Un niño descalzo y harapiento “más rajado que yuca asada” mira unos zapatos en el vitral de un lujoso almacén. Quiere que el niño Dios se los regale en navidad. Una distinguida señora se acerca al niño, lo toma del brazo y lo entra al almacén. Le compra un par de zapatos y calcetines, camisa y pantalón. Luego pide una vasija con agua y una toalla para secarle los cansados pies. El muchacho queda feliz y “más contento que cerdito estrenando lazo”. La buena señora lo despide con abrazo y un sonoro beso.

El pequeño, sintiéndose bello y más limpio que ojo de mico le pregunta, sorprendido a la altiva dama: “¿acaso señora ud es la mamá del niño Dios?”. No hay duda que son muchos los niños en estas condiciones de miseria y descuido. Particularmente por el fenómeno migratorio y el abandono de nuestros barrios periféricos. Por eso, esperan de los buenos corazones un gesto de generosidad y verdadera caridad. Buscan el rostro del Señor en los mayores de noble corazón. Es la manera de hacer gestos de navidad. Así se convierte la navidad para los niños en una gran fiesta, la bajada divina desde la eternidad del dador de todo bien.

Es la gran solemnidad en que la infinitud se hace cercana a los más necesitados. Si das y ayudas, compartes y repartes, serás rico de verdad. Con solo tutainas y antones hará muchos tilín tilín y nada de paletas. Vivir la navidad como un don es llenarse de Dios.

Estos días sentimos en nuestro entorno la llegada de la Navidad. Luces, arreglos navideños, publicidad, alimentos propios de este tiempo, nos hablan del nacimiento de Cristo. Pero vivimos un gran riesgo, del cual nos hablaba recientemente el Papa FRANCISCO, la mundialización de la Navidad.

Tenemos que volver a repasar y entender el profundo sentido de la Navidad. Los días de la novena nos hacen madrugar, en nuestra realidad tradicional. La Aurora de cada día de preparación para la Navidad nos quiere disponer el corazón para que nazca la vida y la esperanza en cada uno, en todos los que seguimos a Jesús, en la Iglesia Diocesana que quiere reconstruirse desde la fe y desde la esperanza, teniendo firmes los cimientos de su vida en el Señor de la gloria. Queremos anunciar a Jesucristo en cada una de nuestras familias, espacios de nuestra comunidad.

Así como madrugamos a suplicar la llegada del Salvador, debe permanecer en nosotros ese espíritu vigilante que pide que el Reino del pequeño Jesús se realice en esperanza en esta sociedad necesitada de vida, de paz, de fraternidad, de verdad, de amor. Esta es la primera invitación: estar vigilantes ya que el Señor llega.

Cuanto añoramos estos días de fiesta y de bendición, cuántos detalles, las luces, los signos, el mismo Pesebre, nos evocan la primera llegada del Señor en la humildad de Belén, en el silencio, en la discreta presencia de quien sólo es reconocido por los que, con corazón humilde, se acercaron a la cuna del Mesías impulsados por la fuerza del amor.

En nuestra realidad hablar de NAVIDAD, es conocer claramente lo que ha sucedido, el nacimiento de Cristo. Ya conocemos este misterio tantas veces cantado con las voces de todos, con los ritmos y las expresiones de nuestra cultura, del arte, de la belleza. Ahora nos toca llevar a plenitud el objetivo de la Encarnación: Redimir plenamente al ser humano que, herido por tantas formas de pecado, ha perdido su original vocación a la verdad y a la vida que Dios le regaló.

Este tiempo es para la Iglesia un retorno fructífero al comienzo de nuestra salvación, al cumplimiento de las promesas de Dios, a la fiesta de la humanidad que se honra con el misterio de un Dios que comparte la vida misma de sus creaturas para que ellas tengan vida, se llenen de alegría.

Más la fiesta va a pasar y, si perdemos su sentido, sería una navidad con minúscula, reducida a lo externo, encasillada en lo intrascendente, cerrada en las cosas que pasan. La Encarnación del Verbo nos compromete radicalmente. Nos propone una vida acorde con la nobleza y grandeza de sabernos hermanos del que por nosotros se hizo uno de nosotros para restaurar la llamada original de Dios a ser imagen y semejanza de su amor.

