SAN JUAN NEPOMUCENO NEUMANN 1811-1860

Juntamente con santa Francisca Javier Cabrini, la "madre de los emigrantes italianos de Estados Unidos", nuestro santo es la segunda persona canonizada en esta región de Norteamérica. Por cierto, ninguno de los dos nació en este país; ambos procedían del corazón de Europa; pero se consagraron hasta la muerte en beneficio de su país adoptivo y se ganaron así, el derecho a figurar entre los auténticos ciudadanos y pioneros de los Estados Unidos.

Hace escasamente un siglo, Juan Nepomuceno Neumann, a los 48 años de edad, agotado por su labor misionera, se desplomaba en una calle de Filadelfia, para morir ante las miradas de los curioso y espantados transeúntes.

Procedía de una familia europea que había emigrado a Bohemia de la Baja Franconia bávara, a causa de las guerras napoleónicas. El muchacho, bautizado con el nombre del mártir bohemio Juan Nepomuceno, tuvo la dicha de vivir sus primeros años en medio de una familia profundamente cristiana.

Cursó sus primeros estudios en Budweis. Continuó su formación en el seminario y la terminó en la universidad de Praga.

En esos centros de estudio, además de la Teología y las lenguas clásicas, se perfeccionó en las mas importantes lenguas modernas, sin saber todavía el valor que dichos estudios tendrían en su vida.

Su vocación misionera arranca de la resolución de un amigo suyo de dedicarse a las misiones, siguiendo el espíritu de San Pablo apóstol.

Se embarcó en un velero rumbo a América y, después de mil aventuras, llegó a Nueva York en la primavera de 1836.

Las autoridades eclesiásticas del lugar se dieron cuenta de la calidad moral del joven seminarista y lo ordenaron sacerdote en junio del mismo año. Como había dado pruebas suficientes de celo pastoral, lo dedicaron en seguida a preparar a los niños a su primera comunión, en la iglesia alemana de san Nicolás.

Su primer nombramiento como sacerdote, en Williamsville, cerca de Búfalo, lo obligó a enfrentarse a las dificultades de su nueva patria. Su distrito parroquial era inmenso. Los pocos católicos existentes, vivían dispersos en medio de personas de muy distintas ideas religiosas. La mas crasa ignorancia en materia de religión, la indiferencia y la desorientación, hablan hecho presa de ellos.

Durante cuatro años soportó esa clase de vida; pero pronto se convenció de que sólo mediante la acción mancomunada de una orden religiosa, con una meta fija y esfuerzo organizado, se podría atender a las graves necesidades de la inmensa nación americana. Por esto se unió a los padres redentoristas, en compañía de su hermano Wenceslao, recién llegado a América.

Durante el noviciado con los redentoristas dio pruebas de un ardiente celo apostólico, de tal manera que al año de haber hecho sus votos, ya era superior en Pitsburg. Fundó cuatro casas nuevas en Nueva Orleans, Cumberland, Búfalo y Nueva York.

El papa Pío IX recompensó tanto celo eligiéndolo obispo de Filadelfia. Fue consagrado el domingo de Pasión de 1852. Enseguida se entregó a su apostolado como pastor. Su diócesis era tan extensa, que actualmente está dividida en siete obispados. Nadie vaya a creer que el santo obispo se limitaba a las visitas prescritas. Era un verdadero pastor, organizador y padre de las almas. Predicaba a los diversos grupos de fieles en sus respectivas lenguas maternas, y con esto y con el sacramento de la reconciliación, se los ganaba para Cristo.

Durante los 8 años de su apostolado como obispo católico, fundó casi un centenar de es-cuelas parroquiales católicas, una verdadera novedad en los Estados Unidos; no solamente construyó el seminario y la catedral en Filadelfia, sino que también enriqueció la diócesis con 80 iglesias, perfectamente organizadas.

En tan corto tiempo no pudo remediar la escasez de sacerdotes Por esta razón, llamó en su ayuda a diferentes congregaciones de religiosas, quienes llegaron a ser sus mejores ayudantes en el cuidado pastoral, como las Religiosas negras de Filadelfia y las "Hermanas Pobres" de Múnich.

Cumpliendo con un deseo expreso de su Santidad en 1854 emprendió un viaje a la ciudad eterna para presenciar la solemne declaración del dogma de la Inmaculada Concepción de María En realidad fue la última ocasión en que pudo venerar la sagrada imagen de Altótting, en su tierra natal y saludar a su familia

A su regreso, participo en el Concilio de Baltimore, el año de 1855, y pudo fundar una nueva comunidad de religiosas en honor de san Francisco.

