Un hombre que paseaba por el campo, se topó con un espantapájaros y le dice “hola, debes estar cansado de estar siempre aquí parado, solo y sin hacer nada, igual que migrante petrolero.  El pájaro le respondió así: El placer de alejar el peligro es muy grande para mí y yo no me canso nunca de hacerlo.  Lo entiendo le dice el hombre.  Yo también he actuado así últimamente y con muy buenos resultados.  Entonces, el espantapájaros añadió: “Pero solo se pasa la vida espantando las cosas y las personas aquel que está lleno de paja por dentro”.  Esto llevó al hombre a una profunda reflexión.  Todo cuerpo que tenga sangre y carne en su interior toda persona, debe aceptar de vez en cuando lo inesperado.  Debe estar preparado para sortear los designios que trae el viaje de la vida.  Nadie está exento de las dificultades.   Pero quien no tiene nada por dentro, quien es pura pantalla o plumaje aleja continuamente todo lo que se le aproxima.  Tan vacío se puede estar que ni si quiera las bendiciones de Dios se le acerca.  No hay duda que en esta sociedad del ciberespacio abunda los espantapájaros en la calle, en la prensa y en los templos.  Con frecuencia muchos van al templo para lucir sus vestidos y que la gente mire sus fachadas folclóricas y coloridas.  Pero interiormente se sienten vacíos y con el corazón más duro que la quijada de un muerto.  Con su actitud se alejan de Dios y de todos los santos.  En la calle quieren impresionar con su ropaje y no con el espíritu que es amor y se asienta en el corazón.

La liturgia de la Iglesia nos propone en estos días dos solemnidades  que tienen gran importancia para nuestra fe y que nos pueden ayudar a comprender mejor cuánto Dios quiere de nosotros.  Quisiera reflexionar con ustedes, queridos lectores de LA VERDAD.

La primera gran Solemnidad es la de la Santísima Trinidad que celebramos este domingo, después del domingo de Pentecostés.  Es una fiesta popular, que tiene su origen en una gran peregrinación en Italia a un lugar donde son conservados "iconos", imágenes de la Santísima Trinidad, de Cristo, de la Santísima Virgen y de los Santos, para protegerlas de frente a los que las querían destruir (los iconoclastas).  Una fiesta popular, una peregrinación que llevó a que en este día centremos nuestra atención en el misterio de la Unidad De Dios.  

Una única realidad de Dios, pero que se manifiesta en tres personas distintas, en tres dimensiones: Dios Padre que es creador de todo lo que existe, el hacedor supremo de toda la realidad del mundo, de su Palabra creadora ha surgido todo cuanto existe y cuanto podemos contemplar y experimentar.  Un Dios Padre que ha creado al hombre, le ha dotado de inteligencia y libertad, regalándole su cuerpo y sus capacidades para que tenga el dominio sobre todas las cosas.  Un Dios que con su Palabra, guía y habla al hombre en momentos diversos de la historia para llevarle a si, para manifestarle su designio creador, luego del pecado y la decisión libre con la cual se separó de su voluntad.  El Supremo hacedor, que es quien ha ordenado, distribuido y establecido las leyes de la física y el ordenamiento del mundo en su infinitud.  El Altísimo que ha querido salvar al hombre y mirarlo con misericordia y con clemencia, sin castigarlo por su actitud al separarse de su designio y de su amor.  Dios que quiere llevar a plenitud su creación, concediendo al hombre un espacio particular y la supremacia sobre el mundo.

Celebramos a Dios Hijo, que es increpado y que es engendrado por el Padre, para ponerle como centro de todo lo creado y por su encarnación, salvar al hombre del pecado y del mal, para realizar su plan de salvación y redención del hombre que ha salido de las manos del Altísimo.   En un designio de amor y de vida, en un plan de salvación ha tomado la condición humana para salvarnos y reconstruir cuánto había creado un día.  Asume Dios Padre la humanidad del hombre en su realidad concreta.

Celebramos al Espíritu Santo, que no ha sido creado, no ha sido engendrado, sino que procede del Padre y el Hijo De Dios, fruto de su amor y realidad de profunda comunión entre ellos.

A la Santísima Trinidad ofrecemos nuestro culto, nuestra adoración y gloria, a ella, a la Trinidad Santa elevamos nuestra oración y nuestra acción de gracias, a ellos se dirige la creación entera y es la razón y realidad de nuestra existencia.

El jueves siguiente a la Santísima Trinidad celebraremos la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, con devoción y fe, nos centraremos en este gran misterio de la presencia real de Jesucristo en su precioso Cuerpo y Santísima Sangre, en el gran misterio de la Eucaristía.

Desde el siglo undécimo, por dos grandes milagros, el de Orvieto y el Bolsena, donde se manifestó prodigiosamente la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas, la Iglesia deseo establecer esta Solemnidad para que adoráramos con fe y atención la presencia de Cristo en el pan y en el vino, después de la consagración.