Hemos de cultivar esa humanidad. Valorar de tal modo toda vida, toda realidad humana, que sintamos que el rostro de Jesús, niño humilde y simple, Señor de la piedad y la ternura, se retrata en cada hermano que sufre y nos reclama cercanía y esperanza. Cuánta alegría siente el corazón de quien ha llamado a ser Pastor de esta comunidad, al ver cómo todos los días crecemos en solidaridad cristiana, en cercanía y en acogida de todos los dolores de la humanidad. A veces y de alguna manera, el mundo nos distrae en este tiempo. La NAVIDAD se ha convertido en el mero afán comercial, en el desenfreno de la condición humana, con el abuso del licor, de la sensualidad, de una música que distrae y aleja del silencio y meditación que este tiempo debe hacernos experimentar.

Pero también cuánta esperanza debe reinar en esta comunidad, que va creciendo en una fe realizada en obras de amor y de vida. Cuántas veces ha pasado Jesús oculto entre las lágrimas de los desterrados, en el palpitante dolor de los que sienten que todo lo han perdido. Allí le seguiremos encontrando a Jesucristo que necesita de nuestra acogida.

Su amor sigue reclamándonos una vida santa, actitudes que evidencien aún mas el alma de este pueblo que, por saber de sufrimientos, es capaz de brindar la acogida que muchos le negaron al Señor, pero que quienes le acogieron tienen como misión encarnarse, acompañados con la verdad y con la fe, allí donde las ausencias de amor y de esperanza han provocado hondas amarguras.

Luces, gozos, alboradas con el tono humilde de los villancicos, deben encender en el corazón de los amados de Dios una fuerza renovada para seguir trabajando con decisión en la humanización de la cultura en la que la fe moldea al ser humano, lo llena de luces de verdad y de esperanza, lo colma de verdad con la grandeza de los valores y con la cálida acción de la Caridad con la que seguimos viendo a Jesús envuelto en pañales de dolor, de soledad, de marginación, de desplazamiento.

Así como madrugamos a suplicar la llegada del Salvador, debe permanecer en nosotros ese espíritu vigilante que pide que el Reino del pequeño Jesús se realice en esperanza en esta sociedad necesitada de vida, de paz, de fraternidad, de verdad, de amor.

Cuanto añoramos estos días de fiesta y de bendición, cuántos detalles, las luces, los signos, el mismo Pesebre, nos evocan la primera llegada del Señor en la humildad de Belén, en el silencio, en la discreta presencia de quien sólo es reconocido por los que, con corazón humilde, se acercaron a la cuna del Mesías impulsados por la fuerza del amor.

Ya conocemos este misterio tantas veces cantado con las voces de todos, con los ritmos y las expresiones de nuestra cultura, del arte, de la belleza. Ahora nos toca llevar a plenitud el objetivo de la Encarnación: Redimir plenamente al ser humano que, herido por tantas formas de pecado, ha perdido su original vocación a la verdad y a la vida que Dios le regaló.

La Madre de Jesús, la virgen fiel, nos muestre el rostro del Señor. San José, silencioso testigo de estos días de gloria, nos ayude a creer y a ser Iglesia viva que da vida, esperanza, paz, bendición y, sobre todo, sabe que Jesús niño sigue siendo príncipe de paz y Señor de la vida.

Una feliz y santa Navidad para todos, y los mejores deseos y bendiciones del Señor para todos nuestros lectores en el año 2018.

¡Alabado sea Jesucristo!

Un alto ejecutivo va en un lujoso auto.  El lugar es paradisíaco, con buena música y bien acompañado.  De pronto un fuerte golpe en el techo del carro le detiene.  Se baja airado y más bravo que toro de lidia.  Un pesado ladrillo ha dañado su auto.  A lo lejos ve un niño que le hace señales.  Llega al lugar y quiere estrangular al pequeño.  ¿Por qué has hecho esto? Con lágrimas y gritos de dolor dice que su hermano mayor en sillas de ruedas ha caído en un hueco.  He pedido ayuda desesperadamente y nadie ha querido.  Con inocente mirada pide al furioso empleado que le ayude.  Responde que sí y sacan del barro al minusválido.  Lo limpian con un fino pañuelo y lo trasladan en el costoso vehículo hacia la casa.  Mucho tiempo dura la marca del ladrillo en el carro.  Desde ese momento se da cuenta que su vida no está al servicio de los demás.

