestras vidas. Qué gran misterio.