Entre los prelados eclesiásticos mexicanos del siglo XX, sobresale sin lugar a dudas el Excmo. Sr. Francisco Orozco y Jiménez, el arzobispo luchador de Guadalajara. Eximio humanista, desarrolla los estudios del clero y las investigaciones históricas, y lega valiosas colecciones documentales. Como buen pastor, resiste el empuje anticlerical de la revolución, ya de frente, ya ocultándose en las montañas, para no abandonar a su grey.

Nació en la población de Zamora, Mich., el 19 de noviembre de l864 Sus padres fueron José María Orozco y Ana María Jiménez.

Hasta la edad de nueve años permaneció en su tierra natal en donde estudió las primeras letras, y prosiguió sus estudios en Jacona con el P. Antonio Píancarte Labastida. El 15 de septiembre de 1876 emprendió la carrera eclesiástica en el colegio Pío Latino Americano de Roma; allí hizo los estudios de latín, filosofía, teología y derecho canónico. El año de 1887 fue ordenado sacerdote.

Fue capellán de la hacienda de la Noria y del templo de san Francisco de Zamora, vicerrector de la Escuela de Artes de la propia ciudad, profesor y director del colegio clerical de san Joaquín, en México, catedrático y vicerrector del seminario conciliar de la misma ciudad, Notario del V Concilio Provincial Mexicano y del primer plenario Latinoamericano, celebrados en México y en Roma respectivamente.

El 15 de agosto de 1902 fue consagrado obispo de Chiapas en la Basílica de Guadalupe en México por el Excmo. Sr Don Prospero María Alarcón, arzobispo de México Tennario la catedral de su diócesis, celebró el primer Sínodo Diocesano visito toda su diócesis y delimitó bien sus contornos y reedificó el seminario conciliar. Trabajó con congregaciones religiosas que se hicieron cargo de la educación de la niñez.

El día 2 de diciembre de 1912 san Pío X lo traslado a la arquidiócesis de Guadalajara. Fue el quinto arzobispo de Guadalajara. Pronto se comunicó con sus fieles a través de edictos y cartas pastorales: obligación de los católicos en las futuras votaciones, celo apostólico de los sacerdotes, etc. Al caer el general Huerta y triunfar el Constitucionalismo de Carranza, fue expulsado de la República el año 1914, junto con otros muchos obispos mexicanos. Regresó en 1916, oculto, y así permaneció gobernando su diócesis. El 4 de junio de 1917,escribió una carta pastoral en que puntualizaba los absurdos de la Constitución recientemente promulgada, especialmente en materia de culto y enseñanza. El 4 de julio siguiente fue aprehendido en Lagos de Moreno por órdenes del gobernador Manuel M. Diéguez, y expulsado a los Estados Unidos. En 1919 volvió a Guadalajara, por amnistía de Venustiano Carranza y por intervención del cuerpo diplomático de los Estados Unidos. No dejó después de oírse la voz del arzobispo de Guadalajara: señalaba responsabilidades, marcaba el camino del deber, promovía el bien público y combatía el mal en cualquiera de sus formas.

La grandeza y rectitud del arzobispo no podía menos de molestar a las autoridades civiles. Surgieron dificultades con el gobernador José Guadalupe Zuno, y en 1924 tuvo que viajar a Roma. De 1926 a 1929, debido a la rebelión cristera, gobernó su diócesis desde la capital de la República.

Reintegrado a su arquidiócesis, fue secuestrado por el ejército y nuevamente exiliado. El 12 de diciembre de 1933 celebró en la Basílica de San Pedro en Roma, con asistencia del papa Pío XI, del colegio cardenalicio, de 75 obispos y varios generales de órdenes religiosas, la extensión del Patronato Guadalupano a toda América Latina y a las Islas Filipinas en el mes de 1935, el general Lázaro Cárdenas permitió que regresara a México. Agotada su vida con tanto trabajo, murió santamente en Guadalajara el día 18 de febrero de 1936.

Es admirable y alentador comprobar el espíritu de sacrificio, abnegación con que muchos pastores ejercen su ministerio en servicio del Evangelio, sea en la predicación, sea en la celebración de los sacramentos o en la defensa de la dignidad humana afrontando la soledad, el aislamiento, la incomprensión y, a veces la persecución y la muerte. Documento de Puebla, n. 668.