Un cambio total en su alma empieza. No hay duda, en nuestro caminar sentimos todos, de vez en cuando, los ladrillazos de la vida que nos invitan a ser solidarios con los menos afortunados.  No lo tomemos como una maldición sino como una buena motivación para un cambio de corazón.  Una invitación a dejar las sendas de la violencia y deshonestidad, la injusticia y el egoísmo.  Los ladrillazos del camino deben servirnos para disfrutar la vida en la bondad y la generosidad, la humildad y el respeto.  Convertir el corazón endurecido, frio e insensible, en un corazón bondadoso, tierno y amoroso.  Los ladrillazos son un llamado del Señor a la reconciliación y el perdón.  Llevan a desinstalarse y a desprenderse por amor del reino de Dios.

La solemnidad de Cristo Rey del Universo cierra el Año Litúrgico y nos compromete a revisar con fe los acontecimientos de este año en el que hemos recorrido, con el Señor, nuestra vida en la Iglesia. Esta fiesta centra nuestra atención en Jesucristo Señor del tiempo y de la historia

La realeza de Jesús no es como la realeza de este mundo, tantas veces expresada en la sed de gloria o en las vanidades que, de por sí, están conectadas a las coronas humanas, tan volátiles, tan intrascendentes.

Jesús es Rey en una altísima dimensión que, para bien nuestro, se expresa en la simplicidad, en la humildad.

El Reino de Jesús no es de este mundo, precisamente así lo dirá delante de Pilato en el Evangelio que se leerá el domingo (Juan 18, 33-37).

No puede confundirse esta realeza con la que, incluso sus mismos apóstoles, esperaban ver despuntar en Jerusalén. Jesús enseña que su reino y su reinado entran en una dinámica que debe ser también el camino de la Iglesia.

Es un Reino en el que es esencial escuchar al Señor no solo para conocerlo sino para hacer de su mensaje tan vivo, tan concreto, tan eficaz, un camino de vida que ilumine a las personas y a las comunidades que creemos en el Señor.

Es un Reino que se expande no solo hacia los confines del mundo, sino hacia la vida interior, proponiéndonos un camino en el que hay que convertirse, hay que ser discípulo del Señor de la vida, hay que entrar en el camino del seguimiento de un maestro exigente y a la vez compasivo que nos pide vivir en la entrega amorosa a los demás, en la construcción de comunidades fraternas y generosas, en la proclamación de la esperanza y de la alegría.

Es un Reino que transforma la sociedad mediante la acción de una Iglesia que pasa de ser servidora de los órdenes pasajeros de este mundo a la gloriosa tarea de ser servidora de la vida, don de Dios; ser servidora de la Identidad Cristiana que permite reconocer al Señor en los últimos, en los pequeños, en los que más sufren.

Cuánto celebro que en esta Iglesia estemos ya comprometidos con la fraternidad que acoge, comparte, ilumina, consuela.

Cristo es Rey. Su corona nunca dejará de ser de espinas, porque en el amor del Señor estarán presentes siempre los dolores de su pueblo amado. Nuestro Rey no nos esclaviza, nos libera; no nos empobrece en el resentimiento y la amargura, sino que nos reconstruye desde dentro para que seamos vida y paz para todos.

Al vivir en estos días iluminados por la figura del Rey Sacrificado, sintamos que el sigue extendiendo “su reino de salvación”, como cantamos en las fiestas de la Cruz.

Que podamos servir con esperanza a causa de la salvación, mirando con confianza al Señor de la Gloria que predicó a los pobres, a los pequeños y a los sencillos, como María, la madre del Hijo de David.

El Reino de la Alegría que nadie nos podrá arrebatar; el Reino de la Esperanza que encontrará su meta en la Patria Celeste; el Reino de la Justicia que sana los corazones rotos por el desamor; el Reino de la Verdad que vence las tinieblas de la mentira; el Reino de la Paz que reconcilia y une a los divididos por el pecado; el Reino del Amor que transforma en caridad viva y eficaz las buenas obras; el Reino Eterno que vence los dolores de la historia humana; el Reino Universal en el que todos serán uno en tu Hijo amado.

Que, mientras decimos “venga tu Reino”, vivamos en el Evangelio de la Esperanza la gozosa alegría de seguir haciendo presente tu amor y tu paz.

Venga la alegría a nosotros el Reino Infinito y a la vez humilde, del que tuvo por trono la cruz y por corona, las espinas.

¡Alabado sea Jesucristo!

