El pequeño y modesto convento que parecía agazapado en el frondoso bosque de Compiegne, rodeando al castillo, no tenía nada que ver con el esplendor y la pompa de la corte real, entregada a la francachela y a las diversiones a costa de un país explotado. Solamente de lejos oían las monjas, quienes trabajaban y rezaban detrás de las rejas de su rigurosa clausura, el sonido de las trompas de caza y las voces del placer desenfrenado de las rondas; pero, a pesar de eso, ellas fueron arrastradas en la caída de aquella corte, como si hubieran sido cómplices de sus violaciones.

En el mes de agosto del año de 1790, aparecieron por primera vez en el portón del convento los hombres de la Revolución; entraron a la fuerza y pidieron a las monjas, asustadas, en el nombre de los "derechos humanos", que abandonaran aquella "tumba de su libertad", porque afuera las llamaba el mundo. Pero ninguna de ellas abandonó la clausura.

Dos años después, golpearon de nuevo las culatas de fusil contra la puerta. A viva fuerza se echó a las carmelitas a la calle y se declaró su convento propiedad de la nación. Privadas de la bendición de la Comunidad, encontraron refugio en casas de familias que todavía no habían quitado el crucifijo de la pared.

Mientras tanto en el cercano París bailaba la plebe alrededor del patíbulo y cantaba el impetuoso estribillo de la Marsellesa, al ritmo del cuchillo que caía. El rey y la reina, condes y sacerdotes, culpables e inocentes, fueron llevados por cientos a la guillotina. Viendo esta mi-seria, tomó una decisión heroica la superiora de las monjas sin convento y ofreció a Dios su propia vida en sacrificio, si él devolvía la paz a la Iglesia de Francia. Ella formuló un acto de consagración por escrito, como un contrato con el Padre todopoderoso y todas sus hijas lo firmaron.

Dios aceptó su sacrificio. El 22 de junio de 1794 fueron arrestadas y el 13 de julio fueron llevadas a la prisión de París para los reos de estado. A pesar de su debilidad, por un viaje de tres días con las manos amarradas, no estaban por ningún motivo desanimadas. Los muros que nada más habían escuchado maldiciones y gritos hasta entonces, se estremecieron con sus cánticos religiosos. Cuatro días después se reunió la corte de justicia, que condenó a muerte a las dieciséis carmelitas.

Apenas tuvieron tiempo de decir las oraciones para prepararse a bien morir, cuando se oyó en el patio el traqueteo de la carreta que las conduciría al cadalso. Viajaron hasta la barrera de Vincennes, donde esperaba el patíbulo. Más de una hora duró el viaje, porque la plebe marchaba junto a ellas. De repente cesaron las carcajadas y los gritos. Desde la carreta se escuchaba una voz, que se elevaba hacia el cielo, clara y poderosa por encima de las otras. "Salve Regina" Las condenadas a muerte cantaban, cantaban sus cánticos cotidianos del convento, como si estuvieran todavía en casa, en el pequeño claustro junto al parque de Compiegne, despreocupadas por la cercana fatalidad. Ante tal valor, hasta la escoria de las callejuelas de los suburbios, tuvo respeto. En profundo silencio pudieron terminar de cantar su oración las monjas, el Miserere, el Te Deum. Ya para entonces habían llegado al lugar del suplicio. Una monja tras otra se arrodillaba por última vez ante la priora, le pedía su bendición y subía después, sin titubear, las escaleras del patíbulo, mientras que las otras entonaban el "Veni creator" hasta que, en último lugar, la priora ponía la cabeza sobre el tronco, bajo la cuchilla.

Dios no defraudó la confianza de aquellas almas magnánimas, dispuestas al sacrificio. Por la noche del 17 de julio de 1794 ya habían muerto, la más joven de veintitrés años, la mayor de ochenta. Pero todavía no había terminado el mes, cuando cayó también la cabeza de Robespierre. Con él terminó el régimen de terror de los jacobinos. Pío X beatificó solemnemente a las carmelitas de Compiegne; su conmemoración se celebra el 24 de julio.

Columnas de hoy