Como el campesino que se desploma sobre el fruto de su labor agobiado por el extenuante trabajo, así murió Juan Nepomuceno Neumann, a media calle; muerte que simboliza toda su vida.

FÉLIX DE JESÚS ROUGIER, M.Sp.S. 1859-1938

Nació el 19 de diciembre de 1859 en Meilhaud de Auvernia, Francia Sus padres fueron Benito Rougier y Luisa Olanier.

Movido por el deseo de consagrar su vida en las misiones de Oceanía, entró a la Sociedad de María en el noviciado de Samte-Foy, en 1878, y un año después hizo los votos. Después de los estudios requeridos recibió la orden del presbiterado el 24 de septiembre de 1887, en Lyon, de manos del arzobispo de Rennes, Mons. Gonindard. Luego, durante ocho años, fue profesor de Sagrada Escritura en el escolasticado de los padres maristas en Barcelona (1887-1895), en donde compuso un curso elemental de hebreo y un libro sobre cuestiones bíblicas: Biblias Egiptología (1893).

En 1895 fue enviado a Colombia, junto con otros padres, para dirigir los colegios de san Simón, en Ibagué y de santa Librada, en Neiva. Al sobrevenir la guerra civil (1899) la situación se hizo tan difícil, que el superior de la sociedad, se vio obligado a enviarlos a otras partes. Así, en 1902, el P. Félix pasó a México, donde se hizo cargo de la parroquia de las colonias francesa y americana de la capital (Templo del Colegio de Niñas de Ntra. Señora de Lourdes). El 4 de febrero de 1904 conoció allí, providencialmente a la Sra. Concepción Cabrera de Armida, alma privilegiada y apostólica.

Decidió entonces colaborar en la fundación de una congregación religiosa para hombres; pero deseoso de no proceder sino bajo la obediencia de sus superiores, pasó a Francia para tratar el asunto. A éstos no les pareció bien la idea y, exagerando quizás la influencia de la Sra. Armida, no le permitieron regresar a México, más aún le prohibieron comunicarse con ella y ocuparse de la proyectada fundación.

De nada sirvieron las gestiones de relevantes autoridades eclesiásticas mexicanas, como el arzobispo de México y el obispo de León:

el padre Félix fue enviado a Barcelona, en donde tuvo que ocuparse por algunos años en enseñar rudimentos de latín, francés y aritmética a niños de 8 a 12 años.

No fue sino hasta 1914 cuando los obispos mexicanos, favorecedores de las Obras de la Cruz, pudieron poner el asunto en manos de la Santa Sede. El papa Pío X intervino y con la ayuda de los señores Greville, se permitió al P. Félix regresar a México (el Sr. Greville había representado a la Gran Bretaña ante el gobierno mexicano en tiempos anteriores).

No obstante que por aquel tiempo se cernía en México la furia anticlerical revolucionaria y que los obispos se veían obligados a abandonar el país, el padre Félix, lleno de confianza en Dios, desembarcaba en Veracruz el 14 de agosto de 1914.

El 25 de diciembre, en la Capilla de las Rosas en el Tepeyac, se fundaba la Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo. A puerta cerrada, celebró Mons. Ibarra, asistieron la Sra. Armida y pocas personas más. El P. Félix asumió la responsabilidad de la formación de los dos primeros novicios.

Los calamitosos tiempos fueron una prueba para la paciencia y constancia del P. Félix, quien, como sacerdote extranjero, tuvo que andar oculto para no ser deportado No fue sino hasta 1926 cuando por fin sus superiores religiosos le dieron el permiso para pasar definitiva-mente a la congregación de los Misioneros del Espíritu Santo Hizo la profesión ante el arzobispo de México Mons Mora y del Río el 28 de marzo de 1926.

Su celo apostólico lo movió a fundar vanas congregaciones femeninas: "Las Hijas del Espíritu Santo (1924) las Misioneras Guadalupanas el Espíritu Santo (1928) las Oblatas de Jesús Sacerdote (1932), favoreció además el establecimiento de otras.

A su esfuerzo se debió que el episcopado mexicano consagrara la nación al Espíritu Santo (1924). Fue un apóstol en difundir la devoción de ese Santo Espíritu.

Murió el 10 de enero de 1938 y dejó una viva imagen de sacerdote obediente y apostólico. La causa de su beatificación ha sido introducida.

“…La riqueza del Espíritu se manifiesta en los carismas de los fundadores que brotan en su Iglesia a través de todos los tiempos, como expresión de la fuerza de su amor, que responde solícitamente a las necesidades de los hombres" Cfr. "Lumen Gentium". Documento de Puebla, n. 756.