Esta particular celebración nos lleva a mirar el amor de Dios manifestado en la Eucaristía, Pan de Vida, como el mismo Jesús nos enseña en los Evangelios (Juan 6), que es prenda de vida eterna.

El Cuerpo de Cristo que sufre y nos redime, nos perdona, lleva sobre si los pecados de la humanidad, pero que es también el cuerpo glorioso del resucitado.   Cuerpo de Cristo que es salvación y vida, el nuevo mana, que nos regala la vida eterna.

La Sangre preciosa de Cristo que nos redime y lava nuestros pecados y nuestra mandad, haciéndonos entrar en el Reino De Dios, estableciendo la nueva creación y el nuevo tiempo de Dios en la historia humana.

Por una bellísima tradición, la Hostia consagrada, el Cuerpo de Cristo, recorre nuestras calles, los invito a adorar al Señor y a pedir su bendición sobre nosotros, animando el espíritu de caridad y de servicio que debemos tener entre nosotros.

Aprovechemos con gran fe estas celebraciones, para fortalecer nuestra fe y nuestro camino de esperanza, con los cuales queremos ANUNCIAR A JESUCRISTO, CON AMOR.

¡ALABADO SEA JESUCRISTO!

Un hombre de buena joroba se mira en el espejo. Al verse detenidamente, se llena de cólera y de un bofetón rompe el espejo.

Mas nada puede evitar con su brote de rabia inoportuna. Su figura se repita en cada pedazo del espejo. Y al paso que los va rompiendo, aumenta el número de figuras que lo hacen enfurecer terriblemente y lo ponen más serio que burro embarcado.

Cuando no nos aceptamos nosotros mismos como somos, puede ser mucho el daño que causemos a nuestra propia integridad. La autovaloración y aceptación son valiosas herramientas del espíritu para poder vivir bien consigo mismo y con los vecinos. Quien recibe como un mal la amigable reprensión, puede poner todos defectos por falta de comprensión. La ira desbordada nunca conoce límites.

El auto rechazo implica una buena dosis de ira porque no somos como se quiere ser o no tenemos lo que se anhela. El inconformismo permanente se vuelve ira permanente. Esta guerra interior hace vivir muy mal a la persona. Esta pérdida de espíritu lleva a muchas incomodidades, infortunios y decepciones por no aceptarse como tal. No olvidemos que todos tenemos fortalezas y debilidades.

El equilibrio está en cuidar las fortalezas y atender las debilidades. La fortaleza en Dios es muy importante. Contar con Él es una ayuda valiosa. Hace que nuestra debilidad sea motivo de superación y compromiso.

Este domingo celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor. En los evangelios encontramos dos textos que nos relatan este acontecimiento de fe, 40 días después del domingo de la Resurrección. San Lucas en el capítulo 24 (Lucas 24, 50-53) y San Marcos en el capítulo 16 (Marcos 16, 19) nos relata este acontecimiento particular en el cual Jesús, acompañado de los 11 discípulos Asciende glorioso hacia el cielo. El relato de este acontecimiento de la vida del Salvador es presentado, con más amplitud de detalles, por San Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hechos 1, 9-11). En este relato, abunda en detalles y elementos precisos de este momento de la vida de Cristo y su despedida de esta tierra.

En los relatos hay una clara y sentida realidad teológica: El envío de los Apóstoles a evangelizar y a predicar en toda la tierra. Es el mandato misionero de Jesús.

Al oriente de la ciudad de Jerusalem, en la cúspide de una pequeña montaña, que comienza en el llamado Huerto de los Olivos, en el camino hacia Betania, se encuentra el monte de la Ascensión, donde el Señor vuelve al Padre, lugar significativo y de gran belleza, hoy ocupado por un lugar religioso de los musulmanes.

Para nosotros es la oportunidad de celebrar esta Solemnidad en la liturgia, que trae a nuestra historia este hecho de la vida del Maestro. La Ascensión del Señor abre a la comunidad creyente las puertas de un bello y largo camino, el camino de la vida de la Iglesia y de la Evangelización, que terminará cuando se acabe esta historia dramática, llena de gozos y esperanzas, de pruebas y de dolor, en la que se mueve nuestra vida y la vida de la Iglesia.

Dicen los Evangelios que Jesús fue preparando este momento de dos modos:

En la Última Cena tras ofrecerse como alimento y vida de sus apóstoles, les prometió de diversos modos que cuando retornara al Padre les regalaría el don admirable del Espíritu Santo, como consta en los capítulos 14, 15, 16 del Evangelio de San Juan. Es la promesa del Consolador, del Paráclito, que nos servirá de abogado y que regala a la Iglesia la fuerza evangelizadora para predicar a Jesucristo como Salvador del mundo entero.