El Santo Padre FRANCISCO ha querido crear en la Iglesia la Jornada Mundial de los pobres. Desea que la Iglesia entera dirija su mirada a los pobres, a los que sufren, a los que tienen gran necesidad en sus vidas. Nosotros, en nuestra ciudad tenemos una masiva presencia de personas que tienen gran necesidad, urgencias y afugias en sus vidas.

Este es el segundo año que celebramos esta Jornada. En su mensaje, a partir de tres verbos, gritar, responder, liberar, el Papa Francisco ha querido que la Segunda Jornada de los Pobres nos llame la atención y nos permita descubrir el sentido auténtico de nuestra preocupación y de nuestras acciones en favor de los pobres.

Desde el mismo comienzo de la vida de la Iglesia, la opción por los pobres fue un hecho claro y evidente. Lejos de una mera expresión que muchas veces se ha usado, mirar al pobre es la forma de concretar la verdad del Evangelio celebrada y vivida en la fe.

Gritar. Esta palabra revela una de las acciones más vivas del ser humano. Hoy escuchamos muchos gritos, gritos de euforia, gritos de alegría, gritos de desconsuelo. El verbo gritar implica una acción que puede y debe tener dos sentidos: Escuchar para saber que se vive, actuar para interpretar el grito como una llamada de atención que no se puede quedar en una mera conmoción sino que pasa a una acción en la que siempre se ha ofrecido la dinámica de la caridad que, como bien lo propuso el Señor, es silenciosa, eficaz y luminosa, así no la perciba el mundo.

Responder. La respuesta ante el grito de los que sufren siempre ha sido generosa y clara. No se puede ignorar el raudal inmenso de acciones, de obras, de signos de misericordia, tantas veces desconocidos o ignorados a propósito porque la alegría de dar, las saludables iniciativas de servicio y de caridad no son ni deben ser meras expresiones que se vuelven ostentación de las acciones, sino modos concretos de acudir presurosos a las raíces mismas del dolor, de la pobreza, del sufrimiento humano. Nosotros sabemos de humanidad y, concretamente, esta Iglesia que peregrina en Cúcuta, ha sabido salir al encuentro de muchas realidades con unos signos evidentes y concretos que manifiestan que, aún desde las naturales limitaciones, hemos podido dar desde la pobreza con una generosidad ejemplar, activa, gozosa, que trae paz y esperanza, que es capaz de iluminar la vida de tantísimos que han recibido un servicio amoroso hecho desde la fe y la esperanza.

Liberar. Esta expresión es también muy usada, ha denominado acciones y tareas que, cuando se viven desde la fe, incluyen la superación del pecado que provoca la esclavitud, el hambre, la muerte, enfrentados con valerosa alegría por acciones simples, concretas, amorosamente realizadas por los que, iluminados por el amor de Jesús, han imitado al que, con su vida, nos libera y nos fortalece. Liberar implica el conocimiento real de la persona, de la cultura, que tantas veces se ve atada, restringida, violentada por acciones humanas que destruyen la obra de Dios.

La Iglesia es experta en humanidad y por ello, a pesar de que no se reconozcan con justica sus acciones, ha sabido romper cadenas, desatar el corazón de los que sufren, sanar heridas y llevar a los que necesitan “el vino del consuelo y el aceite de la alegría”, como dice un texto litúrgico que retrata la acción liberadora del Buen Samaritano que es Cristo mismo acudiendo presuroso al corazón necesitado de aliento y fortaleza.

Gritar, Responder, Liberar; verbos activos, dinámicos, comprometedores, son acciones constantes entre nosotros que no podremos negar con cuanto amor se ha procedido siempre, con que alegría espiritual hemos buscado llegar incluso desde nuestras limitaciones, al corazón del que experimenta la pobreza en sus consecuencias más dramáticas: desplazamiento, indigencia, esclavitud.

Nos corresponde no solo mirar cuanto hemos hecho con amor, sino también cobrar aliento para seguir escuchando con amor, para seguir llegando al dolor del hermano, para seguirlo liberando de verdad en acciones en las que el amor a Dios se hace concreto cuando se llega al hermano con la misma fuerza del Señor que sigue tendiendo su mano y que sigue recibiendo, con una gratitud que bendice, la buena voluntad con la que seguimos ofreciendo amor y esperanza.

Ayudemos a los pobres, interesémonos por sus necesidades, dediquemos a ellos esfuerzos y trabajo, vivamos la caridad de Cristo, oremos por sus necesidades.

¡Alabado sea Jesucristo!