Al lado de la imagen de san Luis Gonzaga, el novicio de los jesuitas, en muchos miles de altares del mundo se encuentra la imagen de una jovencita que apenas había atravesado los linderos de la niñez. Sus ojos, muy abiertos, miran de frente, como si penetraran misteriosas lejanías. Su brazo izquierdo lleva un cordero sin mancha, su derecha sostiene la palma del martirio. Así conocemos a Santa Inés. Generaciones de jovencitas vieron en su pureza, el ideal y el modelo de la integridad moral.

El gran Ambrosio nos transmitió las primeras noticias de la vida y la muerte de Inés, jovencita romana. Sólo son unas cuantas líneas, pues él mismo tampoco tuvo datos de ese martirio, sino que lo compuso de los informes de hermanos cristianos anteriores a su tiempo Según este informe, Inés fue hija de una familia noble romana. Fue decapitada entre los 12 o 13 años, después de muchos tormentos por su confesión inquebrantable a favor de Cristo, posiblemente hacia el año 304, al finalizar el largo período de la persecución. La lealtad de la tierna niña y su sacrificio, deben haber impresionado profundamente a sus hermanos cristianos, pues apenas habían enterrado a Inés en las catacumbas, en las afueras de la ciudad, cuando se comenzó a hilvanar una devota leyenda alrededor de la memoria de tan ilustre mártir.

Dicha leyenda narra que el hijo del gobernador de la ciudad pidió la mano de Inés y rechazado por ella se tornó de amante en un enemigo cegado por el odio arrastro a la muchacha ante el juzgado romano y sin respetar juventud belleza ni alcurnia condenó a la cristiana al estupro, a la hoguera y finalmente ya que su ángel la guardó de ambos peligros, a que la decapitaran Libremente dio su vida por Cristo fuente de toda juventud.

La grandeza de esta decisión no sufre mengua por la juventud de la mártir. Cierto, Inés era joven todavía, pero madura. A pesar de sus doce años, Inés sabía lo que ofrecía, al expresar la confesión decisiva. Eso es lo que hace de su muerte voluntaria un heroísmo sin precedente.

Los restos de santa Inés descansan todavía en el lugar donde por entonces, se sepultaron. A sólo unos cuantos pasos de la vía Nomentana el tiempo parece haberse detenido: tan solemne es la casa de Dios, erigida sobre la tumba de la santa Todos los años se realiza allí una sencilla ceremonia: la bendición de los corderos blancos de cuya lana se hilan los palios de los arzobispos Con dicho acto simbólico Roma re nueva el recuerdo de una doncella, que llena del espíritu ardoroso de la Roma antigua, venció a la muerte Aunque las catacumbas estuvieron cegadas por mucho tiempo y los rebaños de cabras de la campiña pastaban sobre las capillas desplomadas jamás se borro la palabra en la losa de su tumba: "Inés santísima".

La Iglesia no olvida a sus mártires. Su nombre está en el Canon Romano de la Misa.