En los Evangelios Sinópticos, en varias presencias suyas les anunció que el retorno al Padre era inminente y, finalmente los citó para despedirse y para enviarlos a anunciar la verdad y la vida a todos los pueblos. Podemos leer esto con atención y cuidado en el texto que hemos citado en los Hechos de los Apóstoles.

Aquel día glorioso, la Ascensión, la celebrábamos en jueves, ahora, en la esperanza, el Domingo de la Ascensión nos centra en la familia que celebra la Pascua de Jesús, como cada semana, pero en el clima de envío y de misión que hace de los Bautizados. Un elemento central de esta fiesta y de los relatos de la Palabra de Dios, es que somos enviados a proclamar la vida de Jesús, a santificar la historia de la humanidad, a conversar con las culturas para hallar en cada pueblo las huellas del amor divino que el Espíritu Santo ha inscrito en cada ser humano. Estamos llamados a ANUNCIAR A JESUCRISTO, salvación y vida para todos los hombres y mujeres en la historia de la humanidad.

Es aquí donde adquiere sentido la belleza de una Iglesia peregrina que proclama la fe, que muestra al mundo que Jesús, el Hijo de Dios, Dios verdadero, nos ha traído la misericordia que sana y salva, que ilumina y acompaña la vida. En esta fiesta tenemos que sentirnos comprometidos y, sobre todo, parte de la Iglesia que es misionera y anuncia una gran verdad, la Redención.

Quiero resaltar esta dimensión, aquella jornada de la Ascensión inaugura la realidad misionera de una Iglesia que nació del costado traspasado del Señor para ser enviada al mundo, para ser puesta como la servidora más abnegada, más viva, más cercana al corazón de la humanidad, de una Iglesia en la que María sigue acompañando el camino de todos con la misma alegría con la que acompañó, en el cenáculo a los Apóstoles en la espera del Espíritu Santo (Hechos 2, 1-4).

Este es el contexto de esta Celebración, de importancia litúrgica y misionera para nuestra Diócesis. Somos “Peregrinos” también en un mundo confuso en el que los enemigos de Cristo se empeñan en frustrar la obra de la salvación, en una sociedad sedienta de verdades auténticas, en una familia humana en la que, si bien no faltan los dolores, esta comunidad de creyentes que somos los Bautizados y Enviados, tiene la gloriosa tarea de ser el cuerpo vivo cuya cabeza, que es Cristo glorificado, ha abierto para siempre la puerta de la esperanza y tiene la perentoria indicación del Señor que la consagra como testigo del amor de Dios siempre, en todas partes, aun en medio de la adversidad.

La Ascensión, con su carácter de SER ENVIADOS, es también día de oración por los comunicadores, para que, fieles a la verdad que salva, anuncien la esperanza, proclamen la paz, muestren cómo Dios sigue acompañando el camino de la historia y venciendo el poder de la mentira, del pecado, de la muerte, cada vez que se anuncia la salvación.

Esta Solemnidad nos pone en la espera del don maravilloso del ESPÍRITU SANTO, que recibiremos en PENTECOSTÉS, donde el Don maravilloso de la fuerza de Dios vendrá para animarnos, fortalecernos y llevarnos a todos a dar testimonio de Cristo.

Bautizados y Enviados, vayamos a ANUNCIAR A JESUCRISTO al mundo, a ser testigos del amor del Maestro, para dar vida a todos.

¡Alabado sea Jesucristo!

Un grupo de ranas viaja por un monte. De pronto, dos de ellas caen en un hoyo profundo. Todas las otras ranas se reúnen alrededor del hoyo. Ven que es profundo y difícil la salida. Queriendo ser realistas y prácticas, gritan a las compañeras que se den por muertas. Las dos ranitas no hacen caso a los comentarios. Ellas siguen tratando de saltar muy alto. Desde arriba las otras ranas insisten que sus esfuerzos son inútiles. Nada hay que hacer. Una de ellas les hace caso, se desploma y muere. La otra continúa saltando más y más. El grupo de compañeras insiste con gritos y señas que deje de sufrir y siga el ejemplo de su compañera de hoyo. Es inútil seguir luchando. Sin embargo, salta cada vez con más fuerza y logra salir del hoyo. Cuando sale, las otras ranas la felicitan y le dicen que se alegran mucho a pesar de lo que le gritaban en coro.

Entonces, la rana les explica que ella es sorda y que pensaba que desde arriba siempre la animaban a seguir saltando. Esta interesante parábola nos debe servir para desconfiar de aquellos amigos que cuando estamos en dificultades nos abandonan. También es una invitación a tener cuidado con los pensamientos porque se volverán palabras. Cuidado con las palabras, se volverán actos. Cuidado con los actos porque se volverán costumbres y con las costumbres porque serán nuestro carácter y con nuestro carácter porque será nuestro destino, será nuestra vida.

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